Una alquimista de los colores

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. Crédito: Catalina Bartolomé
MARIANA PUSSACQ: Crea telas propias, es la fundadora de Casa Almacén y ahora, además de su línea deco, hace indumentaria bajo la premisa de que los géneros y las tonalidades son una expresión de identidades culturales, historias y emociones
Denise Tempone
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6 de enero de 2018  

Aunque ninguna propiedad tenga numeración, en medio del orden renderizado de este barrio de Nordelta, de casitas color pastel, radiantes alegrías del hogar y cuidadas petunias, es muy fácil encontrar a Mariana Pussacq. De nadie más podría ser la fortaleza azul profundo en la que crecen plantas salvajes, de nombres no tan conocidos, contra paredes rústicas. Probablemente, es ella la habitante de la vivienda que se permite colgar un trapo enorme y oscuro en una pared exterior como bandera distintiva del original proyecto que supo construir. Pussacq es la creadora de Casa Almacén, un espacio de desarrollo y proceso artesanal de géneros como terciopelos, linos, panamás, lienzos, gasas, hechos de puro algodón. Cada tela creada en ese lugar, es tejida y pigmentada con 118 colores de su autoría, por un grupo de artistas que imprime el gesto y la huella de lo natural. Desde el espacio en el que Casa Almacén está erigido, sobre una antigua fábrica de 1924 en el pueblo de Jauregui, Luján, Mariana supo expandirse al mundo a pesar de los vaivenes de la industria nacional gracias a la oferta de un producto con un valor agregado impresionante: la mano de tejedores artesanales y su capacidad de recuperar y fusionar tradiciones perdidas que, además, transmite muy bien. Es arquitecta, ilustradora, decoradora de interiores y "tan concreta como chamana". Como tal, asegura que estar siempre atenta al "trasfondo de lo que se ve": a las energías subterráneas que nos llevan a elegir telas, colores y modos de usarlos. Ella se dedica fundamentalmente a la creación de telas para lo que llama "la tercera piel", el interior de los hogares, pero desde el año pasado, además, usa sus telas para crear ropa de su autoría.

-¿Hay mucho menos de banalidad en la moda de lo que creemos?

-Desde mi punto de vista, sí. La estética por sí misma no es nada, tiene un trasfondo, nunca se trata de objetos inertes. La belleza tiene que ver con nuestras elecciones, se trata de cosas profundas que no siempre identificamos. Por algo los hindúes asignaron colores a cada centro energético, a cada chakra. Creían en el poder curativo del color.

-¿Cómo es la relación de los argentinos con el color?

-El argentino es gris. El porteño, en realidad. Nosotros somos de mirar mucho a París, a las ciudades europeas. Acá, la gente le tiene pánico al color. Nos movemos por los blancos, grises, negros, nos sentimos intimidados de ir más allá. De hecho, yo lo escucho mucho, "me da miedo cansarme", "me da miedo que no me convine", la palabra miedo se usa mucho relacionada al color.

-¿Tiene que ver con una cuestión económica, de "comprar lo seguro", "lo que va con todo"?

-Si vas a las favelas, en Brasil te vas a dar cuenta de que no. Y lo mismo sucede en países del Caribe. El argentino es muy tradicional respecto al color, pero porque le da pánico salir de la media: querer parecer más y que alguien se lo señale. Además, tal vez porque tantos somos hijos de inmigrantes, nos la pasamos mirando lo que hacen afuera y nos perdemos la paleta de colores que contienen nuestros orígenes. El porteño, el más pretencioso, no registra esos colores.

-Vos venís de familia francesa, pero también de pueblos originarios, ¿eso formó tu percepción del color?

-Mi abuela pertenecía a los pueblos originarios y yo creo que sí afectó mi mirada, pero de manera indirecta, en su vivir sin miedo a ellos, en la manera de poner la mesa, de decorar, en su amor por recoger cosas de la naturaleza, de percibir la magia de las plumas. Con el tiempo descubrí esto y me interioricé incluso sobre el sentido que se les asignan a los colores de la bandera de estos pueblos. Hay todo un sistema de pensamiento expresado en la elección y disposición de esos colores que revela un mundo distinto, pero no lo asimilamos como "argentino" e incluso ellos lo van perdiendo.

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. Crédito: Catalina Bartolomé

-¿Podríamos tener en nuestra sociedad algo así como "una anemia de color"?

-Seguramente, porque el color es un estado mental. Hay que pasar muchas cosas para ponerse un color cada día cuando uno se levanta, hablo de un color mental y uno concreto. No es azar la paleta que se elige y cuando todos elegimos la misma, tenemos que hablar de la expresión de una conciencia colectiva.

-¿Qué color sentís que redescubrió la moda?

-Creo que el rosa ha sido un gran redescubrimiento en la moda. Muchas mujeres, me incluyo, estábamos muy a la defensiva con este color que se nos asignó de nacimiento, por ser nenas, y todo lo que eso significaba. Pero ahora que estamos mirando el ser mujer de otra manera, el rosa está emergiendo en miles de versiones y lo estamos percibiendo diferente. Si mirás documentales de Oriente te vas a sorprender con el sentido que los guerreros, incluso los padres del kundalini, los únicos habilitados para llevar espadas, le han dado desde siempre al fucsia, al rosa y al naranja. Son colores de hombres fuertes. En Bolivia y los pueblos del norte de Sudamérica pasa lo mismo. El fucsia para ellos, no es light ni frívolo, es potente. Acá, alguien nos dijo algo diferente.

-La policía del color...

-En muchos sentidos pasa. En este barrio también. Yo vivo en Nordelta y hacer esta casa fue una suerte de declaración, de riesgo, porque el color también protege, te ayuda a camuflarte, a llamar menos la atención y tal vez, algo de eso buscamos. No es de ninguna clase social, nos atraviesa a todos.

-¿Por qué Casa Almacén lanzó su línea de ropa?

-Fue algo orgánico. Yo amo el traperío y desde siempre me colgué retazos que amoldo a mi estilo, con colores y combinaciones que van surgiendo de las pruebas. Muchas personas empezaron a preguntarme de dónde sacaba esas prendas, que además de bellas, lucen supercálidas y amoldables, algo que todos amamos sentir. Entonces decidí dar el paso de hacerlo más a conciencia. Desde la decoración de interiores, siempre quise lograr lo mismo que ahora me propongo lograr con la ropa: ofrecer sentido de hogar, de pertenencia, de comodidad. Soy arquitecta, pero construir paredes no me dice nada, a mí me gusta impregnar todo de espíritu.

-El espíritu descontracturado de la línea parece llevarse muy bien con esta era.

-Sí. A la primera colección le puse Velvet porque, a pesar de la cantidad enorme de influencias que tenía, algo en el resultado me recordaba a la película Velvet underground, rockera, deshilachada, joven. La segunda se llama América y explora las influencias de los pueblos originarios.

-Trascendiste las fronteras. ¿Por qué pensás que el trabajo de Casa Almacén resulta atractivo a nivel internacional?

-Creo que lo que se manifiesta en nuestra fábrica y en el producto final es una cultura, algo más que telas y eso les resulta muy exótico. Eso es genuino: mucha de la gente que trabaja para nosotros es parte de un lugar signado por los telares desde principios del siglo XX como es Villa Flandria. Eso es lo que hace que tenga un valor agregado y que mercados como los de Rusia, Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Escocia y Australia nos consulten ahora, por prendas que van a lanzar el próximo año. A veces, es mirar hacia atrás, hacia los orígenes, lo que te permite estar adelantado y es una pena que no lo veamos.

El rosa ha sido un redescubrimiento para las mujeres
Mariana Pussacq

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