Sin jefe ni horario, pero con la incertidumbre a cuestas

Cambio de hábitos. La revolución digital sembró el mercado laboral de freelancers jóvenes que huyen de la vida corporativa y privilegian la libertad; sin embargo, no todo son rosas en la gig economy
Tamara Tenenbaum
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7 de enero de 2018  

Una sala de WeWork, una empresa que ofrece espacios de trabajo colaborativo, en Buenos Aires
Una sala de WeWork, una empresa que ofrece espacios de trabajo colaborativo, en Buenos Aires Crédito: Paula Salischiker

Hace unos años, el crecimiento de modalidades no tradicionales de trabajo al calor de la revolución digital era celebrado como la panacea de la libertad. Hoy, cuando la expansión del fenómeno es tal que ya hablamos de todo un sector de la economía ( the gig economy o "economía de changas", como traducen los especialistas), analistas y usuarios empiezan a matizar las bondades del sistema. Al mismo tiempo, el avance de esta economía es irrefrenable y plantea una serie de interrogantes. ¿Qué transformaciones sociales está provocando? ¿Cómo están cambiando nuestras concepciones sobre el trabajo, el ocio y las relaciones laborales? ¿Podrán los trabajadores de la gig economy acceder a ciertas previsiones y certidumbres propias del viejo sistema previsional?

El fenómeno se hizo más visible con la aparición de plataformas como Uber, pero las transformaciones que configuraron este tipo de economía exceden a la existencia de estas empresas. Los especialistas definen la gig economy como un mercado de trabajo caracterizado por la prevalencia de contratos de corto plazo o freelance, en lugar de los empleos permanentes. Cada uno de estos trabajos es un gig, "changa" o "kiosco".

Mucho antes de que aparecieran plataformas específicas, la tecnología facilitó la expansión de la economía colaborativa al permitir que las personas ampliaran sus redes de contactos. Así, el cuentapropismo se expandió a sectores que en otra época empleaban a trabajadores de tiempo completo. La novedad es esta ampliación radical, que afectó a trabajadores de todos los niveles, aunque no de modo parejo.

Industrias creativas

"En Estados Unidos, la participación de los trabajadores free lance y offshore crece desde 2004, a expensas del empleo tradicional", explica Tomás Castagnino, economista jefe de Accenture Research. "Con la crisis de 2008, el empleo sufrió un impacto fuerte, pero el trabajo relacionado con las industrias del conocimiento volvió a crecer rápidamente, en contraste con el trabajo manual. En la gig economy, los que más crecieron fueron los profesionales. Las profesiones creativas crecieron 9% desde 2013, y un 24% los desarrolladores web". En cuanto a las plataformas donde se pide y se ofrece trabajo free lance, Upwork y Freelancer, las dos más conocidas, ya cuentan con 35 millones de usuarios.

En la Argentina, el fenómeno gig también crece. Castagnino piensa a los freelancers locales como aquellos cuentapropistas con un nivel educativo mínimo de terciario incompleto; así definidos, estos trabajadores constituyen el 6% de los trabajadores argentinos, un cuarto de los cuentapropistas del país, según datos de la Encuesta Permanente de Hogares que realiza el Indec.

En esto, la Argentina sigue la tendencia global. Workana, una plataforma nacida en el país y orientada a trabajos 100% digitales, cuenta con más de 500.000 freelancers en América Latina. Además de la conocida Uber, están creciendo Zolvers (especializada en empleo doméstico, cuenta con 300.000 usuarios, entre empleados y empleadores, en la Argentina, México, Ecuador, Chile y Colombia) e IguanaFix (servicios para el hogar, auto y empresas, con 15.000 proveedores entre la Argentina, Brasil y México).

Dos mercados

Hay dos mercados gig diferentes: el de los que hacen trabajos de alta calificación y entregan productos 100% digitales y el de los que son contratados online pero luego completan la transacción offline (un remise, una empleada doméstica). "Las tecnologías potencian el trabajo calificado. Con la revolución digital, ese tipo de freelancer tiene todo por ganar, lo que no es tan claro para el cuentapropismo menos calificado", señala Castagnino.

Con los contratos flexibles las empresas reducen costos. Procter & Gamble, por ejemplo, está experimentando con una plataforma llamada Workforce Marketplace que integra talentos inhouse con talentos externos. Del lado de los empleados, los talentos de las nuevas generaciones privilegian la libertad, la flexibilidad y la posibilidad de combinar la vida personal con la laboral de forma más armónica que sus padres. Sin embargo, esta imagen contrasta con historias como la que Lyft, una plataforma similar a Uber, compartió en su blog el año pasado. Una conductora embarazada tomó un viaje a pesar de que estaba entrando en trabajo de parto. La anécdota se viralizó como ejemplo de que la idea de "trabajá cuando quieras, como quieras" puede volverse en contra de los propios trabajadores: alguien que no puede tomarse licencia por maternidad y necesita ingresos puede tomar decisiones extremas.

"En los últimos años se ha observado un pequeño incremento de la heterogeneidad del grupo de trabajadores de tiempo parcial en términos de ingresos laborales, al tiempo que se verifica un aumento de su nivel educativo", dice Ignacio Apella, economista para Protección Social y Empleo de Banco Mundial. "Los acuerdos contractuales no otorgan a estos trabajadores el mismo nivel de protección que el provisto por un empleo estable. En un escenario donde el conjunto de trabajadores sin protección social es heterogéneo, compuesto por personas vulnerables de baja productividad junto con aquellos de altos ingresos y elevada productividad, la implementación de políticas de protección social se torna más compleja", explica.

Mirta Vuotto, directora del Centro de Estudios de Sociología del Trabajo de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, señala que, mientras se le exige cada vez menos al trabajo en términos de estabilidad y formalidad, los jóvenes demandan cada vez más un empleo satisfactorio en términos personales: "Se trata de la construcción de un proyecto individual y de una nueva relación con el trabajo que combina dos aspectos: por un lado, la conciencia de que la seguridad laboral ya no está garantizada, incluso cuando se tiene un empleo permanente; por otro, la búsqueda de sentido en la actividad profesional", explica Vuotto.

Ansiedades

La libertad prometida, sin embargo, no parece ser suficiente: los trastornos relacionados con la nueva imprevisibilidad del mundo laboral crecen. "Siempre existió el miedo a quedarse sin trabajo. Pero ahora se suma el temor de los freelancers de no saber cuál será el próximo encargo o qué ganancia reportará", explica Gustavo Casals, psicoanalista, senior communications specialist en Thomson Reuters. "Además, los nuevos medios de comunicación generan nuevas fuentes de ansiedad: la demanda de la disponibilidad constante, la sobreexposición de la vida íntima. Al apoyarse en estas nuevas formas de comunicación, la gig economy potencia estos síntomas".

Ezequiel Baum, economista, fundador de la consultora Trainer Financiero y autor de Ordená tu economía, da cursos de educación financiera a los que concurren muchos freelancers desesperados; entre las preocupaciones de estos trabajadores, el futuro no es un tema menor. "Un tema clave es el fondo para el retiro. Hablamos de gente que es monotributista y tal como están las cosas se va a jubilar con la mínima: deberían estar haciéndose un ahorrito. Solo una vez me crucé con una chica que vino a una de las clínicas financieras para freelancers y contó que estaba ahorrando en un 401K, un plan de retiro bastante sofisticado. Pero es una excepción: todos se sienten inmortales", explica Baum. "Pero ya ni siquiera te digo el retiro: contingencias. Te fracturás la mano y esos meses no te los paga nadie".

Sin embargo, hay quienes están pensando en el futuro de los freelancers. El más conocido es Freelancers Union, una especie de sindicato freelancer en Estados Unidos fundado por Sarah Horowitz en 2001, que hoy da voz a los trabajadores independientes; incluso hay planes que permiten comprar un seguro de salud (aunque, por supuesto, los empleadores no contribuyen).

En nuestro país, Rubén Buzzano, director de formación profesional de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE), encabeza un equipo que está empezando a pensar en la versión local de un sindicato de estas características: "Los que trabajan así sienten que no pertenecen a ningún lado. Es un asunto complicado, porque no los tenés reunidos en un lugar. A lo mejor hay que inventar eso, una organización con capacidad de dispersarse. Una organización menos vertical que los sindicatos tradicionales".

Los riesgos de la libertad

Son las tres de la tarde y recién ahora me pongo a trabajar. Pertenezco, sin duda, a la gig economy: mis principales ingresos vienen de hasta cinco o seis fuentes distintas. Un diario y otros medios gráficos, una radio, dos universidades nacionales. Me desperté temprano, pero después de meses de andar corta de plata decidí hacer la recorrida de búsqueda y cobro de cheques. La mitad de los cheques que intenté retirar están vencidos. "No viste el mail", me dicen en Palermo, en San Telmo, en Recoleta. Lo vi, pero qué puedo hacer. "Voy mañana, así hoy termino esto", me digo todos los días. ¿Cómo es que siempre estoy trabajando y las cuentas no me cierran?

Soy afortunada. Estoy en condiciones de rechazar trabajos, cuando sospecho que van a ser imposibles de cobrar. Los freelancers manejamos mucho ese concepto: "laburos incobrables".

Disfruto los beneficios de la "economía de kioscos". Duermo más que cuando trabajaba en una oficina, leo libros en la mitad del día, a veces puedo tomar el té con una amiga y jugar a que no trabajo. Tuve tres empleos de oficina antes de decidir dedicarme al periodismo y a la docencia universitaria, las dos cosas que más me gustaba hacer. Como mucha gente de mi edad, toda vez que trabajé en oficina hasta ocho horas por día igual facturé. Opté entonces entre una seguridad psicológica y una libertad que en verdad no resultó mucho más riesgosa.

Cuando llego a trabajar todavía está Adriana, la empleada que trabaja en mi casa. Mira su celular y me dice que no sabe qué hacer: ayer recomendé sus servicios en Facebook y hoy le escribe más gente de la que puede tomar. Le digo lo que haría yo: privilegiar a los clientes más grandes, que más trabajo piden por mes, y dejar el chiquitaje. Tomar a Gabriel, padre de familia, y decirles que no a Ana y a Tina, solteras de mi edad, que no bien tengan que achicar gastos, te van a recortar. Así me organizo yo, al menos. Es gracioso esto de la gig economy: te vas del trabajo de 9 a 17 para "ser más libre", y a los dos meses ya estás buscando "lo más seguro".

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