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Internet nos ha convertido a todos en celebrities

El mundo ha cambiado tanto en tan poco tiempo que seguimos sin darnos cuenta de que ahora todo nuestro discurso es público, o casi
Ariel Torres
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6 de enero de 2018  

Hablábamos el otro día con Jorge Elías en radio Continental, cuando me llamó por los 35 años de Internet, y observó algo que no sólo es muy agudo, sino que en general pasamos por alto. "Treinta y cinco años -observó Elías- es muy poco, ¿no te parece?"

¡Exacto! En tres décadas y un lustro el mundo cambió por completo. De hecho, el tiempo que pasó fue todavía menos, porque el público en general empezó a tener acceso a la Red desde noviembre de 1989 en Estados Unidos.

Hasta ese momento, no teníamos más que el televisor y la radio a transistores. Tele de tubo, permítanme añadir. Ah, y correo postal. Punto.

El célebre DynaTAC de Motorola nacería tres meses después que Internet, en marzo de 1983; sería el primer celular del mundo, costaba casi 4000 dólares de entonces, tenía una autonomía de media hora en llamadas y la batería tardaba 10 horas en cargarse.

Para los celulares en general y para los smartphones en particular faltaba un rato largo. O sea que no, no teníamos más que un teléfono de línea en casa y, quizás, otro en la oficina. Ese era todo el poder de comunicación de que disponíamos los individuos. Para lograr lo mismo que muchos usuarios de Twitter consiguen en unos pocos segundos, habría que haber marcado varios millones de números de teléfono. O haber enviado millones de cartas.

Las computadoras personales, que habían nacido entre 1977 (la Apple II) y 1981 (la IBM/PC) estaban todavía despegando. Jugarían un papel clave más tarde en la instalación de Internet en el nivel público, pero en 1983 eran más bien una rareza. En las oficinas se seguía oyendo el repiquetear de las máquinas de escribir y, claro está, la campanilla electromécanica de los teléfonos. Nada de ringtones. Nada de WhatsApp o Facebook. Nada de nada, en rigor, de lo que hoy constituye buena parte de nuestras vidas. Ni los separadores de la tele eran los mismos. Lógico, la animación 3D estaba en pañales; Pixar nacería tres años más tarde y faltaban todavía 12 años para Toy Story.

En realidad, esta pintura sólo muestra la superficie. Como todo salto tecnológico muy disruptivo, los cambios más profundos se dieron en los aspectos humanos, sociales, culturales, de hábitos, relacionales. Es cierto que ahora llevamos en el bolsillo supercomputadoras que en 1983 pesaban varias toneladas, pero es en nuestra vida cotidiana donde más se siente la brecha que causaron estos avances.

Porque en un tris -35 años es nada en tiempo histórico- pasamos de la tele, la radio y el correo postal a un mundo por completo desconocido. Un mundo programable, de espacios virtuales, de máquinas que hacen 8000 años de cálculo en un segundo, de inteligencia artificial, de robots, y, sobre todo, un mundo interconectado como nunca antes en la historia humana. Un mundo de ciencia ficción.

Por eso a muchas personas les cuesta adaptarse. Es lógico, porque alguien que hoy tiene 40 años nació, en términos de avances técnicos, 500 años atrás. Un ejemplo de manual es WhatsApp. Twitter es otro. Arranquemos por Twitter.

El mundo es una Redacción

Cuando la red de los trinos apareció en escena casi nadie la entendió. Hasta que nos dimos cuenta de que 140 caracteres equivalían a un título y una bajada. Muy potente, si se lo mira así. Delgado, ligero, afilado. Pero luego, incurriendo en una falacia lógica, concluimos que todos éramos periodistas. ¿Cuál es la falacia? Que el hábito no hace al monje. El que todos pudieran componer un título y una bajada no los transformaba automáticamente en periodistas. También sería falso afirmar lo contrario, porque muchos que no pertenecían a esta profesión hicieron una labor impecable en Twitter. Todos los gatos son felinos, pero no todos los felinos son gatos.

Sin embargo, lo que en realidad ocurrió fue que ahora la libertad de expresión estaba al alcance de todos, no importaba si hacían un trabajo noticioso a conciencia o difundían un rumor sin seguir las reglas del manual de este oficio de 400 años de antigüedad. Lo que realmente importaba era que la libertad de expresión, uno de los derechos humanos fundamentales, ahora podía ser ejercido por miles de millones de personas, en tiempo real, sin fronteras, a escala global. Eso fue lo disruptivo. Eso fue lo que cambió el balance de poder y hasta dio origen a nuevas formas de hacer política.

¡No me digas!

WhatsApp causa todavía más conmoción. Ejemplo: una persona dice algo en un grupo y en 20 segundos llega a alguien que no era el destinatario y una hora más tarde es viral. Ocurrió hace poco con la así denominada Cheta de Nordelta, cuya legitimidad me inspiró muchas dudas. Pero la regla, de nuevo, es extraña, cuesta muchísimo incorporarla. Dice más o menos así:

Nunca pongas en WhatsApp algo que no querés que salga en la tapa del diario mañana. O que se difunda entre todos los grupos de los que forman parte todas las personas que están en el grupo donde originalmente publicaste algo.

Versión simple: todas tus declaraciones son hoy públicas.

Estoy en varios grupos del popular mensajero, y es muy interesante cómo, diría que de forma sistemática, se arman unas refriegas incendiarias porque alguien reproduce en otro lado los dichos de uno que, confiando en reglas que ya no rigen, supuso que sus palabras no saldrían de allí.

Los mensajes de voz son los peores. No sólo porque tienen más peso, sino porque nos pertenecen de manera irrefutable. (A decir verdad, ya hay formas de imitar la voz de un individuo mediante software, pero esa es otra historia.)

Dicho todo esto, mi mejor consejo es leerse el Manual ilustrado para ser una celebrity y nunca proferir dichos que no queremos que se viralicen, aunque sea en el grupo de los padres del colegio. Estas viralizaciones no ocurren sino porque son posibles. Al revés que 35 años atrás, hoy son posibles, y cuando algo es posible, ocurre.

No es fácil tener estos recaudos. Lo apunto porque en mi caso hago de esto una disciplina estricta, y me ha llevado un esfuerzo considerable, sólo facilitado por el hecho de que hace casi 40 años que escribo de forma pública. Pero, dados los disgustos que les he visto padecer a muchas personas, y considerando la cantidad de mensajes que he recibido y que, llegado el caso, podrían dejar muy mal parado al emisor, creo que es hora de admitir que Internet nos ha convertido a todos en figuras públicas. Sólo que las mieles de esta fama son a veces bastante agrias.

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