Un cubano en Ciudad Gótica

Silvina Pini
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6 de enero de 2018  

Llegué a Praga en verano. Mi guía se llamaba Ondrej y me esperaba en el aeropuerto. Era un hombre algo bajo, de hombros anchos, mayor de 60, con el pelo blanco, igual que la piel, y unos ojos azules y pequeños. Todo en él encajaba en el perfil del checo promedio, a excepción de un detalle: una guayabera caribeña de colores estridentes. En la semana en que me llevó por Praga, Ondrej lució sus desconcertantes guayaberas, sin repetirlas.

Hablaba castellano y repetía de memoria la letra ante cada monumento de la antigua capital del reino de Bohemia, Ciudad Gótica con más de cien torres. En el Puente Carlos IV que atraviesa el río Moldava, treinta estatuas vigilan el paso incesante de los turistas. Ondrej se detuvo delante de la de San Juan Nepomuceno, que recuerda el lugar donde el mártir fue arrojado al río en 1393. La enorme figura sombría solo brilla en el pedestal donde la gente posa su mano para pedir un deseo. Ese palmo de bronce refulgente apenas competía con las flores fucsias de la camisa de Ondrej.

Cuando llegamos al Castillo de Praga, construido en el siglo IX y considerado la mayor fortaleza medieval del mundo, Ondrej tenía necesidad de fumar, por lo que resumió los mil años de historia del castillo en diez minutos y me dijo que esperaba afuera. Sobre el final de su resumen, incluyó una escena de 1989, cuando Václav Havel juró como presidente después de cuarenta y un años de comunismo.

En el almuerzo, Ondrej se explayó sobre las joyas de la corona de Bohemia que siguen en el castillo, el Callejón de Oro, lindante a la muralla donde vivieron los alquimistas y más tarde Franz Kafka, pero cuando quise ir más cerca en la historia y saber sobre los años de la ocupación nazi y la era comunista, respondió con evasivas y se esforzó por disimular el disgusto.

El pasado medieval de Praga saltaba a la vista pero ¿quién mejor que un testigo directo para contarme cómo había sido la vida cotidiana en la era del soviet?

Tal vez para satisfacer mi curiosidad, a la mañana siguiente Ondrej me llevó al "muro de Lennon", frente a la embajada de Francia, al que no dudó en atribuirle un papel en los antecedentes de la Revolución de Terciopelo. Cuando Lennon fue asesinado en 1980, la gente se acercó espontáneamente a esta pared a pintar frases y dibujos del músico. Una y otra vez la pared era repintada de blanco y la gente corrida por la policía. Fue la guardia de la embajada la que sugirió hacer la vista gorda a esa expresión popular que silenciosamente se instaló como una resistencia al comunismo.

El último día, Ondrej apareció con una camisa con palmeras flúo y guacamayos turquesas. En el almuerzo en la taberna clásica U Fleku, se permitió, por única vez, compartir una cerveza Pilsner Urquell. Y entonces sí, habló del comunismo. Primero evocó una frase que su madre dijo al tiempo de la caída: "Ahora los campesinos siguen levantando papas, pero con una lata de Coca-Cola". Ya con el segundo cigarrillo, contó que él había sido corresponsal de la agencia soviética TASS, en Cuba, cuando era rubio y no fumaba. En la isla aprendió castellano y a sufrir por amor. Se había enamorado de una camarada negra con quien se casó, pero el fin del comunismo y de la TASS cambiaron el mapa mundial y el suyo propio. Del amor cubano le quedaron las guayaberas que sigue usando como un acto privado de nostalgia, una buena síntesis del país y de su vida.

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