"Justo a mí me tocó ser yo"

Miguel Espeche
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6 de enero de 2018  

"Justo a mí me tocó ser yo", dijo Felipe, aquel amigo entrañable de Mafalda. Lo dijo compungido, al darse cuenta de que su manera de ser no cambiaría demasiado, más allá de sus esfuerzos por "ser otro".

La frase, surgida del genial Quino, tiene la condición de clásico. Es que esa pelea entre lo real de lo que somos y el ideal de lo que quisiéramos ser es un problema endémico que va más allá del pintoresquismo.

Si usted intenta leer estas líneas en la playa, mientras el viento hace volar el diario, sus chicos le tiran arena y gritan, su pareja se enoja por algo y lo hace notar en voz alta y, además, se da cuenta de que se olvidó el protector solar y deberá volver largos pasos para buscarlo; todo esto, mientras los de la sombrilla de al lado parecen niños suizos, hablan en voz baja y calma, el viento no les complica la vida y la arena parece esquivarlos a la hora del desparramo, entenderá qué quiso decir el bueno de Felipe en esa ocasión.

Es que la sensación de que el destino ha jugado una mala pasada emerge, con fuerza, cuando uno imagina un mundo mejor, cuyos habitantes transitan una dimensión que excluye sin esfuerzo todo lo malo. Los miembros de ese mundo de privilegio son flacos, saludables, deportistas, profundos, amables, prósperos, risueños, calmos y con hijos peinados y sosegados, que no gritan ni se pelean por ver quién se come el último churro o quién usa ahora la única tabla de barrenar en existencia.

Hay varios territorios en los cuales se da la situación de "querer ser otro" para dejar de "...ser como yo". Ese cuerpo bajito o demasiado alto, esa panza, esa nariz, o, en otro plano, esa argentinidad ("¡quisiera ser suizo!"), esa condición social, esa familia o esa propensión a los problemas, son los escenarios en el que el conflicto entre la propia condición y el ideal "comprado" hace sufrir a muchos.

Querer ser otro no soluciona nada, porque somos lo que somos, y a mucha honra. Claro, esa "honra" hay que percibirla, y en un mundo dado a modelos crueles e imposibles, como la imposición de la "rubiez" como valor superior de belleza en un país lleno de morochos, o la delgadez extrema en personas con genética totalmente diferente, de rasgos más gruesos y contextura menos longilíneas, es lisa y llanamente violencia, de esa que no se ve, pero se siente.

Claro que lo antedicho corre también, como señalamos antes, en relación a escenarios menos "corporales", como aquel de la playa antes descripto, en el cual el propio "despelote" parece mayor porque se cree que los otros no lo tienen. Allí aparece, secretamente o no, el "quisiera ser otro" del caso. Sin embargo, los otros no son tan perfectos como parecen; lo que llamamos "perfecto" no es de verdad una real virtud; parte del problema es que se pone tanta energía en maldecir el propio destino que se termina generando lo temido.

Ejemplo: los hijos atolondrados de la playa notan que los padres, en vez de ir marcando la cancha de a poco para que llegue la calma, están demasiado mortificados en lamentar su situación. Esa percepción pone más nerviosos a los chicos, que hacen más lío, entrando la cuestión en una espiral compleja, que empeora cuando se mira a esos otros "perfectos" y se piensa por un momento en hacer un trueque de hijos, tanta es la envidia ante la calma y el manejo de esos otros que se solazan en la armonía y la paz familiar.

Hoy por hoy, la propuesta es ponerle amor a eso que somos, porque es aquello que nos hace ser, lo que no es poco. "Justo a nosotros nos tocó ser nosotros", y ese es nuestro punto de inicio. Sin honrar ese punto inaugural del camino, todo lo demás será un mero espejismo o un atajo, una simulación sin savia ni verdad, con toda la tristeza que eso trae aparejada.

El autor psicólogo y psicoterapeuta

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