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Un pianista inquieto, un buceador constante

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8 de enero de 2018  

A Chano Domínguez comenzamos a conocerlo mejor a partir de su asociación con la cantante Martirio. Eran épocas, promediando los 90, en que se habían asociado para hacer un disco llamado Coplas de madrugá, que se escuchó en La Trastienda de Buenos Aires, uno de los, por entonces, epicentros de la llamada world music. Pero la historia de este gaditano de 57 años es mucho más amplia y heterodoxa.

Empezó tocando la guitarra flamenca. Se entusiasmó con el rock sinfónico y el jazz rock y armó su primera banda, Cai. Arrancó con el piano como autodidacta. En los 80 armó Hixcadix y decidió finalmente lanzarse como solista. Ya el jazz se había metido en sus venas y su primer álbum solista, Chano, de 1992, tenía esa impronta. Pero nunca fue, en definitiva, un músico "puro". El flamenco nunca terminó de abandonarlo del todo y el espíritu rockero lo sigue acompañando aunque ya no lo toque como tal. A lo largo de su vida se asoció por igual con Tomasito, Enrique Morente, Kiko Veneno, George Mraz, Jeff Ballard, Paquito D'Rivera, Javier Colina, Ana Belén, Marta Valdés, Jorge Pardo, El Bola, Carles Benavent, Gonzalo Rubalcaba, Chucho Valdés, Herbie Hancock -que de ídolo juvenil pasó a ser colega de escenario-, Israel Suárez "Piraña", Wynton Marsalis, Diego Urcola y varios más.

Domínguez formó parte de la película Calle 54, el documental de Fernando Trueba sobre el latin jazz, y es presencia constante en festivales de todo el mundo. Vivió en Barcelona hasta hace tres años, cuando decidió mudar sus huesos a Brooklyn. Su última visita a la Argentina sucedió en 2015, cuando llegó para actuar en Buenos Aires y en otras ciudades junto a su coterráneo Niño Josele. Y dice que este año le encantaría volver a nuestro país, del que habla, con la solvencia de quien sigue la cuestión de cerca, de calidades de carne y "churrasquerías", de cuestiones económicas y culturales y de nuestra idiosincrasia.

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