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Inalterable y desafiante, el régimen de Irán mantiene su fuerza pese a las tensiones crónicas

A pesar de las olas de protesta, la elite político-religiosa que domina el país conserva el poder gracias a una fórmula inquebrantable: una Constitución con rasgos democráticos, pero teocráticamente regulada
Ricard González
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8 de enero de 2018  

TÚNEZ.- Desde hace un par de décadas, la mayoría de periodistas y académicos occidentales que visitan Irán regresan con una conclusión parecida: el régimen fundado por el imán Khomeini se ha fosilizado, y una juventud moderna, educada y deseosa de cambios no tardará en forzar su caída o reforma profunda. No obstante, aquellos jóvenes de antaño ya pintan canas, las elecciones y las crisis se suceden una detrás de otra, pero la República Islámica permanece en pie, inalterable y desafiante.

Tampoco parece que la reciente ola de protestas, ya en aparente fase de remisión, sea capaz de hacer hincar la rodilla a un régimen tan bien apuntalado como el de los ayatollahs, que pronto cumplirá cuatro décadas de vida. La astuta e implacable elite político-religiosa que gobierna el país ha conseguido dar con la fórmula para edificar un sistema inquebrantable, aunque propenso a las tensiones cíclicas. Mal que le pese a la Casa Blanca, el fin de sus días no se halla cercano.

El principal pilar sobre el que se sostiene la República Islámica es una poderosa guardia pretoriana: los Guardianes de la Revolución. Fanáticos y disciplinados, los miembros de esta milicia paramilitar, conocidos en persa como Pasdarán, nunca han dudado en reprimir con brutal violencia las protestas de la oposición, aunque estas sean pacíficas, como las organizadas por el Movimiento Verde en 2009. Su fidelidad hacia el régimen no solo es ideológica, sino que también se asienta sobre intereses prosaicos. En torno a los Pasdarán se esconde un creciente imperio económico que reparte prebendas y privilegios a sus miembros, y cuya supervivencia está íntimamente vinculada a la del régimen.

Sin embargo, no solo de represión vive un sistema de gobierno que aspira a perpetuarse. A pesar de que el tiempo ha roído la legitimidad revolucionaria fundacional de la República Islámica, una parte sustancial de la sociedad iraní, la más conservadora, continúa creyendo en sus ideales. Gracias a la manipulación de la religión y del nacionalismo, muy arraigado en una sociedad orgullosa como la iraní, los ayatollahs han conservado el apoyo de una amplia minoría a la que pueden movilizar en las calles ante cualquier amenaza, como se demostró los últimos días.

Quizá más cruciales aún para la supervivencia del régimen son sus válvulas de escape. Una de ellas es la emigración a Occidente. Cada año emprenden ese camino miles de jóvenes alienados por su propio país, privando a la oposición de su energía. La otra, un entramado institucional insertado en la Constitución que combina elementos democráticos y teocráticos. La existencia de un Parlamento y un presidente elegidos en las urnas permite crear la ficción de que el cambio desde dentro es posible, lo que sirve para canalizar el descontento.

Hijo de esta falsa expectativa es el movimiento reformista que, liderado por Mohamed Khatami, obtuvo una impresionante victoria electoral a finales de los años noventa. Su objetivo era modernizar el sistema de forma gradual, otorgando a la ciudadanía nuevos derechos y libertades. No obstante, el presidente Khatami no tardó en descubrir que los principales resortes del poder no se hallaban en sus manos, sino en las del Guía Supremo, Alí Khamenei. El "Estado profundo" vio su hegemonía en peligro y saboteó el experimento reformista, lo que acabó aupando a la presidencia al populista Mahmoud Ahmedinejad.

La represión contra la corriente reformista, cuyos dirigentes se hallan entre rejas o bajo arresto domiciliario, dejó a la ciudadanía como única alternativa al "sector duro" del régimen en las últimas elecciones, en 2014, al clérigo moderado Hassan Rohani. Como era de esperar, sus tímidas reformas, que en nada amenazan las estructuras del sistema, son incapaces de satisfacer las aspiraciones de cambio social, político y económico de buena parte de la población.

Ante este panorama, no es de extrañar que la revuelta de la semana pasada fuera espontánea, descentralizada y violenta. Taponada cualquier senda de reforma, a los iraníes solo les queda la explosión de ira. Pero esto representa un fácil desafío para la guardia pretoriana. Ahora bien, si el malestar continúa creciendo, de aquí a unos años la explosión será de mayor intensidad, y entonces Irán podría adentrarse en una pesadilla como la siria. Ese es el gran riesgo de los regímenes irreformables.

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