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Los espejos

Víctor Hugo Ghitta
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9 de enero de 2018  

Fuente: Reuters - Crédito: Mary Turner

Este hombre es pura vanidad. Está concentrado en su teléfono celular, indiferente al esmero con que una serie de personas, quizá con la premura que siempre exigen los desfiles de moda, se ocupa de acicalarlo: en diez, acaso quince minutos, se pavoneará en su hermosura por la pasarela de la Semana de la Moda, en Londres. No sabemos nada de su carácter, pero cierta languidez, visible en la caída de los párpados o en la despreocupada expresión de la boca, insinúa alguna altivez. No es soberbia, exactamente, pero el muchacho sabe íntimamente que le ha sido concedida la belleza, como aun en su inocencia lo sabía el fulgurante Tadzio de Muerte en Venecia. No sabe -el tiempo, implacable, acabará por enseñárselo- que la belleza es frágil y la jactancia, en cierto modo, un pecado. Ya lo escribió Borges en su poema "Los espejos": "Dios ha creado las noches que se arman de sueños y las formas del espejo para que el hombre sienta que es reflejo y vanidad".

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