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El fin del mito de las vacaciones seguras

Fernando Rodríguez
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10 de enero de 2018  • 01:48

Las vacaciones son un hiato necesario para un año de rutina y estrés. Y así como alimentan la ilusión del descanso y la desconexión de las situaciones conflictivas de la cotidianidad, alimentan en muchos la fantasía de que también quedan atrás las amenazas. Cuando Luciana Mantero, la esposa del jefe de Gabinete Marcos Peña, relató en su muro de Facebook el robo que sufrió en la casa en la que acababa de comenzar su veraneo en La Paloma, puso en palabras, también, ese mito: ". este balneario tranquilo en el que hasta hace poco dormíamos sin poner llave a la puerta terminó de perder su inocencia".

Ese pensamiento resume una idea extendida entre muchos argentinos que deciden veranear en aquellas costas, en el corredor que va desde la cosmopolita Punta del Este hasta los más agrestes balnearios de la costa de Rocha: al llegar a Uruguay, además de los problemas diarios, dejan atrás la amenaza de la inseguridad urbana, especialmente del área metropolitana bonaerense. Pero lo cierto es que es un mito, y, más aun, es una creencia peligrosa: hace muchos años que La Paloma, La Pedrera o cualquiera de esas hermosas playas oceánicas dejó de ser un lugar donde se puede dormir sin miedo a dejar las puertas sin traba.

Hay una lógica irreductible: un pueblo que durante el año tiene 600, 1000 o 2000 habitantes y en un solo mes debe acoger a diez veces esa población (gente que trae costosos productos electrónicos, ropa y dinero) se convierte, en ese corto periodo, en un coto de caza. Lugares que durante el año tienen destacamentos con apenas un par de efectivos, reforzados durante la temporada con un puñado de uniformados que no dan abasto. Y visitantes que no conocen los movimientos, se confían y sólo cuando es demasiado tarde comprenden que, quizás, ya no exista en el mundo conocido ningún lugar tan seguro como lo que esperan.

Quien escribe estas líneas lo experimentó hace cinco temporadas no tan lejos de La Paloma: en Punta del Diablo, más al este, más agreste, encantador. Había alquilado una cabaña justo frente a una de las calles de tierra consolidada típicas del balneario, hacia el lado de La Viuda. En el mismo lote, aunque más al fondo, había otra cabaña, más chica, pero de dos plantas. No era la única diferencia: esa no tenía alarma. Ninguna otra propiedad enfrente o inmediatamente adyacente. Los dueños de la casa habían hecho la prevención: "Aunque pongan la alarma no dejen dinero en la cabaña". El año anterior, en el mismo lugar, aunque en otra propiedad, la recomendación había sido exactamente la misma.

Pronto llegaron a la cabaña trasera un grupo de brasileños: tres parejas pasaron allí toda la tarde, con muchos tragos y con la música bien alta. A la noche salieron a comer al pueblo. Cuando volvieron los habían desvalijado.

A la mañana, bien temprano, llegó la policía. Un agente joven buscaba rastros a simple vista, pisadas, algo más, con el profesionalismo de un niño explorador. El oficial a cargo, que nunca se sacó sus anteojos de aviador, "supervisaba" el precario rastrillaje y, sin que nadie le hubiese preguntado nada, arrancó: ". Lo que pasa es que vienen todos ustedes y de pronto hay 15.000 extraños cuando durante el resto del año aquí no somos más de 600. Y en la comisaría estamos los mismos, ni un refuerzo. Y para colmo los que les alquilan no quieren pagar seguridad. Yo tengo mis veinte hombres y si usted me paga yo le pongo a uno con una reposera en la puerta y va a ver que a nadie le va a robar. acá hay unos rateritos, los conocemos pero no podemos hacer nada. Yo a los dueños de esta casa los conozco, son de Montevideo y tienen una casa celeste con columnas a un par de kilómetros. Son muy agarrados esos petisos, no quieren pagar seguridad. Y después pasa esto y el que lo sufre es usted." Una de las chicas brasileñas miraba sin entender nada de lo que él decía, desconsolada: se habían quedado sin un peso y sin música, porque obviamente les habían robado la computadora y el equipo de sonido.

La descarada declaración del oficial era escalofriante. Quien esto escribe apenas atinó a mirar en lontananza y asentir. Fue en Punta del Diablo, pero podría haber sido en cualquier lado en estas latitudes: en muchos lugares chicos la temporada vacacional es "la" oportunidad, el momento esperado por los ladrones que no buscan dar grandes golpes sino sumar muchos botines pequeños para hacerse el verano.

Siempre tendemos a creer que los peores males son los propios, y en ese permanente espíritu crítico sospechamos que sólo en nuestro país, en nuestra ciudad, asaltarán y acuchillarán a un turista en la calle como les pasó el fin de semana a un ruso en Congreso y a un norteamericano, hace un mes, en la Boca. Pero eso también les ha pasado a turistas en Río de Janeiro, por ejemplo. Hace un par de años asesinaron a una chaqueña de 25 años en Copacabana.

Incluso en Uruguay: hace tres años que es un misterio inextricable quien mató a Lola Chomnalez cuando pasaba sus vacaciones en Barra de Valizas, más allá de Cabo Polonio, también en Rocha.

Las vacaciones, sean donde sean, están hechas para descansar y disfrutar. Lo que implica llevar, junto con las valijas, la dosis de prevención necesaria.

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