El Lobo que intentó devorarse a Perón

El lunes 30 de junio de 1969, un mes después de El Cordobazo, en la sede de la UOM, cinco disparos terminaron con la vida del único dirigente que le disputó poder al fundador del peronismo. El crimen es un enigma que anidó entretejido en la cruenta trama de la lucha por el manejo sindical heredado de 1945.
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11 de abril de 1999  

EL reciente 25º aniversario de la muerte de Juan Perón, acaecida cinco años y un día después de la del dirigente metalúrgico Augusto Timoteo "El Lobo" Vandor, eclipsó este otro aniversario: las tres décadas transcurridas desde la enigmática muerte de ese ex suboficial de Marina nacido en 1923 en Bovril, un pueblo entrerriano donde se aquerenció don Roberto Vandor -y su esposa Alberta-, un labriego francés de ascendencia holandesa.

Y aunque los cinco balazos que lo desplomaron en el primer piso de la sede gremial de Rioja 1945, poco antes del mediodía del 30 de junio de 1969, fueron apenas el preludio de la deflagración de la bomba de mecha que dejaron entre sus piernas moribundas treinta años de luchas y muertes por el poder fueron suficientes para justificar esta amnesia liberadora.

Así fue posible que ahora no se leyeran evocaciones ni se escucharan exhumaciones de las dudas que, ciertamente, quedaron desde entonces insepultas. Nada sobre los asesinos, ni de los móviles del crimen y sus instigadores (el expediente terminó cerrado como muchos, sólo quedaron las conjeturas, junto a la certeza de que se trató de ajustes entre administradores de un gran poder). Tres años antes, el oscuro episodio -tiroteo y muertes- del 13 de mayo de 1966, cuarenta y cinco días antes del desalojo compulsivo del presidente constitucional Arturo U. Illia, y consumado en la confitería La Real, de Avellaneda, sumió a Vandor en una trama que aún lo acusa desde el libro de investigación ¿Quién mató a Rosendo García? , de Rodolfo Walsh, a su vez asesinado durante la última dictadura militar, en 1977.

El menos sumiso de los dirigentes sindicales peronistas, el mejor negociador -según sus propios adversarios, que no eran pocos- y cabeza de lo que dio en llamarse el "peronismo sin Perón", dejó la escena sindical sin bendecir heredero visible. Años después, José Rucci, máximo dirigente de la CGT, también cayó asesinado. Su líder los sobrevivió. También ese grito de las huestes juveniles que saludaron este otro asesinato: "Rucci traidor. Saludos a Vandor".

¿Dónde había quedado el sindicalismo de los dirigentes que a principios del siglo se abstenían del alcohol y el cigarrillo, predicaban con el ejemplo -incluso el revolucionario-, pero que en la sede sindical daban prioridad a la biblioteca?

La muerte no avisa

Vandor dijo: "Todo está bien, Cafierito", y colgó el teléfono. Fue ese lunes 30 de junio cuando Antonio Cafiero quiso consultar a otro dirigente (Miguel Gazzera) sobre qué pasaría con la huelga anunciada por la otra fracción gremial (la CGT de los Argentinos, que respondía al líder sindical José Alonso, declarado enemigo de Vandor). La huelga sería al día siguiente y era vox populi que Vandor habría cedido ante las rogatorias para que sustrajera a la CGT de Azopardo del paro anunciado.

Vandor nunca negó su amistad con el coronel Luis Máximo Prémoli, en ese momento secretario de Difusión del gobierno de facto que encabezó el general Juan Carlos Onganía, lógicamente interesados en desbaratar la huelga. Los ambientes políticos conocían los atajos que había utilizado el dirigente, además de otras hazañas en hipódromos y ruletas. Sus últimas maniobras habían sido retratadas y quedó eternizado de corbata y en la Casa Rosada el día de la asunción de Onganía. También el 2 de septiembre de aquel año (1966), cuando se firmó un nuevo convenio con los metalúrgicos. Pero ahora ya tenía demasiados enemigos, y a pesar de que había viajado a Madrid para una especie de reconciliación con Perón, el poder partidario había comenzado a fraccionarse en demasía.

Conocía las intenciones del general Alejandro Agustín Lanusse respecto de la administración que llevaba su compañero de armas, a quien en poco más derrocaría. Con Lanusse había almorzado en un homenaje de la hazaña al Polo Sur del coronel Leal.

Había desahuciado el paro desde su sector, pero ese griterío que invadió el primer piso de la central de la UOM, en pleno Parque Patricios, no era un buen augurio.

-Voy a ver qué corno pasa -le dijo a su acompañante ocasional, Alfredo Pennisi, secretario de los metalúrgicos santafecinos. Y marchó seguro luego de liberar la apertura electrónica de la puerta.

Eran las 11.30 en punto, después de un ingrato día en las carreras, pero no había nada que temer: entre 12 y 20 compañeros, no menos de la mitad integrantes de su bien armada custodia, permanecían en el edificio. Pero no llegó a saber lo que pasaba. Apenas vio dos sombras desde donde partieron los balazos de calibre 45, aunque los hombres actuaron a cara descubierta y escaparon para unirse a un tercero que, al parecer, anunció en la planta baja que dejaba otra bomba como la que había quedado sobre el cuerpo de El Lobo. El que lo alcanzó a arrastrar fue Federico Vistalli, el asesor de prensa. Con un segundo ayudante, lograron sacarlo antes de la explosión que destruyó parte del edificio.

Hicieron lo imposible para llegar a la policlínica del gremio -en Hipólito Yrigoyen al 3200-, donde trabajada la esposa de Vandor, pero sólo ingresaron su cuerpo inerte. Infortunado encuentro.

Marinero, al fin y al cabo

Gran parte de los seis años que pasó como suboficial en la Marina de Guerra transcurrió a bordo del duro celibato en un rastreador (el Comodoro Py). Perón llevaba ya un año de mandato cuando El Lobo pidió la baja como cabo primero maquinista (1947).

Tres años después aparece en el plantel obrero de la fábrica Phillips, del porteño barrio de Saavedra y a la vera de la avenida General Paz. Fue allí donde conoció a Elida María Curone, su esposa desde 1963. Para entonces ya era un líder al nuevo estilo, negociador y poderoso. Ya en 1954 había comandado una huelga por mejoras salariales y logrado superar las primeras rencillas internas que resuelve en su favor.

A la caída del peronismo, en las jornadas de septiembre de 1955, la Revolución Libertadora decide su encarcelamiento por seis meses y lo despiden de la Philips. Pero cargado ya con los primeros sinsabores, y de un instinto que le envidiaron quienes le disputaron su poca discutida conducción, creció en un par de años: el poder sindical de Vandor se afianzó desde 1958 (se asegura que conoció entonces a Perón en su exilio de Ciudad Trujillo). Pero, cuando le pareció necesario, desobedeció a su líder en el exilio de Puerta de Hierro, especialmente para el caso de alguna elección de la que esperaba beneficiarse. Aprendió a negociar con empresarios y militares y armó estrategias cambiantes y casi siempre destinadas a conseguir poder o para conservarlo.

Si logró que lo llamaran El Negociador fue sobre la base de una envidiable presteza para acordar con Dios y con el diablo. Dispuesto, más que al triunfo, a la resurrección.

Fue dueño y señor de las 62 Organizaciones y a través de ellas, de la CGT. Atacó y negoció con el presidente Arturo Frondizi y fue el artífice del enfrentamiento obrero más despiadado contra un gobierno democrático: su "plan de lucha" con la ocupación de fábricas durante el gobierno de Illía, que dejó hacer y no reprimió, le resultó un boomerang .

También fue suya la idea de hacer reptar por la calle Florida a una legión de tortugas en alusión a la lentitud que se le adjudicaba al gobierno radical.

Claro, le faltó lucidez para vislumbrar que no todo es poder o espectacularidad, ya que se atribuye el financiamiento de la Operación Cóndor, que el martes 27 de diciembre de 1966 desvió un avión de Aerolíneas Argentinas hacia las islas Malvinas, operativo comandado por Dardo Cabo, hijo de un gremialista de su confianza, y por María Cristina Verrier, en ese momento colaboradora de la revista Panorama. Casualmente, también estaba a bordo del avión Héctor Ricardo García, director del diario Crónica, curiosamente vinculado con otro episodio aéreo con el mismo destino.

A Vandor se lo acusa de haber intervenido en la frustración del operativo retorno de Perón, en 1964, que concluyó el Brasil. Luego padeció los denuestos del jefe de su partido, con los desaires que le propinó su enviada y esposa Isabel Martínez, arribada el 10 de octubre de 1965 para bendecir a la CGT de los Argentinos de José Alonso. El Lobo consigue entonces una tapa de Primera Plana (Nro. 167), con un titular que intenta desmentir: ¿Vandor o Perón? El terreno de la interna gremial se había puesto peligroso y poco después -el 29 de enero de 1966- este turfista empedernido, dueño de pingos ganadores, padeció, precisamente en el paddock de San Isidro, el estallido de una bomba: salió ileso.

Se puede decir que su muerte le estaba prenunciada.

Tras su asesinato, su foto yacente volvió a acaparar la tapa de la misma revista que más sutilmente analizó su ambiciosa carrera gremial.

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