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Henry James en el conurbano

Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
Daniel Gigena
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11 de enero de 2018  • 21:18

Fue el escritor que más veces releí. No me refiero a que, años después, volví a leer sus libros para buscar confirmaciones o revelaciones, sino a que leía una y otra vez las frases de sus cuentos y novelas, elaboradas hasta la abstracción. A eso se sumaba el espacio improvisado de lectura: colectivos y vagones de líneas de ferrocarriles que iban de la ciudad al conurbano. En ese entonces, trabajaba para una empresa que fabricaba cocinas y heladeras y mi misión era cobrar ventas que otros habían hecho en comercios minoristas. Cuando cuento que todas las tardes regresaba en medios de transporte con tanto dinero en los bolsillos, los oyentes se asombran como si les hubiera dicho que volvía a casa en una alfombra voladora.

"Henry James en el conurbano". Así se burlaba un compañero de estudios del profesorado. Mientras que las tramas del autor estadounidense radicado en Inglaterra se desarrollaban en Londres, en Boston o en una Roma crepuscular (siempre infecta), cuando yo levantaba la mirada del libro y observaba por la ventanilla, veía caballos que pastaban en las afueras de Lomas de Zamora o los arroyos (siempre infectos) que cruzaban el Camino de Cintura.

Era difícil no sentirse identificado y a la vez incómodo con las protagonistas, en su mayoría jóvenes abnegadas, víctimas de conspiraciones, del mal tiempo o de la mala suerte a la hora de elegir amistades. En un largo viaje hasta Claypole, se podía experimentar la angustia de Daisy Miller y en otros, ida y vuelta a Quilmes en el ferrocarril de la línea Roca, ser testigo del efecto de la traición en Isabel Archer. Sin contar a los escritores maduros que sufrían el acoso del pasado o de los fantasmas (que suelen cumplir funciones intercambiables en la ficción y en la vida) o a los jóvenes llenos de bríos a los que las circunstancias, más temprano que tarde, les restaban energía.

La semana anterior, la vidriera de una librería porteña me hizo pensar en James de nuevo. Ahí estaba, inconfundible en la tapa de un libro macizo, la efigie del escritor amado por narradores célebres y principiantes, por alumnos de universidades y de talleres literarios, por lectores de todas partes del mundo. Editado en España por Páginas de Espuma, había llegado a Buenos Aires el primer tomo de los cuentos completos de James.

Sentí alivio porque siempre había leído sus cuentos en antologías. Me frustraba que muchas repitieran, incluso con las mismas versiones al español, los grandes clásicos de James: "La bestia en la jungla", "Lo real", "Los papeles de Aspern" (uno de los cuentos preferidos de Borges) y "La vida privada" (uno de mis preferidos). Los cuentos completos abarcarán tres volúmenes y ya tienen un lugar reservado en la biblioteca.

"El primero salió a la venta hace semanas, el segundo saldrá en noviembre o diciembre de 2018 y el último en 2019 -cuenta Eduardo Berti, escritor y responsable de la traducción-. Son unos cien cuentos, porque dejamos afuera algunas novelas cortas. Empecé este trabajo hace años, con la complicidad de Páginas de Espuma y con la colaboración de Salvador Biedma".

A Berti, la obra de James le interesa por muchas razones. "Se lo puede definir como un personaje del siglo XIX haciendo, antes que los demás, una literatura del siglo XX -dice-. Fue un verdadero maestro del punto de vista. Manejó como pocos la ambigüedad, la sutileza y las perspectivas indirectas u oblicuas. Sirvió de puente entre Flaubert y Proust, y fue uno de los grandes pioneros del análisis psicológico. Al mismo tiempo, cultivó la literatura fantástica y la tradición de los cuentos de fantasmas. Y marcó un rumbo para la literatura americana cuando mostró el modo en que un escritor del nuevo continente podía tomar elementos de las tradiciones literarias de Francia, Italia o Gran Bretaña."

Desde Burdeos, el autor de Un padre extranjero confirma (vía mail) una intuición que tuve en aquellas modestas odiseas en busca de dinero para los dueños de una pyme, mientras leía una y otra vez las sofisticadas frases jamesianas: "No hay páginas 'malas' en su vastísima obra".

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