Sol Pardo, la argentina que hace sombreros de acrílico y llegó a Vogue Italia

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. Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznares
La diseñadora argentina fue elegida como talento emergente por la revista; Utiliza recursos como maderas y tuercas para hacer modelos únicos a pedido y sueña con tener su taller-templo
Silvina Vitale
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13 de enero de 2018  

"Cuando usamos un sombrero nos sentimos diferentes; los sombreros te vuelven distinta", dice Sol Pardo de su accesorio favorito, que los hace originales con su diseño, a partir de nuevas materialidades y formas, poniendo en valor un oficio casi olvidado. Formada en Bellas Artes, sus sombreros se acercan más a objetos de arte, porque están íntimamente ligados con su historia. A los tres años pintó su primer cuadro, y a los cinco ya era parte del curso de Arte infantil de la Escuela de Bellas Artes de Quilmes que fundó su abuelo. Su fuerte es el uso de materiales, tales como madera, acrílico y hasta tuercas, con los que logra formas originales con hormas que ella misma diseña. Todo es artesanal, único, a medida y solo trabaja a pedido. Con solo tres años de trabajo, Pardo Hats llamó la atención fuera del país y el año pasado Vogue Italia la eligió entre los nuevos talentos para tener en cuenta y del 21 al 27 de febrero próximo será parte de los Vogue Talents que se presentan durante la semana de la moda de Milán.

-¿Estás instalada en Barcelona?

-Estoy viviendo en la casa de mis tíos, haciendo una beca que me otorgó el Fondo Nacional de las Artes. Esa beca era para estudiar donde quisiera y elegí hacer un posgrado en Dirección Creativa para Moda en la Escuela Superior de Imagen y Diseño (IDEP) de Barcelona. Elegí esa ciudad porque si bien no es la cuna del arte ni de la moda, es un punto estratégico en Europa en el que puedo tener una calidad de vida no tan lejos de la cultura argentina que amo; de alguna manera siento que estoy en casa.

-¿Puede ser sede para Pardo Hats?

-Sí, pienso quedarme, porque es un punto clave para llegar a todos lados con mis diseños. Junto con Curro Coronel, un sombrerero español muy famoso de Londres, vamos a abrir una sombrerería escondida en el barrio de Gracia de Barcelona.

-¿Por qué escondida?

-Queremos que nuestro taller sea un templo, que nuestros clientes comprendan la mística, la labor, la dedicación y la experiencia del proceso de creación de sus adquisiciones. La tienda se va a llamar La iglesia, sombrerería clandestina, y tiene que ver con que las personas que puedan acceder (solo con cita previa) tengan la sensación de estar en un lugar sagrado. La sombrerería va a estar situada en el corazón de The Factory, un nuevo espacio, un store de marcas relacionadas con los ideales de un mundo mejor y la abriremos en marzo próximo.

-¿Qué propone The Factory?

-El nombre hace honor a uno de los talleres de Andy Warhol, donde otros artistas y poetas colaboraban con su trabajo. Pretendemos que se convierta en un club de diseño, en el cual podamos recibir de manera contante el flujo de nuevos y talentosos diseñadores.

-¿Cómo fue el paso del arte al diseño de sombreros?

-A los 21 años, recién recibida en Vestuario en Espectáculos en la Universidad de Palermo me fui a Europa, porque mi abuelo también lo había hecho. Hice un curso de coolhunting en la escuela FD Moda de Barcelona, pero para mí la moda siempre había sido para chicas tontas y ahí empecé a entender que atrás de la moda estaba la primera carta de presentación de una persona a otra y me apasionó esa forma de comunicación que todos tenemos a través de la vestimenta. Volví y me anoté en la carrera de Diseño de Indumentaria en la UP. En el segundo cuatrimestre teníamos que hacer una gorra y presentarla en un desfile y elegí una modelo negra para llevarla, algo que llamó muchísimo la atención porque en ese momento los estudiantes elegían a chicas rubias y de ojos celestes.

-Una provocadora.

-En cierta forma sí, siempre quiero redoblar la apuesta, me gusta provocar. A mi profesora le encantó y la subió a sus redes. Cuando llegué a casa tenía un mensaje de una productora de Harper's Bazaar que necesitaba la gorra para una nota.

-Y llegaste a las revistas.

-Esa gorra finalmente no salió, pero a los tres meses esa productora me llamó porque necesitaba sombreros y no me dio para decirle que no era sombrerera. Fui a Once, compré capelinas y cosas de cotillón, los desarmé para ver cómo estaban hechos y los monté con telas carísimas, todo pegado con silicona y abrochado como podía y usaron todo. Me llegó un mail de Laura Noetinger, una de las sombrereras de Máxima Zorreguieta, porque quería conocerme. Le dije que era autodidacta y quería que ella me diera clases, ella hacía sombrerería tradicional, pero quería aprender técnicas para implementarlas con nuevos materiales y formas.

-Una sombrerería resignificada.

-Exacto. Entonces le dije a mi profesor de la UP, Gustavo Lento, que no quería hacer más indumentaria que quería dedicarme a los sombreros. La condición que me puso era que no podía usar los materiales clásicos de la sombrerería. Me dijo que tenía que olvidarme de los materiales y de las formas tradicionales y me puso un tutor de Diseño Industrial. Entonces investigué, separé las partes del sombrero, el ala de la copa, empecé a experimentar con madera, a ver cómo podía unirla con fieltro, comencé a usar acrílico y hasta tuercas, materiales que me identifican.

-Un laboratorio.

-Experimento todo el tiempo. El sombrero es un objeto 3D, que lo puedo manejar como una obra de arte y al mismo tiempo resignificar un oficio. Le sumé diseño, materialidades nuevas y tengo un proceso artístico. Sin quererlo volví a las artes. Puede ser objeto de arte y también puedo llevarlo a la tapa de una revista.

-¿Trabajás con hormas propias?

-Si quería mis propias formas necesitaba nuevas hormas, así que me contacté con Ezequiel Galasso, que es luthier y trabaja con la madera, para ver si me daba una mano. Esa fue la gran llave para que tuviera mis propias formas de sombreros.

-¿Tu propuesta está dentro del nuevo lujo de lo artesanal?

-Sí, cada sombrero es único, tengo diferentes colecciones y cada pieza está numerada, no hay una igual a la otra. Todo es manual y hago todo yo y soy incapaz de hacer dos veces la misma cosa. Trabajo con lista de espera, me manejo por mail o por Instagram, y para mí es muy importante el contacto personal, quiero que la gente que me compra un sombrero me conozca, sepa cuál es el concepto que hay detrás del producto y sea parte de su propio diseño. El resultado tiene que ser una colaboración entre el cliente y el diseñador, ese es el nuevo lujo.

-¿Cuál es ese concepto detrás de tu marca?

-Lo que más me gusta es tratar de provocar al otro para que piense de una manera distinta o invitarlo a reflexionar. Hacerle pensar a la gente que el canon de belleza no está puesto en la chica rubia y perfecta, que era lo mismo que pensaba cuando le puse la gorra a la chica de color, esa pequeña acción es la que vengo llevando desde chica por ser distinta, por ser disléxica, por ser la que leía mal, la chica un poco gordita, la que se desarrolló primero, eso que me llevó a defenderme; esto es lo que a ahora me lleva a defender a otros.

-El sombrero resulta un medio para expresarte.

-Creo que mi respuesta al mundo como artista y diseñadora es reflexiva. En mi próxima campaña, por ejemplo, pongo a un chico con vitiligo que sufre de bullying en el colegio. Mi mensaje es que la belleza está en todo. Yo quiero contar algo que haga al mundo un lugar un poco mejor. El sombrero hasta es una excusa para poder hablar de otras cosas.

Quien se pone un sombrero, sale a comerse el mundo
Sol Pardo

-¿Y en esta búsqueda te vinculaste con Greenpacha?

-Es una marca de sombreros californiana de dos chicas argentinas muy vinculadas con el surf, Flor Gómez Gerbi y Juli Gómez Gerbi, que empezaron a ayudar a una comunidad de mujeres de Ecuador a hacer sombreros panamá a un precio justo. Las llamé para conseguir materia prima para mis sombreros y desde entonces colaboramos. Ahora les hago el diseño de sus sombreros, soy una especie de directora creativa y estoy constantemente en contacto con ellas para luchar por un mundo mejor.

-Desde lo ecológico y social.

-Sí, porque hacer un sombrero lleva mucho trabajo, apuntamos a no ser fast fashion, a hacer un producto que no cambies de un día para otro. Cuando compras un Pardo Hats o un Greenpacha sabés que colaborás con estas artesanas de Ecuador.

-¿Qué efecto tiene un sombrero en quien lo lleva?

-El sombrero le da importancia a la cara, es una corona, un aura; las vírgenes tienen sus auras y sus mantos, los reyes tiene sus coronas, los indígenas tienen sus maneras de diferenciarse con adornos o pinturas en la cabeza o la cara. Y cuando te pones un sombrero -ya sea chino, fast fashion o de diseño- te sentís, inevitablemente, diferente. Es que tu personalidad está exacerbada. Es el gran accesorio que poca gente se anima a usar y que quien lo usa se distingue, por eso lo vemos mucho en celebrities, en estrellas de rock. Es para personas muy seguras, que no tienen ese miedo del qué van a decir, porque quien se pone un sombrero sale a comerse el mundo.

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