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Tomás O'Gorman, un pionero de la industrialización rural

Fuente: LA NACION - Crédito: Archivo/María Aramburu
Roberto Elissalde
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13 de enero de 2018  

"Don Tomás O'Gorman irlandés, residente en Buenos Aires con su mujer". De este modo comenzaba el extenso memorial que dirigió al Cabildo porteño el 28 de mayo de 1800, ofreciendo en beneficio de estas regiones para el "mayor adelantamiento de la agricultura de la misma, como del carruaje que había traído de la América del Norte, unas rejas de arado que promete ser de más avance en el beneficio de la tierra, así como una especie de batatas para el sustento de los habitantes de la campaña, y unas máquinas simples y de poco costo para hacer mantequilla de lo que hace oblación a este Cabildo como también lo hará de mil doscientos árboles de diferentes especies, y entre ellos el que se hace azúcar en dicha otra parte de América, todos los cuáles son de pronta fecundidad y un beneficio excelente, pero que por haber venido algo maltratados los tiene plantados en la campaña".

A los 40 años, este irlandés de Ennis, había desembarcado en Buenos Aires en 1798 llamado por su tío don Miguel O'Gorman, el reconocido médico que se había prodigado generosamente en el arte de curar. Casado con Ana Perichón de Vandeuil, su casa fue un centro de célebres tertulias a las que concurrían los importantes comerciantes como Casimiro Francisco de Necochea, Francisco del Sar y Manuel de Sarratea y Tomás Antonio Romero, convirtiéndose el anfitrión en un importador de distintos artículos desde la América del Norte.

Sumaba el ofrecimiento para el traslado de las mercaderías "presentar tres modelos de carruajes para todo el que quiera tomar sus modelos, siendo el primero un carro grande cuatro ruedas que puede llevar un enorme peso para toda exportación, sin ser necesario emplear la fuerza que para las carretas se acostumbra para darles su movimiento natural; el segundo, una carreta muy cómoda construida por el mismo estilo para usos más inferiores; el tercero, una especie de coche llamado diligencia para viajes y transportes de personas a la campaña, que puede llevar nueve a diez personas sin más fuerza que la de dos caballos, lo que tendrá a la vista para que este Cabildo haga practicar la experiencia y aprovecharse de esta idea".

Los alcaldes y funcionarios no pudieron menos que agradecer a O'Gorman tal ofrecimiento y resolvieron admitirlo, dándoselos a sujetos hábiles para que pudieran copiarlos a fin de que pudieran ser beneficiosos para la población, dejando que los árboles se aclimatasen para poder ser trasplantados.

No conforme con esto en la sesión del Cabildo del 13 de mayo de 1802 presentó otros proyectos que el cuerpo "consideró útiles para la industria y el comercio". Se trataban de unas máquinas norteamericanas para propulsar la fabricación de productos derivados de la leche.

Una semana después, los cabildantes sostienen que "son no solo interesantes, sino también verificables", encargando de su planificación al mismo O'Gorman, para que una vez llevados a cabo se le otorgara la carta de naturaleza, y premios "y por último se le conceda la gracia de introducción de negros" para que los empleara en dichos beneficios, y "aprovechándose estos de su industria, puedan comunicarla y se haga trascendente a los demás".

En las invasiones británicas colaboró con Beresford, lealtad que, apenas fue reconquistada la ciudad, lo obligó a buscar refugio en la nave del almirante sir Home R. Popham.

El nombre de Tomás O'Gorman ha pasado por las páginas de nuestra historia casi en silencio, apenas recordado por haber sido el marido de Ana Perichon, la famosa amante de Liniers, de la que por entonces se había separado. Sin duda fue un pionero de la industrialización rural.

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