Cómo se perdió la paz en 1982

En una memoria inédita, Bonifacio del Carril, cuenta los momentos salientes de su relación de asesor con el canciller Nicanor Costa Méndez durante el período marzo-junio de 1982. El autor, fallecido en 1994, relata cómo se fraguó el incidente de las Georgias con el fin de tomar las islas, y las posteriores acciones y tropiezos diplomáticos que condujeron al conflicto bélico.
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4 de abril de 1999  

CUANDO el doctor Nicanor Costa Méndez fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores, en respuesta a mi mensaje de saludo me llamó para invitarme a que fuese a verlo en su despacho el 23 de diciembre (1981). Me dijo que tenía mucho interés en contar con mi asesoramiento, especialmente en el caso del Beagle. Me dijo que iba a cambiar al embajador Moncayo que actuaba ante el Vaticano y me preguntó si tendría interés en participar en el asunto. Le contesté que podía contar conmigo, pero le dije que descartara mi nombre para cualquier cargo público. Me dijo entonces que había pensado nombrar embajador al doctor Eduardo Roca en lugar de Moncayo y me preguntó si tendría inconveniente en asesorarlo a él y al nuevo embajador que pudiese ocupar el cargo. Le contesté que no lo tendría.

A partir de entonces tuve algunas entrevistas con el doctor Costa Méndez, todas relativas al asunto Beagle, antes y después de mi entrevista con el nuncio apostólico (12 de marzo). En el curso de ellas me dijo que había pedido autorización al presidente para consultar el caso conmigo y que la Junta lo había autorizado a mostrarme la documentación que fuese necesaria.

El 22 de enero le entregué un memorandum con mi opinión sobre el problema Beagle. Sólo hablamos de las Malvinas vagamente. El 24 de enero apareció en La Prensa un artículo de Iglesias Rouco el cual revelaba que existía un plan para tomar las islas por la fuerza. Pensé, al principio, que se trataba de una información para crear clima. Por su parte, en algún momento de febrero, mientras estaban desarrollándose las conversaciones en Nueva York, el doctor Costa Méndez llegó a decirme que tal como iban las cosas podrían producirse novedades importantes en las Malvinas, pero no especificó nada más.

Al regreso de mis vacaciones, el 9 o 10 de marzo, volví a ver al doctor Costa Méndez para informarle acerca de la entrevista que había concertado con el nuncio para el 12. Tenía los mapas de los mares del sur desplegados en su despacho. En el momento de despedirnos me dijo: "Con todos los líos que tengo, ahora se viene el de los chatarreros". "¿Qué chatarreros?", le pregunté. "Unos que van a ir a las islas Georgias", me contestó. Y luego en voz baja agregó: "Dentro de un mes tomamos las Malvinas".

Yo lo consideré casi como una expresión de deseos. Pero en una entrevista posterior, después de que le leí el memorandum de mi entrevista con el nuncio, me mostró un gran cuaderno de mapas con la ubicación de las Georgias y su posición relativa con respecto a las Malvinas, y me explicó que éstas podían ser tomadas como consecuencia del incidente de las Georgias. Me preguntó mi opinión, y le contesté: "No me gustaría estar en tu pellejo".

No tengo anotadas todas las conversaciones. Pero el 29 o 30 de marzo, Costa Méndez me informó sobre los cursos de acción que se estaban estudiando frente a la intimación que el gobierno británico había hecho al gobierno argentino para que retirase a los chatarreros. Le dije entonces que, a mi juicio, si la decisión de aprovechar el incidente de los chatarreros para tomar las Malvinas era definitiva, lo más conveniente para la Argentina era dejar que los ingleses los sacaran por la fuerza. Pues lo importante era contar con un hecho de fuerza ejecutado por los ingleses como acto inicial y no con una simple amenaza. Le señalé, por otra parte, que la superioridad militar inglesa era abrumadora y que en el campo económico, Gran Bretaña podría ejercer fuerte acción contra la Argentina, porque, a pesar de la decadencia del imperio, Inglaterra seguía siendo uno de los centros financieros más importantes del mundo. Me dijo que era muy difícil que Inglaterra se decidiera a actuar militarmente por el elevado costo de la operación, que las Fuerzas Armadas tenían todos los planes previstos para neutralizar cualquier intento y que de todas maneras iba a disponer por lo menos de tres semanas antes de que los ingleses llegaran al lugar. Le dije que el asunto podría arreglarse siguiendo el ejemplo de España, que en 1770 expulsó a los ingleses de la isla Saunders, pero que luego restituyó las cosas al statu quo ante con la promesa británica de abandonar en forma definitiva las islas, como ocurrió efectivamente.

Me encontré entonces frente a un dilema espiritual muy serio. Por tradición familiar el problema de las Malvinas me preocupó desde muy joven. Desde 1948 lo estudié con alguna intensidad y en 1964 inicié, las publicaciones que sirvieron de base para la discusión en el Subcomité de las Naciones Unidas, y luego en el Comité de los Veinticuatro y en la Asamblea General cuando el doctor Zavala Ortiz me nombró jefe de la delegación argentina ante la ONU (1965). No cejé desde entonces en mi prédica para colaborar en la gestión destinada a obtener la devolución de las islas publicando diversos artículos en La Nación cuando me pareció necesario. Nada podía serme más grato que se hiciera algo útil dentro de ese propósito. Pero me di cuenta de que el acto de fuerza que se preparaba a ejecutar el gobierno iba a ser contraproducente. Y me di cuenta de algo peor: que cuando se hiciera el acto de fuerza se iba a producir en la población un golpe emocional favorable a las Fuerzas Armadas y que iba a ser muy difícil, en realidad negativo, pronunciarse contra la ocupación una vez producida. Por otra parte, el silencio mío que tanto había escrito sobre el tema, no me pareció una actitud adecuada. Decidí entonces escribir un artículo para dejar en claro mi posición antes de que el hecho se produjera, lo que me evitaría la necesidad de escribir después y me permitiría mantenerme en un silencio que no fuese acatamiento.

Costa Méndez no me había dicho, por supuesto, la fecha en que se iba a producir el bochinche, pero cuando le hablé del artículo llegó a decirme: "Avísame cuándo lo vas a publicar porque no te quiero dejar pagando". El artículo titulado Los ataques ingleses a la Argentina apareció en La Nación exactamente el 2 de abril de 1982. Se refiere a la situación existente en la víspera de la ocupación argentina. Desgraciadamente apareció con un error debido al apresuramiento con que fue escrito: cuando se refiere a la nota de lord Russell alude al primer descubrimiento en lugar de la primera ocupación. Por eso no lo he reproducido posteriormente. Además porque he repetido sus argumentos en otros trabajos. En cualquier caso, dejé establecida mi posición, clara en cuanto a los derechos argentinos, pero ajena al acto de fuerza, el día mismo en que se produjo la ocupación de las Malvinas.

Esa misma tarde partió Costa Méndez a Nueva York para asistir al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Antes de salir me llamó por teléfono y me preguntó si se me ocurría alguna idea útil. Le repetí que, a mi juicio, la única salida posible era seguir un procedimiento similar al utilizado en 1770 por España, o sea, retirarse de las islas para permitir una negociación. Costa Méndez me contestó: "Eso va ser muy difícil".

Producido el hecho de la ocupación, tuve desde un primer momento la completa seguridad de que nos encaminábamos hacia un fracaso y pensé que era inevitable la reacción armada por parte de Gran Bretaña y que lo único que podía detenerla era la intervención de los Estados Unidos, en la medida que los Estados Unidos tuviesen interés en hacerlo, porque todas las demás naciones del mundo, tanto las favorables como las contrarias a la Argentina, se iban a limitar a acomodarse dentro de la situación creada. La incógnita residía en saber hasta qué punto tendrían interés los Estados Unidos en evitar la agravación del conflicto.

El 3 de abril, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sancionó la Resolución 502 que fue catastrófica para la Argentina, no tanto por los términos en que fue redactada, sino desde el punto de vista político por el resultado adverso de la votación. El camino estaba abierto, sin embargo. Si la Argentina rápidamente hubiese acatado sus términos y procedido según el antecedente de 1770, habría conseguido una sensacional victoria diplomática borrando el efecto negativo del empleo de la fuerza. Pero se hizo todo lo contrario. Se dio rienda suelta a la euforia popular y se creó un clima injustificado de victoria que fue aumentándose a través de los días mediante la propaganda. Por su parte, los Estados Unidos demostraron un interés inusitado en arreglar el asunto.

Cualquier persona medianamente informada, empero, sabía o debía saber que los Estados Unidos están unidos con Inglaterra por vínculos infinitamente más estrechos que los que pudieron tener en abril de 1982 con la Argentina. Estados Unidos es el aliado número uno de Gran Bretaña y viceversa. Cuando en tal situación se lanzó, no obstante, a interponer sus buenos oficios era ingenuo y hasta tonto suponer que se iba a inclinar por la Argentina o por una solución intermedia, que pudiese perjudicar a Gran Bretaña. Pero esta situación de ninguna manera sugería la conveniencia de rechazar la intervención de los Estados Unidos. Muy por el contrario, la hacía doblemente importante y necesaria, siempre que no se perdiese el punto de vista inicial. Como la Argentina no podía tratar con Gran Bretaña directamente, lo hacía con su personero o representante: los Estados Unidos. Y los Estados Unidos hacían un gran favor a la Argentina actuando como personeros de Gran Bretaña porque ésta era la única manera posible de que hubiera negociación.

No se trata, pues, de pensar que los Estados Unidos podían favorecer a Gran Bretaña con su intervención. Cualquiera que fuera su propuesta o actitud, la Argentina estaba en situación de rechazarla, si la consideraba perjudicial para sus intereses, como en definitiva sucedió. Lo importante era buscar una fórmula de arreglo posible.

Tenía en mi archivo un documento realmente precioso dentro del propósito explicado. Hace varios años, en un momento dado de las negociaciones entre la Argentina y Gran Bretaña, frente al hecho repetido de que el gobierno inglés afirmaba, siempre enfáticamente, que Gran Bretaña no tenía dudas y nunca las tuvo acerca de su soberanía sobre la islas, y ante el hecho evidente de que, por su parte, la Argentina nunca las tuvo tampoco, redacté un memorandum estableciendo los puntos que podrían llevar a una solución del litigio. Dice así:

I. Soberanía

1. El gobierno de Su Majestad Británica declara que no tiene dudas y nunca tuvo dudas, acerca de su soberanía sobre las islas llamadas Falkland o Malvinas, las Georgias, Sandwych del Sur y mares adyacentes.

2. El gobierno de la República Argentina tiene títulos de dominio sobre las islas llamadas Falkland o Malvinas, las Georgias, Sandwych del Sur y mares adyacentes, superiores a cualquier título que pueda invocar Gran Bretaña. En consecuencia, no tiene dudas y nunca tuvo dudas acerca de su derecho de soberanía sobre dichas islas y mares adyacentes.

3. La cuestión de la soberanía no será puesta en discusión entre ambos gobiernos.

4. El gobierno de Su Majestad Británica ha adoptado las medidas necesarias para cumplir el compromiso asumido frente a la Organización de las Naciones Unidas de descolonizar las islas llamadas Falkland o Malvinas, las Georgias, y Sandwych del Sur (Resolución 1514). En consecuencia, el 1º de julio de 1985 pondrá fin al ejercicio de su soberanía sobre dichas islas.

5. Teniendo en cuenta que la República Argentina ha pedido reiteradamente que esas islas le sean entregadas, y lo ha pedido también a las Naciones Unidas, el día mencionado, 1º de julio de 1985, el gobierno de Su Majestad Británica entregará las islas llamadas Falkland o Malvinas, las islas Georgias y Sandwych del Sur a la República Argentina, permitiendo a partir de esa fecha el ejercicio pleno de la soberanía de la República Argentina sobre dichas islas.

6. Administración conjunta.

II. Habitantes

1. El gobierno de la República Argentina reconocerá y respetará la condición de los súbditos británicos, residentes en las islas, que deseen permanecer británicos, hayan nacido en ellas o no.

2. El gobierno de la República Argentina reconocerá la nacionalidad argentina de todos los habitantes de las islas, nacidos en ellas, que deseen invocarla, y otorgará la nacionalidad argentina a todos los habitantes de las islas, nacidos o no en ellas, que deseen adoptarla.

3. Los gobiernos de la República Argentina y de Su Majestad Británica otorgarán los beneficios de la doble nacionalidad argentina y británica a todos los habitantes de las islas, residentes en ellas, que deseen tener las dos nacionalidades.

Antes de la llegada de Haig a Buenos Aires, que se produjo el 9 de abril, entregué a Costa Méndez copia de este memorandum y le expliqué mi punto de vista. Era estéril y contraproducente, a mi juicio, entrar a discutir el problema de la soberanía porque ante la actitud irreductible de las partes, ello conduciría inevitablemente al fracaso de las negociaciones. Lo inteligente era evitar el obstáculo y lograr que las conversaciones se encaminasen hacia el fin conveniente a la Argentina. Colocar a Gran Bretaña frente a la necesidad de cumplir la obligación de descolonizar las islas que ella misma había asumido ante las Naciones Unidas, fijando un plazo al efecto, como lo he sostenido reiteradamente (Ver La Nación , 1º de diciembre de 1976). Costa Méndez dijo que el plazo debería vencer el 31 de diciembre de 1982. Me pareció demasiado corto, pero podía intentarse. Lo esencial, como le expliqué, era sacar el asunto del terreno pantanoso en que estaba metido. Recuerdo que cuando leyó el memorandum, que le entregué sin corregir, para que él mismo lo adaptara a las circunstancias actuales, le llamó la atención que estuviera ya prevista también la administración conjunta.

El domingo 11 de abril, Haig salió de regreso de Buenos Aires para Londres. Uno o dos días después me entrevisté con Costa Méndez y le pregunté cómo le había ido con Haig. Me contestó que las negociaciones eran muy duras, pero que lo único que había permitido avanzar algún paso habían sido las ideas de mi memorandum; que en el ministerio le habían dicho que no era conveniente presentarlas en la forma propuesta por mí, que les parecía peligroso transcribir la frase sobre la posición inglesa en materia de soberanía, pero que él le había explicado a Haig la totalidad de la idea, especialmente los orígenes del proceso de descolonización y la obligación asumida unilateralmente por Inglaterra ante la ONU de descolonizar las islas. Que Haig le había dicho que la idea era genial (después me dijo que Enders también era muy entusiasta de la solución). Pero mientras tanto, en todas las circunstancias, Costa Méndez repitió públicamente que no había arreglo posible si Gran Bretaña no reconocía la soberanía argentina. Era evidentemente contradictorio con mi propuesta, y un claro error en la manera de decirlo y enfatizarlo. Se discutieron, según me informó Costa Méndez, en términos generales, las posibilidades de la administración conjunta, la cuestión de las banderas, el retiro de las fuerzas, etc., pero todo se estrellaba contra la reiterada manifestación de la Argentina acerca de que la soberanía no era negociable. Yo le dije a Costa Méndez que, a mi juicio, la soberanía era negociable, porque sólo negociando las condiciones del acuerdo podría obtenerse su reconocimiento por parte de Gran Bretaña. La soberanía es irrenunciable, que es algo enteramente distinto. No debía ser renunciada durante la negociación, pero podía y debía ser negociada.

Evidentemente, Costa Méndez no sólo consultaba conmigo sino con otras personas que pensaban de distinta manera. Sentía además el enorme peso de la presión de las Fuerzas Armadas y de la opinión pública, desatada después del acto de la Plaza de Mayo, y de la adhesión de los jefes de los partidos políticos. Los estrategos de café dominaban la radio y la televisión. El 22 de abril se produjo sin embargo, la primera evidencia para mí de que la Junta Militar sabía que no podía ganar la guerra. En Comodoro Rivadavia, Galtieri admitió que, si era necesario, podía dejarse de lado la discusión sobre la soberanía.

Después del fracaso de la segunda visita de Haig (19 de abril) me pareció que debía hacer pública mi posición. Sin emitir juicio sobre lo sucedido el 2 de abril, porque podía ser perjudicial para los intereses sostenidos por el país, pero con la debida claridad, expuse las bases de una posible solución: 1) Retiro de las fuerzas tanto argentinas como británicas antes de que comenzaran las hostilidades; 2) Establecimiento de una administración conjunta con las banderas respectivas ( flag solution ); y 3) Postergación de la discusión sobre la soberanía, dejando que la cuestión fuese resuelta según los dispuesto por las resoluciones de las Naciones Unidas sobre descolonización. Todo esto lo expliqué en un artículo escrito el 21, aparecido en La Nación el viernes 23 de abril, titulado Hacia una forma de solución , que tuve tiempo de entregar a Costa Méndez antes de su partida para intervenir en el debate de la OEA.

La negociación con Haig quedó concluida cuando la Argentina decidió pedir la convocatoria de la OEA, cuya reunión preliminar se realizó el 20 de abril. Pero, era evidente, a esta altura de los acontecimientos, que antes de iniciar las hostilidades, Gran Bretaña había fijado un plazo perentorio para las negociaciones, que vencía el 30 de abril, y que había informado su decisión a los Estados Unidos. No sólo lo dio a entender Haig reiteradamente, sino también Reagan el 26 de abril. Los últimos días del mes se emplearon, no obstante, en la convocatoria y en el debate de la OEA (25 y 28 de abril). Sin perjuicio de ello, en una carta que lleva fecha 28 de abril, Costa Méndez expuso a Haig los motivos por los cuales el gobierno argentino no había aceptado la propuesta de arreglo formulada por los Estados Unidos, con lo que dejaba sin cerrar el camino de la negociación. Pero como el plazo vencía el 30 de abril, ese mismo día Estados Unidos declaró que prestaría su apoyo político y material incondicional a Gran Bretaña, sin perjuicio de seguir ofreciendo sus buenos oficios para arreglar el conflicto. El 1º de mayo, Gran Bretaña abrió las hostilidades en el archipiélago.

Mientras se desarrollaban estas negociaciones expresé reiteradamente a Costa Méndez que, a mi juicio, en la discusión sobre las palabras por emplearse para convenir el arreglo debían distinguirse las cuestiones que podían considerarse casus belli , motivo de guerra, de aquellas que eran secundarias, susceptibles de ser superadas o aclaradas. La lectura de la propuesta de los Estados Unidos y la respuesta argentina (carta del 29 de abril), publicadas ambas por La Nación el 7 de septiembre de 1982, permite aquilatar claramente esta distinción. En definitiva, las observaciones del gobierno argentino fueron dos: que no se decía nada sobre el problema de la soberanía y que se disminuía su participación en la administración provisoria de las islas. También objetó la alusión a un referendum de los pobladores (sondeo de opinión, dice la propuesta). En cuanto al primer punto, ya he expresado repetidamente mi opinión. Para llegar a un arreglo era conveniente y necesario omitir toda referencia a la soberanía, remitiéndose, en cambio, a las resoluciones de las Naciones Unidas, tal como lo hacía la propuesta. En cuanto a la cantidad de funcionarios que participarían en la administración de las islas se trataba de una cuestión secundaria, que, en cualquiera de las hipótesis, jugaba a favor nuestro: primero, porque antes del 2 de abril hubiera sido utópico pensar que Gran Bretaña habría de aceptar alguna participación argentina en el gobierno de las islas; segundo, porque dicha participación, sea cual fuere cuantitativamente, importaba un reconocimiento de hecho, pero irrevocable, por parte de Gran Bretaña de los derechos argentinos sobre las islas (en caso contrario, no tenía explicación); tercero, porque el reconocimiento así obtenido era un punto de partida inmejorable para el desarrollo ulterior de la negociación, ventaja perdida por el desenlace final que tuvo el conflicto. Lo del referendum pudo también haber sido aclarado.

En la nota de ruptura (30 de abril), Haig afirma que tenía razones para esperar que el Reino Unido consideraría un arreglo siguiendo las líneas de su propuesta, pero que la posición argentina seguía siendo que debía recibir previamente seguridades de un eventual reconocimiento de su soberanía o un inmediato papel de facto en el gobierno de las islas que condujera a la soberanía, o sea, en definitiva, lo que Costa Méndez había dicho en la carta del día 29.

La negociación no fue abandonada, a pesar de todo. El 26 de abril, el gobierno del Perú, que seguía atentamente los acontecimientos, había tomado contacto con el Departamento de Estado para buscar una solución. La propuesta fue finalmente formulada por el presidente Belaúnde Terry. Palabra más palabra menos, era la propuesta Haig corregida según las observaciones de Costa Méndez. Contemplaba el cese del fuego, el retiro mutuo de las tropas, la administración temporaria de las islas por terceras potencias, y un plazo fijo para el arreglo. Según el Sunday Times ( The Falkland War ), Haig hizo agregar tres cláusulas adicionales: una garantía con respecto a los "intereses" de los habitantes, el establecimiento de un grupo de países mutuamente aceptables para garantizar la ejecución del plan, y la deliberada omisión de cualquier discusión sobre la soberanía, o sea, mi propuesta inicial.

En la dramática noche del domingo 2 de mayo llegó a oírse por radio la voz del presidente Belaúnde anunciando que en pocas horas más el conflicto iba a quedar resuelto, pero horas después se conoció, en cambio, la noticia del hundimiento del crucero General Belgrano. El lunes 3 de mayo entrevisté a Costa Méndez, que me dio a conocer el texto de la propuesta Belaúnde. Eran prácticamente las ideas que habíamos estado analizando desde el primer día, durante las conversaciones con Haig. La palabra deseos (wishes) de los habitantes podía ser fácilmente cambiada por aspiraciones , como ya lo tenía anotado el propio Costa Méndez. Insistí con el mayor empeño ante Costa Méndez para que hiciera lo posible a fin de que la propuesta fuese aceptada. Me dijo que la oposición era muy grande, especialmente por parte de la Marina, después del hundimiento del Belgrano. Le dije que la oportunidad podía no volver a presentarse y que todo dependía de la forma y el tiempo con que fuese anunciada. Estaba muy preocupado por la opinión de la calle. Quedó en hacer lo posible. Me dijo que Belaúnde era un pavo real y que en todo caso reanudaría las negociaciones por intermedio de algún otro país, Venezuela, por ejemplo. El 4 de mayo se produjo el hundimiento del Sheffield. Siempre he tenido la sensación de que este segundo episodio tuvo más influencia que el primero en la decisión final de rechazar la propuesta Belaúnde. Un triunfalismo injustificado se desarrolló desgraciadamente en la Argentina. Cada vez que se anunciaba que se había hundido un barco enemigo, renacía la intransigencia, sin tener en cuenta los barcos que no se hundían y los que Inglaterra podía poner en su reemplazo.

Rechazada la propuesta Belaúnde, la acción diplomática quedó concentrada en las Naciones Unidas. Las alternativas de las gestiones del secretario Pérez de Cuellar son bien conocidas. Todo se estrelló frente a la evidencia de que, vencido el plazo del mes de abril, Gran Bretaña había iniciado las hostilidades el 1º de mayo y no quería hacerlas cesar. El gobierno inglés lo dijo en todos los tonos: seguiremos las negociaciones diplomáticas, pero sin abandonar en momento alguno las operaciones militares. La intransigencia británica crecía a medida que se afirmaba su seguridad en el triunfo. El 17 de mayo, el gobierno de Gran Bretaña formuló la última propuesta de arreglo por medio del secretario general de las Naciones Unidas (El texto fue publicado en la revista Gente del 15 de julio de 1982). El viernes 21 partió Costa Méndez a los Estados Unidos para asistir a la reunión del Consejo de Seguridad, llevando una contrapropuesta. Antes de salir pude hacerle llegar los primeros ejemplares de mi libro titulado La cuestión de las Malvinas. El representante de Panamá leyó en pleno Consejo las páginas pertinentes del libro en la defensa que hizo de la posición argentina. Siempre el viernes 21, antes de salir, Costa Méndez me preguntó lo que pensaba del texto de la contrapropuesta que iba a presentar. Me pareció inaceptable para Gran Bretaña. A su pedido redacté un memorandum con las observaciones más importantes, pero Gran Bretaña ya no quería escuchar contrapropuestas. Ese mismo día, Pérez de Cuéllar declaró que las negociaciones habían fracasado. Todo quedó en claro después. El viernes 21 de mayo se había producido el desembarco en San Carlos. Costa Méndez me transmitió la información militar que había recibido según la cual había buenas noticias: habíamos hundido varios barcos ingleses. Claro está que no le dijeron nada sobre los miles de soldados ingleses que habían desembarcado.

El 26 de mayo el Consejo de Seguridad sancionó la Resolución 505 encomendando al secretario general que continuara las gestiones de paz. Pero cuando se llegó a formular una propuesta para el cese del fuego, Gran Bretaña anunció que vetaría cualquier resolución que se dictara al respecto. Anticipándome a los hechos, el 31 de mayo publiqué en La Nación un artículo sobre La inmoralidad del veto en las Naciones Unidas , en el que de paso puntualicé la falacia con que Gran Bretaña invocaba el derecho de defensa propia supuestamente fundado en el artículo 51º de la Carta, que sólo lo autoriza en forma restringida y temporaria "hasta la reunión del Consejo de Seguridad" . Este trabajo fue incluido en la segunda y en la tercera edición de mi libro (7 y 16 de junio). Cumpliendo lo anticipado, el 4 de junio, Gran Bretaña vetó la resolución del Consejo de Seguridad que dispuso el cese del fuego, acompañada por el célebre veto arrepentido de los Estados Unidos.

Después de la rendición, entre el 3 y el 24 de septiembre publiqué seis artículos en La Nación que reuní en el libro titulado El futuro de las Malvinas .

Un testigo

BONIFACIO DEL CARRIL nació el 14 de abril de 1911.

Cursó sus estudios primarios en la Escuela Nicolás Rodríguez Peña y en el Colegio Champagnat, y los secundarios en el mismo Champagnat y en el Colegio Nacional de Buenos Aires. A los veinte años se graduó de abogado.

Fue profesor de Historia de América y de Derecho Usual y Práctica Forense.

En 1940 se casó con María Angela Séré, con quien tuvo seis hijos.

Formó su estudio de abogado sucesivamente con los doctores Jaime Perriaux, Nicanor Costa Méndez y finalmente con Carlos Valiente Noailles. En ese ámbito asesoró a importantes personalidades y empresas.

También desempeñó diversas funciones y cargos públicos y políticos. En 1944 fue designado subsecretario del Ministerio del Interior. En mayo de 1962 fue designado por el presidente José María Guido ministro de Relaciones Exteriores y Culto. Tres años después fue nombrado por el gobierno del presidente Arturo Illia embajador extraordinario y jefe de la delegación argentina ante las Naciones Unidas en el debate sobre las islas Malvinas.

En el orden cultural, en 1960 fue miembro de la Academia Nacional de la Historia y cinco años más tarde, también formó parte de la de Bellas Artes, que presidió durante nueve años consecutivos a partir de 1973.

En 1932 publicó su primer artículo en La Nación , donde fue colaborador asiduo desde 1954. Es autor de más de sesenta libros y folletos sobre cuestiones jurídicas y constitucionales, política, historia, literatura, arte e iconografía argentina.

Falleció el 23 de diciembre de 1994, a los ochenta y tres años.

Del Carril pensaba que Costa Méndez lo sobreviviría, pero como el ex canciller murió antes que él, no quiso publicar en vida la presente memoria. Ahora, su hijo, Bonifacio P., rescató ese valioso material.

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