El argentino que busca crear un páncreas artificial

Sánchez Pe?a es investigador principal del Conicet en el ITBA y se propuso encontrar una solución para quienes padecen diabetes.
Sánchez Pe?a es investigador principal del Conicet en el ITBA y se propuso encontrar una solución para quienes padecen diabetes. Fuente: Brando - Crédito: Ignacio Sánchez
Desde 2009, el ingeniero Ricardo Sánchez Peña utiliza sus conocimientos de matemática aplicada para desarrollar un páncreas artificial que les haga la vida más amable a quienes padecen del peor tipo de diabetes.
Cecilia Acuña
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15 de enero de 2018  • 00:00

En nuestro país hay alrededor de tres millones de diabéticos. El 10% de ellos padecen la diabetes de tipo 1 que, si bien es la menos frecuente, se trata de la más grave porque la enfermedad los afecta de tal manera que se convierten en pacientes insulinodependientes. Es decir, deben inyectarse insulina varias veces por día debido a que su páncreas no funciona. En 2009, después de haber trabajado en el área espacial y en la matemática aplicada durante 16 años, el doctor ingeniero Ricardo Sánchez Peña, investigador principal del Conicet en el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA), se propuso aplicar sus conocimientos de ingeniería y de matemática a la resolución de este problema médico.

Su premisa es el desarrollo de un páncreas artificial que les haga la vida más amable a quienes padecen de la peor clase de diabetes. "Lo de la diabetes tipo 1 es un problema de control automático. El páncreas tiene un sistema de control natural que, en este caso, no funciona y no produce insulina, por lo tanto, hay que reemplazar esta función con un sistema de control artificial. Esto es lo que venimos desarrollando desde 2010", cuenta Sánchez Peña, director del proyecto.

El desarrollo en concreto es un algoritmo que maneja la bomba de infusión de insulina en este tipo de pacientes a partir de la medición automática de glucosa en sangre o la Automatic Regulation of Glucose (ARG). El proyecto pudo avanzar a pasos agigantados gracias a la utilización de un simulador ubicado en Estados Unidos que, al estar aprobado por la FDA (Administrador de alimentos y medicamentos), permite saltarse los años de prueba en animales y pasar directamente a los estudios clínicos. En junio de 2017, se realizaron las primeras pruebas en cinco pacientes argentinos que, como resultado de la utilización del páncreas artificial, pudieron mantener los niveles de glucosa dentro de un rango aceptable durante las 36 horas de evaluación controlada.

"El eje del proyecto es un algoritmo de control que va alojado en una computadora y que conecta dos elementos: la bomba de insulina y el monitor de glucosa", explica Sánchez Peña. En concreto, se trata de dos parches que se colocan sobre el abdomen del paciente. Cada uno tiene una pequeña aguja subcutánea: la que mide el nivel de glucosa y la que conecta con el páncreas para inyectar la insulina necesaria. Estas dos tecnologías ya existen, lo novedoso del páncreas artificial es que permite conectar estos dos elementos a través del bluetooth con una computadora que, en este caso, es el celular. En la aplicación que se instala en el teléfono se encuentra el algoritmo de control, que es muchísimo más exacto que las continuas cuentas mentales que hacen hoy los pacientes para inyectarse insulina que dejan un peligroso margen de error. Además, la idea es desarrollar un algoritmo personalizado que pueda evaluar otros indicadores para obtener un resultado exacto que cada cinco minutos mide el nivel de glucosa en sangre y decide en tiempo real cuánta insulina debe inyectar.

De esta manera, el paciente puede desentenderse de la enfermedad y lograr una autonomía completa. El páncreas artificial ya fue presentado en sociedad, aunque todavía le queda un largo camino para convertirse en una tecnología accesible. "No solo debemos trabajar para mejorar el algoritmo, sino hacer las pruebas necesarias para que la ANMAT lo apruebe. Debemos realizar las evaluaciones clínicas en cerca de 50 pacientes", señala Sánchez Peña.

El proyecto es dirigido por Sánchez Peña del ITBA en colaboración con las Universidades Nacionales de Quilmes y de La Plata, con investigadores médicos del Hospital Italiano y un asesor médico de la Universidad de Virginia, junto con el financiamiento de la Fundación Nuria de Argentina y Cellex de España, y la donación de las bombas del laboratorio Roche.

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