Las adaptaciones que aún no llegaron

Sus últimos libros, como la trilogía Valis (1981), contienen ideas demasiado complejas
Hernán Ferreirós
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13 de enero de 2018  

A pesar de que tras Sentencia previa (2002), Philip K. Dick se volvió una propiedad codiciada en Hollywood, a la fecha, pocos de sus títulos más significativos fueron invocados por el cine. Solo vemos versiones y reversiones de las mismas cuatro o cinco historias ya probadas. Esto quizá se deba a que el mundo alcanzó la demencial inventiva del escritor y se volvió sorprendentemente dickiano. El hecho de que Trump sea presidente de los Estados Unidos e invente sobre la marcha una realidad paralela para sus seguidores (los "hechos alternativos") apoyado en la difusión de falsedades que se convierten en verdades cuando miles las creen y replican (lo que hemos dado en llamar "posverdad") es algo salido directamente de un relato del autor de Una mirada a la oscuridad. Dick es tan actual que dejó de ser original.

Su apropiación productiva de la paranoia (PDK leyó "Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente" de Freud -el caso del juez convencido de que existía una conspiración para convertirlo en mujer impulsada por Dios- y decidió que mostraba cómo las instituciones intentaban silenciar a un hombre que sabía la verdad) y también su pregunta acerca de qué es la realidad y dónde demonios está son hoy cosa de todos los días. Así, sus novelas sobre la disolución de lo que tomamos por real como Tiempo desarticulado (1959), sobre un hombre que vive en el pueblo de su infancia que en verdad es una escenografía solo para él ( The Truman show es un plagio), o Ubik (1966), en la que el presente de los personajes empieza inexplicablemente a transformarse en pasado, han perdido su novedad y su poder evocativo porque, por su propia influencia, ya nos cruzamos con sus ideas en otros lugares.

El período final de su obra acaso no haya sido adaptado a la pantalla no porque sus ideas se volvieran demasiado familiares sino, al contrario, porque se mantienen obstinadamente opacas. A su habitual paranoia, a su sospecha de lo real como apariencia malintencionada, se suma el delirio místico generado por un vigoroso consumo de anfetaminas. En Los tres estigmas de Palmer Eldrich (1965), la vida solo es soportable gracias a la droga Can D, la más popular entre los colonos de Marte, hasta que Palmer Eldrich regresa de Próxima Centuri con Chew Z, que encierra algo más grande. La trilogía Valis (1981), también editada aquí como Sivainvi, es otra fantasía gnóstica que sigue a un esquizofrénico llamado Amacaballo Fat, quien está escribiendo la novela que leemos, al tiempo que recibe información directamente desde Dios. Está claro que es difícil imaginar a Ryan Reynolds en ese rol.

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