El premio que inventó Borges

Pedro B. Rey
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13 de enero de 2018  

Que a Borges le tenía inquina Artur Lundkvist, el especialista en literatura latinoamericana del Comité Nobel, y que, a partir de los años setenta, eso le vedó el acceso al premio sueco era algo conocido. La información -según se supo recientemente por la ventilación de viejos documentos- de que antes, en 1967, estuvo más cerca que nunca de llevárselo y no se le otorgó porque se lo consideraba demasiado literario suena disparatada, pero coincide con las entrelíneas con que se maneja el galardón: todo dependía y sigue dependiendo de cómo se definan las "contribuciones notables a la humanidad".

La literatura de Borges, en todo caso, les debía resultar a los moralistas suecos demasiado europea y juguetona. El guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899-1974), que se llevó el premio ese año sin desmerecerlo, tenía en cambio el physique du r ôle exótico perfecto: sus libros exploraban el imaginario indígena de su pueblo con una lengua entre antropológica y surrealista, e incluso, gracias a El señor presidente, novela de dictadores por antonomasia, se lo podía tomar por precursor del boom que justo ese año empezaba su ascenso incontenible con la publicación de Cien años de soledad.

Lo curioso es que no fue la única vez que Asturias y Borges cruzaron sus caminos. El escritor centroamericano, que había sido despojado de su ciudadanía en 1951 tras la caída del gobierno de Jacobo Arbenz, vivió ocho años en la Argentina y estuvo lejos de pasar inadvertido. En Borges, los diarios en que Adolfo Bioy Casares consigna las conversaciones con su amigo, aparece nombrado en tres entradas. A nuestro crédito local, como era de prever, no le caía simpático el comunismo del guatemalteco. Sin ninguna delicadeza, lo califica, entre otras cosas, de "farabute" y "animal". Hay una anécdota, sin embargo, en que Asturias es invocado al pasar, que tiene gracia por sus ironías. A comienzos de 1967, Borges le cuenta a Bioy que recibió la visita de unos intelectuales mexicanos. Cansados de la poca importancia que Estocolmo les daba a los autores de la región planeaban un premio más importante que el Nobel, solo para latinoamericanos. Nuestro poeta les comentó que nunca sería más importante que el Nobel si no lo abrían a todos los escritores del mundo. Y aconsejó, siempre rápido y filoso, que "para enseñarles a los suecos, premiaran durante los primeros tres o cuatro años a escritores suecos".

El proyecto de los mexicanos no prosperó, pero años después otra insinuación daría lugar a una recompensa como no hay dos. En 1984, invitado a Sicilia por la elegante editorial Novecento, Borges jugó con la idea de un premio en que al ganador le correspondiera elegir al próximo laureado. La idea les gustó tanto a los editores que en 1986, y cada dos años, comenzaron a conceder uno: lo llamaron La Rosa d'Oro. Las razones diferían, con agudeza, de las de Nobel. Se entregaría a una personalidad viva "que haya contribuido con su obra literaria, musical o figurativa a aumentar el patrimonio de conocimiento, sabiduría y belleza de la humanidad". Borges, por supuesto, fue elegido ad hoc.

Ya muy enfermo, el escritor no pudo ir a recibirlo, pero sí designó a su sucesor. ¿Quién? Nada menos que Henri Cartier-Bresson. "Borges me dijo: ?Lo elijo a usted porque usted ve y yo ya no veo'. Yo le aclaré que no me gustaban las ceremonias. Pero Borges murió antes de que fuéramos a Palermo, que era donde se entregaba el premio. Él se había criado en Palermo, en la Argentina, y yo había sido concebido en Palermo, en Sicilia. Antes de morir, le dijo a María [Kodama] que ella sería la encargada de dármelo en su lugar. ¡Y la ceremonia tuvo lugar en el mismo hotel en que yo había sido concebido durante la luna de miel de mis padres! En la vida todas son coincidencias".

El premio no puede dejar de recordarme las conspiraciones fabulosas de cuentos como "Tlön, Uqbar, Orbius Tertius" o "El congreso". Las inquisiciones por la red, que se suponen inmediatas, apenas dan resultados. Hubo que dedicarle un buen rato a reconstruir la serie de confabulados a los que une esa misteriosa rosa de oro: Borges eligió a Cartier-Bresson; este al editor Giulio Einaudi, Einaudi al músico y compositor Pierre Boulez, Boulez a Peter Stein, el regista alemán a I.M. Pei, el arquitecto que concibió la pirámide de vidrio del Louvre a Eduardo Chillida, el escultor vasco al modisto Ives Saint-Laurent, que a su turno optó por el gran David Hockney, que a su vez seleccionó al polifacético Robert Wilson. La lista llega hasta fines de la década pasada. Ahí se pierde el rastro. ¿Seguirá existiendo ese premio a contracorriente? ¿O, a diferencia del Nobel, habrá alcanzado la perfección de que se lo siga otorgando en el más absoluto secreto?

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