Murió el poeta y pintor Hugo Padeletti

El artista santafesino desarrolló una de las obras poéticas más sólidas de la literatura argentina y algunos de sus trabajos fueron acompañados por su obra gráfica
12 de enero de 2018  • 22:46

Pocos días antes de cumplir 90 años, falleció esta tarde el poeta y pintor Hugo Padeletti. Había nacido en la localidad de Alcorta el 15 de enero de 1928. Los años vividos en ese ambiente rural impregnaron luego sus poemas, atentos al transcurso de las estaciones del año, la naturaleza y "la pasión delicada aunque firme de lo real", como escribió Juan José Saer. Padeletti publicó su primer libro de poesía a los treinta años y a partir de entonces desarrolló una de las obras poéticas más sólidas, sabias y bellas de la literatura argentina. La creación plástica creció a la par y en varios de sus libros, como La atención (1999), los textos aparecían acompañados por obra gráfica.

A inicios de la década de 1960, viajó a Berna, becado por la provincia de Santa Fe, para estudiar la obra de Paul Klee; en 1962 fue nombrado director del Museo de Bellas Artes "Rosa Galisteo de Rodríguez", situado en la ciudad capital de su provincia natal. Padeletti expuso su obra plástica en varias galerías de Rosario y de Buenos Aires. Nunca dejó de pintar.

Radicado desde 1984 en la ciudad de Buenos Aires, en 1989 publicó Poemas 1960-1980, por el que obtuvo el premio Boris Vian. En 1990, dio a conocer Parlamentos del viento (1990), al que siguió Apuntamientos en el Ashram (1991), donde su escritura alcanzó una suerte de estatura moral que ya no lo abandonaría. Aspectos de distintas religiones orientales y occidentales, como la culpa, el perdón y la gracia, ganaron la superficie de los textos.

Por Canción de viejo, de 2003, mereció el Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes. En 2004 obtuvo el Premio Konex de Platino y en 2005, la Beca Guggenheim. En 2014, El Cuenco de Plata editó Osaturas, y en 2015 reeditó, con correcciones del autor, Guirnaldas para un luto. Fue autor de un libro de ensayos, hoy inhallable, titulado Textos ocasionales, sobre plástica y poesía, en el que dejó registrado su pensamiento sobre el arte lírico y el arte pictórico.

Desde el año pasado, Padeletti revisaba los materiales para dar a luz, a mediados de 2018, su obra poética completa en el sello Adriana Hidalgo. El refinamiento formal, unido a un registro contemplativo de la naturaleza, le permitía capturar los detalles como si fueran semillas de sentido que conjugaban una experiencia del tiempo personal y mística. El poeta santafesino tuvo un gran interés por la cultura oriental: mantuvo hasta el final sus lecturas del Tao Te King y del budismo zen, junto con la práctica del yoga ("sentado", como bromeaba en los últimos años, debido a problemas de salud a los que siempre trató con una distancia humorística).

Leía y escribía en su departamento del barrio de Montserrat y, en especial, rehacía versiones de sus poemas, muchos de ellos dedicados a amigos. En 2007 Jorge Monteleone, uno de los críticos que mejor conoce su obra, preparó una antología que reúne los poemas escritos por Padeletti entre 1944 y 1980, a la que llamó El Andariego. Al final de la introducción, el crítico ensayaba una hipótesis sobre la escritura de Padeletti, a la que definía como una forma estética del vacío. "Aparece en el poema como pensamiento no pensado, desistimiento del yo, voz que nombra el otro lado de los objetos, contemplación pura", escribió Monteleone.

El poeta andariego (y pintor y filósofo) sigue su viaje, mientras los lectores retomamos la huella de una poesía que se abre a la eternidad del presente.

Un poema de Hugo Padeletti

YA NO VOY A OCUPARME

de la flor del ciruelo, de la lluvia que cae en el jardín, de las hojas de jade que palpitan en el agua de jade. Me quedo con la impávida ventura de la taza de té, con la fresca humedad de la camelia dibujada. Ayer es un ciruelo lancinante, una lluvia que cala el corazón, un deslumbramiento de jade que fluye, irreparable, por el río de jade. Me vuelvo hacia las formas impasibles de las flores antiguas del papel, al amor temperado del laúd, a la rama de incienso de los clásicos.

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