Nicolás Donnelly: "De Calcuta llegué con ganas de ayudar cerca de casa y me metí en la villa 31"

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15 de enero de 2018  

Donnelly (derecha), en un camión, junto a otros voluntarios y hermanas de la Caridad
Donnelly (derecha), en un camión, junto a otros voluntarios y hermanas de la Caridad

"No tengo que irme a Calcuta para ayudar, puedo hacerlo en mi barrio", concluyó Nicolás Donnelly después de haber pasado dos meses en ese destino. Así fue como cuando volvió a su casa de Recoleta, decidió involucrarse con la realidad de los jóvenes en la villa 31 de Retiro y fundar la organización Luz de Esperanza.

De chico siempre fue a misionar y en uno de esos encuentros conoció a un chico que había ido a Calcuta. "Con un amigo dijimos que cuando termináramos la carrera, íbamos a ir. A los 23 años me recibí de Ingeniero Industrial en la Universidad Austral, estaba trabajando en AVON y mi amigo me recordó sobre aquella promesa. Renuncié y nos fuimos", dice este joven que hoy tiene 30 años.

Era 2012. Fueron a otros destinos pero el plato fuerte fueron los dos meses que pasó como voluntario con las Hermanas de la Caridad, en Calcuta. "Parece una película, es una ciudad que está clavada en el tiempo. Lo loco es que como la separación de castas es un tema religioso y creen en la reencarnación, para ellos lo que están viviendo tiene un sentido, está todo aceptado y no tienen remordimiento. Las clases bajas aceptan ese destino. Y esto hace que tengan una alegría innata que es muy fuerte. Eso me pegó mucho. Porque acá en la Argentina la brecha está muy marcada y se alimenta constantemente el resentimiento", cuenta Donnelly.

Si bien estaba preparado para la pobreza que se encontró, nunca pensó que iba a tener que acompañar a enfermos terminales o cambiarle los pañales a adultos mayores. Por la mañana acompañaba a un chico con retraso madurativo, al que le daba clases y soporte. Y por las tardes iba a Kalighat, el hogar de enfermos terminales.

"Esa fue una experiencia que me marcó mucho porque acompañé durante unas semanas a una persona que finalmente terminó muriendo. Fue muy fuerte. Fui mucho al encuentro de las personas y eso fue muy lindo. Todo esto muy acompañado por la espiritualidad de las Hermanas de la Caridad que fue el sustento para poder llevarlo adelante, que le dio el contexto y el sentido", agrega Donnelly, que vivía en un hostel a 15 cuadras de la casa madre de las hermanas.

A la mañana participaba de una misa con las monjas, desayunaba con ellas y después se ponía a trabajar. "Las monjas le dan para adelante y vos te sumás. Tienen muy en claro que el foco está puesto en el beneficiario y no en los voluntarios", recuerda Donnelly.

Fueron dos meses muy movilizantes. Como también lo fue volver, sin trabajo. "Realmente esa experiencia me marcó muy fuerte. Y volví con el bichito adentro. Fue volver con una sensación rara, con todo esto vivido y por suerte no tuve que salir corriendo a buscar trabajo y tomarme el tiempo necesario para que todo decante", cuentra este joven que conocía algunas curas que lo ayudaron a entrar en la villa 31.

"Vengan y vean"

Eduardo Drabble era el cura villero que tenía pie en ese territorio. "Con un amigo fuimos con una idea de cómo ayudar y él nos dijo: "acá llueven ideas. Está bueno que vengan y vean". Entonces yo empecé a ir dos o tres veces por semana al patio a charlar, a tomar mate y a conocer a 40 chicos y chicas, de entre 15 y 50 años, con problemas de consumo. Todos habían tocado fondo y estaban tratando de salir".

Así conoció historias muy fuertes. De chicos que llegaban de diferentes maneras al Hogar de Cristo en donde les daban ropa, comida y un lugar para dormir. "Lo que más me impactó, fue encontrar que muchos tenían mi edad y compartíamos intereses comunes como el fútbol o la música. Esas eran personas que yo me cruzaba por la calle o en la cancha de River. Fue muy lindo eso. Fuimos armando un vínculo de amistad, y empezamos a derrumbar esa pared que nos separaba: empecé a entender la historia del otro lado, su visión de las cosas, a entender sus prejuicios, y fue lindo que ellos también descubrieran que había personas "de este lado de la vía" interesados en ellos".

El problema que tenía el cura en ese momento, era que los chicos que volvían después de estar tres meses internados en una granja en General Rodríguez, no tenían nada productivo para hacer.

"Entonces empezamos a pensar en qué emprendimiento podíamos armar con los chicos: arrancamos con bandejas de cuero, después seguimos con ostias y finalmente nos decidimos por velas. Apareció una persona de Galindez Catering, Felicitas, y esa fue la bisagra. Se enamoró del proyecto y nos puso en contacto con el mundo de la ambientación, y como rubro, nos apadrinaron. Empezamos a hacer las velas que ellos necesitaban y ahí se nos abrieron muchísimas puertas. Un fotógrafo de casamiento nos hizo las fotos y los videos", recuerda Donnelly.

Así surgió Luz de Esperanza, una herramienta a disposición del Hogar de Cristo, de la que participan alrededor de 30 chicos, que van rotando. Hoy tienen un predio en el puerto y están en plano crecimiento. "Nuestro limitantes es la producción, no la venta. Nosotros ofrecemos un producto igual al del mercado, al mismo tiempo y con este diferencial. La gente no lo duda. Yo esto lo hago con cinco amigos de toda la vida y eso muy lindo hacerlo con ellos. Y lo que nos pasa es que queremos empezar a solucionar cosas y hacer todo más eficiente. Imaginate que yo soy ingeniero. Y en esa lógica, lo más natural sería echar a todos los chicos y poner operarios para las máquinas. Pero perderíamos completamente el objetivo de lo que queremos hacer. Y ahí volvemos a entender que el centro son los pibes", agrega Donnelly.

Donnelly está convencido de que si no se hubiera ido a Calcuta, hoy no estaría haciendo lo que hace. "Creo que los viajes así te descolocan y te hacen ver las cosas desde otra perspectiva. Los chicos del hogar me hacen acordar a los enfermos terminales en Calcuta porque son los más marginados de la sociedad. Hoy con algunos juego al fútbol y otros conocen a toda mi familia".

En relación a la mejor forma de involucrarse con el otro, Donnelly reflexiona: "Con la ayuda, muchas veces me salía instintivamente ir a ayudar con algo. Y después me di cuenta de que primero hay que ir al encuentro del otro, conocerlo, ver cuáles son sus necesidades y recién ahí ver cómo podés ayudarlo. Y en general hay soluciones impuestas que muchas veces generan más daño".

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