Cruce Tandilia, la primera carrera padre-hijo: la experiencia de Daniel y Vito Campomenosi

Vito y Daniel en plena etapa 1 del Cruce Tandilia 2018
Vito y Daniel en plena etapa 1 del Cruce Tandilia 2018 Crédito: Cristian Schualle
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19 de enero de 2018  • 00:37

El dicho dice que en esta vida para morir plenos debemos "tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro" y yo le agregaría un ítem más para los corredores: "correr con tu hijo".

Corro desde hace 20 años ya y lo que sentí en este Cruce Tandilia no lo sentí nunca en mi vida. Desde el momento en el que decidimos hacerlo, por sugerencia de Charly Centineo, uno de los cerebros de esta carrera que nació en 2011, todo cambió. En verdad, no estaba seguro de correrlo. Cansancio quizás, después de la sexta temporada de Buenos Aires en Carrera, donde ya había dado el sí en 35 carreras, mezcladas entre calle y trail, pero ininterrumpidamente, mi cuerpo decía basta. Año duro en lo personal y con mucho trabajo en lo actoral, esta posibilidad me catapultoó hacia la indecible, hacia lo desconocido. Tenía la posibilidad de correr por primera vez una carrera de trail, con Vito mi hijo de 13 años, a quien el bichito del running ya le había picado corriendo algunas carreras como la Disney o Cartoon netword o incluso el Mini Cruce Tandilia hace unos años atrás. El estaba entusiasmado ante esta posibilidad. Correr juntos, a la par, yo con mis 51 años y el con sus 13. Respetando nuestros tiempos, acompañándonos, haciendo un equipo. Así, entre risas surgió nuestro nombre. Èramos "Dani de Vito Team" e íbamos por los 21k por las sierras tandilenses, el lugar donde nací, donde viven sus abuelos, sus tíos, sus primos paternos. Todo estaba a nuestro favor o al menos eso parecía. Nunca antes Vito había corrido 21k en dos días. Lo suyo es la velocidad, entrena representando a River en 80 metros, 80 metros con vallas y en posta 5 por 80. Todo un desafío. Un desafío en todo sentido porque un preadolescente es un desafío en si mismo y con un padre a su lado mucho más.

Entrenamos en nuestro barrio, ya con la mochila puesta y muy conscientes de lo que podía pasar. Si no terminamos bien el primer día, no corremos el segundo y será una gran experiencia igual, le decía yo. El asentía, pero con su mirada me estaba diciendo que lo iba a dejar todo por conseguirlo.

El primer día corrimos muy bien, largamos a paso firme, tranquilos. Yo, por qué no reconocerlo, muy atento para, a cada paso, saber cómo estaba él. Pero a medida que pasaban los kilómetros, se lo notaba firme, seguro y me invitaba a dar un poco más. Corríamos en mis sierras y yo no lo podía creer. Por suerte, mis lentes no dejaron ver alguna lágrima que brotó en más de una oportunidad. Estaba corriendo con mi hijo, con ese amado hijo preadolescente que ya empieza a desafiarme y al que a veces no entiendo sus enojos, su ira y su amor, todo a la vez, todo junto como juntos estábamos en ese momento. Hasta me decía "vamos ". Y yo iba, como no iba a ir, si estaba feliz. Terminamos juntos, con una sonrisa imborrable de la mano, con las manos en alto. Abrazo corto, pero abrazo. Yo no podía más de la alegría, pero no sabía cómo estaría él y sus piernas flacas. No tuve que preguntar. "Mañana corremos de nuevo pá", me dijo y yo rebalsaba de felicidad.

El domingo se levantó de un salto de la cama, desayunamos y allá fuimos los dos. Cuando llegamos antes de largar nos enteramos que estábamos en el 6º lugar en nuestra categoría, y su cara se iluminó. Le encanta competir, ¿a quién no?. Sólo habíamos ido a correr, pero ahora tenía aún más sentido, porque lo estábamos haciendo bastante bien. Quizá por eso me advirtió antes de largar: "Papá no pares a comer salamines". Claro, se refería al puesto de Cagnoli, que invitaba a los corredores a sacarse una foto y comer unas rodajitas del célebre salamín tandilero. Y largamos, y aunque tardamos unos minutos más que el día anterior, lo disfrutamos el doble. El clima esa mañana no tenía esa pesadez de la tarde anterior, fuimos como más livianos, aunque claro el cansancio del día anterior se sentía, pero nuestro buen humor crecía y hasta le permitía levantar la cabeza y decirme "qué lindo este paisaje ".

Daniel y Vito, en unas de las piletas para hacer crioterapia
Daniel y Vito, en unas de las piletas para hacer crioterapia

Y sí, es hermoso correr en estas sierras. Me sentía un privilegiado como tantos corredores. La foto con Cagnoli me la saqué y hasta lo divirtió, signo de que lo estaba pasando bien. Fuimos muy atentos toda la carrera. Atentos a hidratarnos bien y a no pisar en falso entre tanta piedra suelta. Igual se cayó y se levantó y siguió y me alentó y yo a él. Éramos un equipo de verdad y lo demostramos llegando a buen ritmo y otra vez de la mano con los brazos en alto y sonrientes. Y con la gente alentándolo como en toda la carrera porque era además el corredor más chico. Ariel Islas, la voz de las carreras, con su inconfundible y afable voz nos nombró en la llegada y yo casi estallo. Esta vez el abrazo fue más largo. Fue el de un padre con su hijo terminando su primera carrera de trail, en equipo, fue la de un padre diciéndole gracias a su hijo. Terminamos en el sexto puesto, arañando el podio y prometiéndonos volver por más.

Luego llegaron las felicitaciones de tantos amigos y de la familia y las fotos que capturaron esos instantes mágicos corriendo juntos, disfrutando correr juntos. Cómo no vamos a volver, si correr en equipo con tu hijo es lo más maravilloso que te puede pasar. Si todavía seguimos hablando de eso, si hoy se puso la remera de la carrera otra vez sólo para ir a la plaza donde juega y que sus amigos le pregunten de dónde era y, por supuesto, para que él les cuente orgulloso que corrió 21 kilómetros por las sierras de Tandil... con su papá.

Daniel Campomenosi es actor y conduce el programa Buenos Aires en Carrera en el Canal de la Ciudad.

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