Larga distancia

Verónica Dema
Verónica Dema LA NACION
Larga distancia
Larga distancia Crédito: Shutterstock
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17 de enero de 2018  • 20:49

Todavía faltan cinco de las once horas de viaje entre Buenos Aires y Río Cuarto cuando me despierto y descubro que no tengo el celular. Lo busco en el bolsillo de la cartera que viaja a mis pies donde lo había dejado y no está. Llamo y da apagado.

La respuesta del guarda del colectivo es que uno tiene que cuidar sus cosas, que sube y baja mucha gente. Entonces, mentalmente agradezco que no me hayan robado nada más, la billetera o la cartera completa.

"¿El precinto de seguridad sirve para algo?", le pregunto. "Se lo tendrían que haber puesto en Retiro. Pero no se lo pusieron". Aclara que de todos modos eso no me hubiera protegido, porque nadie pide que el precinto de seguridad de un bolso de mano coincida con el abrochado en el ticket cuando alguien baja. "Lo siento pero no se puede hacer nada. Al bolso lo tiene que llevar así", dice, y abraza al aire como a un osito de peluche.

Once horas abrazada a la cartera que, con computadora incluida, pesa varios kilos. Me pienso un instante obedeciendo y me resulta patético, ridículo, además de incómodo. "Yo fui el último que subí", se siente con deseos de aclarar un señor de unos 70 años con dificultades para caminar. Y es cierto, acaba de subir en Venado Tuerto, justo cuando descubro mi falta. En el asiento delantero una joven que escuchó la conversación me recomienda: "Hacé la denuncia, no creo que la empresa se pueda lavar así las manos".

En la ventanilla del Chevallier, la compañía con la que viajé, fueron coherentes con la respuesta del guarda. "Le tomaría el reclamo pero no va a servir de nada, no vale la pena. La empresa no se hace cargo de las pertenencias que no están en la bodega", me explicaron horas después.

Este servicio en particular, al que me veo obligada a recurrir con frecuencia por mi horario de trabajo, parte a las 6.05, tiene unas quince paradas y llega a mi destino pasadas las cinco de la tarde. Requiere una preparación psicológica y estratégica antes de entregarse a la aventura de la ruta. Es indispensable cargar con una almohada que se adapte al cuello, una manta -en invierno por si no anda la calefacción y en verano porque hay momentos en que los pies están helados por el aire acondicionado-, un sándwich, una fruta, agua -porque el servicio no incluye ni un alfajor y la máquina de café muchas veces está de adorno.

Mientras viajo, suelo alternar entre dormir y leer o escribir. Esta vez, ya no puedo seguir durmiendo. Escribo. Otros van conectados a sus auriculares, chatean con el celular cuando hay señal, toman mates, ríen, según la hora. Televisión no, porque rara vez encienden las pantallas a eso de las tres de la tarde. Confieso que ese es un punto fuerte, porque las candidatas son películas de acción que se ven mal y perturban el sueño o el humor en la vigilia.

El estado de los baños también merece unas líneas. Si bien parten limpios, con el correr de las horas el olor a orín supera al del desinfectante azul que surge cada vez que alguien tira la cadena. En un momento (ahora, por ejemplo), ya no hay papel higiénico, el piso está húmedo, alguien no respetó la consigna implícita de que el baño solo procesa líquidos y el aroma se mezcla con el tufo pastoso entre los doce pasajeros de la planta baja.

Como estoy desvelada por la ansiedad de llegar, denunciar el robo, borrar la información que pueda, bloquear el aparato, cuando no escribo, leo. Recién termino Diez días en Re, la última novela de Sergio Bizzio. También hay un viaje y es revelador: no bien empieza la luna de miel, Carlos se da cuenta de que no ama a Irina, su reciente esposa. Tiene tanta tensión la historia que, pese a mi fastidio, sigo conectada. El magnetismo se genera porque desde la primera página uno se entrega a la paradoja de transitar una historia de amor donde no hay amor. Y sobre el final, se lee: "A partir de acá, le pido a la vida que me tenga paciencia: voy a entrar a un mundo que no conozco". No es fácil despedirse de esa frase, que sigue reverberando.

Afuera unas vacas pastan, un tractor avanza lento. Siento el impulso de fotografiar a una manada de caballos, un bebedero solitario, alguna casa rústica pegada a un molino. De nuevo recuerdo que sin teléfono no hay cámara. Pienso en las fotos perdidas en mi aparato, en la posibilidad de que algún extraño las vea. Como un scanner el cerebro repasa nombres, el calendario de tareas, fotos, videos, el universo contenido en ese teléfono. Me resisto, pero es fuerte la sensación de desconexión al no tenerlo.

Adentro, la cambiante comunidad de pasajeros sigue en lo suyo: conversaciones privadas en susurros, chistes de pareja que terminan en alguna risotada, ringtone de celulares que anuncian mensajes. "¡Qué lindo es viajar"!, le dice irónico a su compañera de asiento en voz alta un señor que se viene quejando por el calor, porque no sabe cómo acomodar las piernas, porque le gustaría comer algo, o fumar.

Afuera, siguen los campos con soja. Cada tanto, manchones de agua, pequeños lagos en las banquinas o dentro de las parcelas, destinadas por obligación a pasturas. Cada tanto aparece un pueblo de pocas cuadras, que el colectivo atraviesa por dentro para que suba o baje algún pasajero, y sigue su marcha.

Adentro, ahora veo a un jovencito de ojotas, con camiseta deportiva, celular en mano, que mira algunos goles. Al lado mío viaja una señora de calzas afro y borceguíes; come galletas. Atrás, una mujer de camisa impecable hace crucigramas. A su lado una chica duerme hecha un ovillo.

Sigo sin poder dormir. Agradezco que sólo falten cuatro horas para llegar.

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