José Emilio Burucúa. "El estudio de las humanidades es central en democracia"

El hombre ilustrado. Intelectual de gran erudición, afirma que la civilización depende de aquellas preguntas sobre la naturaleza humana que llegan desde la Antigüedad y no proveen rédito material inmediato
Daniel Gigena
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21 de enero de 2018  

El año pasado, dos de los mejores libros publicados en el país estuvieron firmados por José Emilio Burucúa. En Excesos lectores, ascetismos iconográficos (Ampersand), Burucúa, doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Buenos Aires, revelaba secretos de su biografía como lector y, a la vez, trazaba un mapa de la historia política, educativa y cultural argentina. Poco después se conoció la segunda entrega de Cartas berlinesas (Adriana Hidalgo), que reúne una serie de ensayos escritos en clave epistolar, donde se entrelazan el diario de viajes, la narración episódica y la inconfundible erudición del autor.

Crédito: Patricio Pidal/AFV

A fines del año pasado, Burucúa recibió el premio de reconocimiento a la trayectoria en el área de Letras que otorga el Fondo Nacional de las Artes. Autor de libros deslumbrantes como Corderos y elefantes. La sacralidad y la risa en la modernidad clásica e Historia y ambivalencia, prepara en estos días, junto con el joven historiador Nicolás Kwiatkowski, un ensayo sobre la simbología del elefante en diferentes sociedades.

Defensor decidido del estudio de las humanidades, Burucúa señala que, más allá de los avances tecnológicos, la humanidad no puede prescindir de las preguntas que hacen a la naturaleza humana, aquellas de las que se desprenden la ética y la preocupación por el bien común. "Si queremos mejorar nuestras vidas y las de nuestros semejantes, es imposible no estudiar humanidades y ciencias", afirma.

Usted ha dedicado su vida a las humanidades. ¿Qué piensa de aquellas voces que hoy cuestionan su utilidad?

La pregunta da la pauta de la época absurda por la que transitamos. En primer lugar, es algo estrafalario pensar que pueden no servir. Denota el estado del alma en este momento de la civilización. Es como preguntarse para qué sirven las religiones. Son incontables las razones por las que es bueno y necesario estudiar humanidades, pero hay una que debe interesar al hombre práctico. Una dimensión fundamental de la existencia actual es la democracia y el ejercicio de la política para hacer posible que sobreviva la democracia. La democracia es una invención reciente, a pesar del antecedente antiguo que tuvo en Atenas. Es un experimento que tiene poco más de 300 años. Cualquier persona bien nacida, por más pragmática y proclive que sea a la ganancia, tiene que ser consciente de que si esa planta algo frágil de la democracia no sigue creciendo, nuestro destino personal probablemente colapse.

¿Y qué pueden hacer las humanidades por la democracia?

Las humanidades son centrales para la democracia porque se plantean las grandes preguntas acerca de la naturaleza humana, de la capacidad para el diálogo, para la vida con los demás, para la procreación no solo física sino también espiritual. Y de las humanidades se desprende la ética y la pregunta por el bien. Qué es el bien común y qué debemos hacer para alcanzarlo. Son las preguntas básicas de la filosofía desde Aristóteles. Emprendemos el estudio de las posibles respuestas a esas preguntas ligadas a la constitución de lo humano porque queremos ser mejores personas y mejorar la sociedad en la que vivimos. Sin las humanidades, eso es imposible.

Sin embargo, hay sectores que cuestionan las inversiones en ciencia, educación y cultura.

Por razones contables, quizá. La necesidad de que se investiguen ciertos temas que prima facie pueden resultar asombrosos para el ciudadano común es innegable. No me parece mal que los hombres y mujeres de ciencia rindan cuenta de lo que hacen, pero debería prevalecer la certeza de que la ciencia y las humanidades sirven a la sociedad. La humanidad no se ha ocupado de estos asuntos durante milenios de puro alienada.

¿Ese cuestionamiento es un síntoma cultural?

Las objeciones vienen por cuestiones económicas. ¿Cómo vamos a estar pagando a un investigador que se dedica al estudio de la cumbia villera?, por poner un caso. Puede ser que existan temas de investigación superfluos o ridículos, pero el propio sistema científico se tiene que encargar de filtrarlos y de hacer una lista de relevancia. Un principio fundamental es la libertad radical del investigador. Porque no podemos saber en qué derivará una investigación. Algo que parecía absurdo después resulta que nos cambió la vida. Hay varios ejemplos de esto en la historia de la ciencia. No hay nada más lejano que ocuparse de las galaxias y de la expansión del universo, y sin embargo todas las revoluciones científicas empezaron por la revolución astronómica. Todas. En la ciencia del cielo y los astros está la piedra de toque. Si eso cambia, cambia la ciencia entera. A uno de los expertos en contabilidad le puede parecer que el observatorio de El Leoncito, en San Juan, no es esencial. Pero ahí está en juego la investigación científica del cielo y el paradigma central del conocimiento. Si la Argentina quiere ser un país que contribuya a la felicidad de la sociedad futura, no puede estar ausente de ese trabajo de investigación.

¿Y en las ciencias sociales?

Esto también pasa en las humanidades y en las ciencias sociales. Todo el trabajo extraordinario de Max Weber sobre las formas del poder, por ejemplo. Estaríamos a ciegas si no tuviéramos esas herramientas y hubiera que crearlas ahora. Afortunadamente, fueron creadas hace cien años; tenemos que estudiar la cabeza de ese hombre y lo que produjo. Lo mismo se puede decir de otro maestro de la sociología y la economía política como Karl Marx, que descubrió la relación estrecha que existe entre la economía y los sistemas de producción con las relaciones sociales y la creación cultural. Es una brújula de la que no podemos prescindir. Si queremos mejorar nuestras vidas y las de nuestros semejantes, es imposible no estudiar humanidades y ciencias.

¿Qué lugar ocupa la literatura?

La literatura estuvo siempre. Antes de que existieran, a partir del siglo XVIII, las ciencias sociales sistemáticas como la sociología, la psicología y la antropología, todo eso estaba ya presente en las grandes obras de la literatura. Si nosotros hiciéramos un estudio de la psique humana solo a partir del momento en que la psicología alcanza el estatuto de ciencia, a finales del siglo XIX, nos perderíamos un fichero de tres mil años. Uno de los padres de la psicología moderna, Sigmund Freud, lo sabía muy bien. El estudio sistemático de la literatura y aprender a dejarse impregnar por ella es uno de los núcleos fundamentales de la humanidad.

¿Cómo se define una civilización?

Comparto la teoría del antropólogo inglés Jack Goody sobre qué cosa es una civilización o cuándo las culturas humanas acceden a ese estatuto, que no es ni lejanamente un monopolio de Europa. Él dice que hay tres rasgos centrales: el cultivo de las flores, el arte de la cocina y la poesía lírica. ¿Por qué? Porque los tres son, para la continuidad estricta de la vida, completamente superfluos. Cuando una cultura hace esfuerzos por desarrollar esas áreas, quiere decir que hay tiempo y recursos disponibles y que se piensa más allá de las necesidades diarias. Hay otros dos criterios muy interesantes. Uno es el del historiador alemán Norbert Elias, que dice que una civilización es una sociedad que ha conseguido la domesticación de los guerreros. El último criterio es el de un estudioso senegalés de la filosofía, Souleymane Bachir Diagne. Este hombre dice que cuando el arte de la traducción ocupa el centro de la escena ahí estamos ante una civilización.

¿Y cuáles serían hoy los enemigos de la civilización?

Todo aquello que atenta contra la posibilidad de organizar un esfuerzo sistemático de las sociedades por el cultivo de lo superfluo. La contabilidad, el management. Fíjese que yo no hablo de la tecnología, que puede ser el gran elemento transformador, que nos ha dado poderes nunca vistos ni oídos. Todo depende de los usos que hagamos de esos poderes.

¿Cómo ve el debate público en la Argentina?

La calidad es muy pobre. Puedo compararla porque he vivido en otros lugares y aquí hay poca reflexión. Hay personas extraordinarias como José Nun, Natalio Botana, Oscar Oszlak. Esa gente está en un verdadero Olimpo del pensamiento. Publican sus columnas pero no están en el debate cotidiano y no porque ellos no quieran. Es una falencia colectiva de la sociedad argentina, que tiene entre sus características oscuras cierto resentimiento antiintelectual. Eso seguramente tiene que ver con el desarrollo de la historia política argentina. Hay ciertos grados de excelencia que en otras sociedades se reconocen y que en este país no.

¿Cómo pasó, en la juventud, de la carrera de Medicina a la de Historia del Arte?

Estudié muy poco en Medicina porque me encontré con sorpresas no muy agradables en el modo de impartir la enseñanza. Venía del Nacional Buenos Aires y estaba acostumbrado a algo más libre y de comunicación espontánea entre profesores y alumnos. Ahí me encontré con una cosa jerárquica, encorsetada, agobiante. No lo toleré. La medicina ha sido para mí un sueño perdido, pero el poder médico me trituró en poco más de treinta días. Yo era un muchacho joven de 17 años.

¿Y luego?

Después estudié Matemáticas durante un año. En esa facultad la atmósfera era maravillosa. Una gran libertad. Después tuve otra crisis con las matemáticas y al cabo de un año sin estudiar en la universidad, decidí retomar algún tipo de estudio. La historia del arte siempre me había interesado. De chico, había viajado con mi abuela a Europa y el contacto con los grandes museos me abrió un horizonte fantástico. Al volver a Buenos Aires descubrí que acá también existían muy buenas colecciones de arte. Era una época de mucho auge cultural. Se organizaban exposiciones en el Instituto Di Tella, en la galería Lirolay, en el Museo Nacional de Bellas Artes y en el Decorativo. Quien vio esas exposiciones aún las recuerda. Y la Facultad de Filosofía y Letras en los años 60 era una fiesta, como diría Hemingway. Los programas eran muy buenos y los profesores, excelentes. Había grandes maestros ahí: Ángel Castellan, María del Carmen Carlé, Héctor Schenone, Adolfo Ribera, Nelly Perazzo. Y una combinación muy virtuosa de amplitud de temas y de amor por la investigación, que se transmitía a los alumnos.

¿De aquellos años universitarios nació su amor por la investigación?

Amor por el saber, por la multiplicidad del saber. Recuerdo al doctor Abraham Rosenvasser, un egiptólogo de nota, quizás el más grande de América Latina. La Unesco le encargó la excavación de un templo en Sudán cuando la represa de Asuán cubrió el valle del Nilo. Algunas piezas están en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Imagínese lo que era ese hombre al transmitir la experiencia de haber estado en una excavación en Sudán. Mágico. Y después Schenone, especialista en arte colonial. Conocía palmo a palmo el noroeste argentino, había ido hasta los lugares más remotos de los Andes para ver qué había en las viejas capillas de los siglos XVII y XVIII. Tenía una especie de archivo mental y eso le permitió crear con Ribera, otro apasionado de la investigación, un taller de restauración de obras con la ayuda de la Fundación Antorchas. Un historiador de la ciencia y de la cultura argentina tendría que escribir un libro sobre los veinte años de Antorchas en el país.

¿Por qué?

En el campo de las ciencias fue un antes y un después. Si hoy la ciencia argentina es lo sólida que se muestra, se debe en buena medida a Antorchas. El apoyo a la ciencia es una verdadera política de Estado, pero eso no hubiera sido posible sin Antorchas, que introdujo un concepto nuevo de la ciencia con la participación de mecenas, de industrias interesadas en la investigación, de universidades.

¿Acaba de regresar de un viaje?

Estuve en Nantes, en un instituto de estudios avanzados. Procuré que no se me escapara nada de lo ocurrido allí y registré en un diario las conversaciones con colegas de Asia, África y América Latina. Me cautivó el contacto con esos horizontes de civilización.

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