Patria. Una novela humanista que nos interpela

Eduardo Fidanza
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21 de enero de 2018  

Ante la novela Patria debe abandonarse el clisé de que admite múltiples lecturas. Siendo una obra compleja, planeada y elaborada con precisión, posee, sin embargo, un sentido unívoco y un foco: se centra en las víctimas del terrorismo, a las que muestra como no quieren verlas sus victimarios: en la intimidad de la vida cotidiana. La novela de Fernando Aramburu está surcada por diálogos sencillos, gestos usuales, costumbres, ritos ordinarios: comer, dormir, amar, distraerse, trabajar. Describe lo que hacen los que van a morir bajo las balas de quienes los condenaron. Lo que comparten con familiares, amigos, compañeros de tarea, vecinos, antes del día señalado. Del otro lado, separados pero próximos, muestra a los que se preparan para matar, también en la intimidad: aprietan los dientes, velan, abrazan un destino, repasan el plan hasta que llegue el momento de descargar las armas. Y luego el día después, la vida diaria sin el asesinado: vacío, desconsuelo, impotencia, rabia. Intimidad y violencia, con el propósito de mostrar la sinrazón del terrorismo, poniéndose del lado de las víctimas. De eso trata Patria.

Aramburu asocia esa intimidad trágica a su destino de escritor. Luego de presenciar el entierro del senador socialista Enrique Casas, asesinado por ETA en 1974, cuenta: "Vi cómo metían el ataúd en la Casa del Pueblo de un barrio de San Sebastián y tuve por primera vez la sensación directa de la muerte, de cómo le habían segado la vida a un hombre. Ver la caja me llevó a pensar en los hijos, en la mujer, en que aquellos hechos tenían una onda expansiva mucho mayor. Preguntarme qué pasa al día siguiente de que el muerto ocupe un lugar en los periódicos me hizo novelista. Se suele hablar del silencio, pero he descubierto que el más impresionante es el de las madres, viudas de asesinados, que no saben si contar a sus hijos pequeños lo que ha pasado o esperar más adelante para protegerlos y evitar que crezcan con dolor".

Como artista, Aramburu elige ese camino para abordar el tema. Y le da una vuelta de tuerca, que asegura a su novela un impacto masivo: la desgracia sucede en el seno de dos familias que eran como una sola. Un joven Caín mata a un adulto Abel. El que le compraba golosinas y le enseñaba a andar en bicicleta devino en un enemigo abstracto al que hay que eliminar, despreciando el vínculo humano. "Las cosas son como son, inexorables y absurdas", decía George Steiner de la tragedia. De eso trata Patria.

El enfoque de Aramburu no es contingente, tiene una precisa genealogía. Como lo ha enfatizado Juan Cruz, detrás del autor de Patria está Albert Camus. Sobre él, Aramburu escribió un texto que revela su fuente de inspiración: "Es razonable vincular los orígenes humildes de Camus con la atención sostenida que prestan sus escritos a los hombres humillados. Cuando algunas inteligencias famosas de Francia defendían el poder liberador de la crueldad revolucionaria, favoreció una moral basada en la compasión. Le parecía bueno, aceptable, positivo, cualquier gesto encaminado a aliviar el dolor de sus semejantes. Rehuyó el vicio habitual del filósofo de profesión que olvida detrás de espesos muros conceptuales, de montañas de jerga, al hombre concreto, vivo en un lugar y en un presente. Avezado a juzgar las ideas por sus consecuencias, comprobó que es propio de los dogmas dejar una estela de cadáveres en la historia. Admitió la rebeldía con tal que fuera fecunda y constructiva. Algunos agradecemos a sus libros que nos inmunizaran contra la ponzoña del fanatismo".

Entre "algunos" está el que escribe esta reseña. El aprendizaje fue inolvidable y perdura en el cuerpo como las buenas vacunas: el hombre concreto y vivo de Camus, situado en un lugar y en un presente, no debe ser sacrificado por ideologías implacables que pretenden establecer un presunto orden en el mundo, cualquiera sea su orientación y propósito. La lucha política deriva en terrorismo cuando se presentan dos hechos: la abstracción que expropia al individuo de sus rasgos íntimos, transformándolo en un blanco impersonal, y la planeación racional del atentado, que se consumará en una emboscada. La pasión, dirá Camus, puede redimir el crimen; la lógica lo transforma en asesinato.

Como escribe Aramburu, Camus eligió el camino de la compasión. Esa vía conduce a la impronta de su novela: el sufrimiento de las víctimas, el extravío de los victimarios. Constituye una óptica posible, nunca un juicio de valor. Es una decisión nacida de aquello que oprime la memoria. Aramburu no es un ideólogo, es un artista que recuerda y procura comprender. Lo expone con convicción: "No he escrito Patria para juzgar a nadie. Quiero entender por qué un muchacho que nace puro e inocente, se educa y crece en un entorno social determinado, poco a poco junto con otros de su edad entra en una organización armada y comete ciertos actos. Eso es también obligación mía. Colgarle el sambenito e influir en el lector orientándole ideológicamente es el mejor camino para una novela mala".

Con su contenido y antecedentes, Patria nos interpela. Una novela dedicada a las víctimas del terrorismo transformada en best seller es impensable entre nosotros. Sobre la violencia política, la Argentina parece haber encallado en una singular paradoja: habiendo sido ejemplar en juzgar el terrorismo de Estado hace tres décadas, asistió en los últimos años a una apropiación ideológica de los derechos humanos. Esa captura ha transformado al grupo que los hegemonizó en dueño de la verdad histórica de una época que aún resta esclarecer.

Esta deriva tuvo un correlato legal: se anularon las leyes de perdón y se retomaron los juicios de los criminales de Estado, mientras se omitía juzgar los atentados de los grupos armados y las bandas paramilitares que provocaron muchas muertes. En la Argentina, la bestial represión estatal obturó la responsabilidad del terrorismo social, bajo la premisa cierta de que no son equiparables. Sin embargo, esta omisión generó -qué paradoja- una nueva clase de desaparecidos: las víctimas de esas acciones y sus familiares, con casos que escandalizan, como aquellos que fueron muertos durante el gobierno democrático, entre 1973 y marzo del 1976. No poseen reconocimiento social, reparación, justicia, consuelo. Tenerles consideración es políticamente incorrecto, repudiable, cómplice. No vendría mal una novela como Patria para rescatarlos del olvido.

Aramburu recordó en una entrevista que cuando a los diez años veía el Guernica en los textos escolares ya intuía quienes habían sido los malos durante la Guerra Civil. Y agregaba: "El hecho estético es irrebatible". De su novela, que podría asimilarse a un Guernica literario, se deduce una lección ética que cuestiona radicalmente el fanatismo ideológico: a la hora de ser ejecutadas, todas las víctimas de la violencia política se parecen. Son nuestro padre, nuestro hijo, nuestro hermano. Aramburu las muestra recibiendo la descarga, como en la pintura de Picasso. Asesinadas en una esquina cualquiera o tiradas de un avión al río. Desangrándose en la calle o en una sala de torturas. Es lo que destila Patria, esa novela de humanismo irrebatible.

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