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De Anthony Hopkins a Clive Owen: cómo es la mítica academia de teatro de Londres

Valeria Agis
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21 de enero de 2018  

Con una enorme tradición, la Royal Academy of Dramatic Arts (RADA) presume de su linaje de talento excepcional: los grandes actores ingleses surgieron de sus aulas
Con una enorme tradición, la Royal Academy of Dramatic Arts (RADA) presume de su linaje de talento excepcional: los grandes actores ingleses surgieron de sus aulas

Solo 28 aspirantes -14 varones, 14 mujeres- cruzan cada año esta puerta. Después, la vida cambiará, serán las caras que el público del mundo empezará a ver en una pantalla, o a aplaudir frente a un escenario; serán superhéroes, hechiceras, agentes secretos, escritores, aventureras, pusilánimes; gente común con problemas universales, gente inusual con destinos extraordinarios.

En este edificio de Londres, que unos nuevos 28 acaban de pisar por primera vez, la Tragedia y la Comedia custodian la entrada. No hay alfombras rojas, ni la iridiscencia de mil flashes, ni fanáticos en espera de autógrafos. En cambio, un ligero aura de solemnidad invade el espacio, un silencio de disciplina, una mezcla de paz y ansiedad que se huele, como instalada en cada pasillo.

En el mundo de la actuación, decir Royal Academy of Dramatic Arts -o RADA, el acrónimo por el cual todos la llaman- es hablar de excelencia. Desde 1904, cuando comenzó a dictar clases, la academia británica de teatro presume de su linaje de talento excepcional. La evidencia es abrumadora: esos aspirantes alguna vez fueron Anthony Hopkins, Joan Collins, John Hurt, Vivien Leigh, Roger Moore, Peter O'Toole, Clive Owen, Tom Wilkinson, Omar Sharif o Imelda Staunton.

Una de las puertas de ingreso por Gower Street, custodiada por la Comedia y la Tragedia
Una de las puertas de ingreso por Gower Street, custodiada por la Comedia y la Tragedia

Ahora, esos nombres se suceden en este laberinto de escaleras, salones y pequeños teatros que supieron ser apenas dos casas georgianas sobre Gower Street. Aparecen indelebles en placas de un viejo color marfil, donde se registran años y receptores de medallas -oro, plata y premio Kendal- de cada colación: 1956-Glenda Jackson, 1974-Alan Rickman, 1980-Mark Rylance, 1981-Kenneth Branagh. El inventario de honores se agota en 1985 - Ralph Fiennes se lee junto a los números, en pulcra tinta negra-. Fue entonces cuando los alumnos votaron por anular el sistema de reconocimientos; el ambiente en RADA era ya demasiado competitivo para agregar un reto más a la carrera. Las medallas se transformaron entonces en becas, que hasta hoy se conceden a quienes no pueden costear los estudios.

Hay una extraña fascinación por lo innovador en esta academia donde todo parece, a la vez, tan aferrado a lo tradicional. Aquí convive un legado perenne, como manuscritos originales de George Bernard Shaw -quien integró el primer directorio de la escuela- con esculturas de metal retorcido creadas por los alumnos para una puesta reciente. Aquí es donde Nijinski ensayó con los Ballets Rusos en 1911, y donde, desde 2001, altos ejecutivos son entrenados con técnicas teatrales aplicadas a su profesión. También aquí es donde, en septiembre pasado y por apenas 23 noches, una audiencia minúscula vio a un Hamlet con jeans y campera de cuero, interpretado con infinita, casi dolorosa belleza por Tom Hiddleston ( Medianoche en París, Sólo los amantes sobreviven), otro graduado de RADA, y dirigido por Branagh, su actual presidente.

Este lugar fue parcialmente demolido durante el Blitz, en el pico de la Segunda Guerra Mundial, y reconstruido desde la mañana siguiente con la ayuda de sus alumnos. Este lugar conserva más de 20 mil trajes y otros tantos pares de zapatos; y 25.000 libros, y cientos de películas. En este lugar, hasta el bar y los baños están señalizados con citas de Tennessee Williams, Arthur Miller o William Shakespeare. Este lugar es un mundo apasionante.

Kenneth Branagh es el presidente de RADA. Su mensaje es inclusivo: "RADA está abierta a todos"
Kenneth Branagh es el presidente de RADA. Su mensaje es inclusivo: "RADA está abierta a todos"

Educarse aquí cuesta lo mismo que en cualquier otra universidad de Inglaterra, cerca de 9000 libras al año (poco más de $205.000 pesos argentinos) para los europeos; el doble para candidatos internacionales. Sin embargo, no existe ese rastro elitista propio de otras grandes casas de estudio inglesas; la mayoría de los alumnos se consideran de clase trabajadora y asisten gracias a becas, subsidios, o con la ayuda de préstamos estudiantiles. "RADA está abierta a todos. Quienes tengan talento, pasión y dedicación, tienen un lugar", dice desde una cartelera un mensaje de Branagh. Seguramente sabe de qué habla: antes de encarnar a Enrique V o a Yago, en Otelo, y mucho antes aún de ser el flamante Poirot en la remake de Asesinato en el Expreso de Oriente, el norirlandés llegó a estas aulas con 18 años, proveniente de una familia de plomeros y carpinteros.

Para la formación actoral se presentan en promedio unos 3500 candidatos en cada convocatoria; 3472 de ellos serán, inexorablemente, rechazados. Las audiciones se realizan en Londres, pero también en Nueva York, Los Ángeles, Dublín y distintos puntos del Reino Unido. Muchos lo intentan dos, cuatro, más veces. Sólo muy pocos triunfan en la insistencia, reconocen las autoridades de la escuela.

Aunque la carrera -de tres años- se encuadra en el entrenamiento clásico, enraizado en Stanislavski y sus sucesores, también está impregnada de cuestiones contemporáneas, como interpretación especial para cine, TV y radio; una cátedra dedicada enteramente al desarrollo profesional, y otra a la dirección y producción de los propios trabajos de los alumnos. Así entiende hoy esta academia el arte dramático; con orgullo por la tradición, sin olvidar que el presente transcurre en 2018.

El listado de los premios Kendal, que se otorgaron hasta 1985
El listado de los premios Kendal, que se otorgaron hasta 1985

Diversidad y discapacidad son dos palabras que suenan con frecuencia en RADA. La escuela alienta entre sus candidatos a gente de distintas edades, a personas con necesidades especiales (la primera estudiante sorda fue Sophie Stone, quien después de su graduación obtuvo, entre otros, un papel en la serie de TV Dr. Who), y desde 1990 adoptó el cupo compartido, con igual cantidad de varones y mujeres en cada clase. También favorece una práctica que en teatro se conoce como gender-blind casting, la distribución de los roles de una obra sin importar el género del actor.

Además de actuación, existe una formación técnica, que incluye iluminación, sonido, utilería, diseño de escenario, maquillaje, vestuario y tecnología digital. Son 36 los espacios habilitados cada año para esta carrera. En los talleres, donde impera el silencio y la concentración, pero también los delantales sucios, la ropa gastada y el olor a pintura, transcurre todo eso que el ojo del espectador nunca verá desde su lugar de privilegio.

Hay algo en la forma en que estos alumnos trabajan que habla de vocación pura. Una tensión discreta en los dedos, la mirada concentrada en un punto fijo, el torso inclinado sobre las largas mesas; una entrega plena a la tarea. Al final del año, toda la utilería creada para las producciones teatrales y los cortometrajes se expone en una gran muestra, que no sólo convoca al público sino también a los profesionales de la industria; el primer intento de trascendencia para estos artesanos de ficciones.

Los alumnos ayudaron en la reconstrucción del edificio tras los bombardeos que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial
Los alumnos ayudaron en la reconstrucción del edificio tras los bombardeos que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial

Bien conocido entre los actores, el síndrome del impostor es un trastorno que le impide a una persona creerse capaz para el puesto o las situaciones que debe asumir, a pesar de tener pruebas concretas de su idoneidad. Kate Winslet y Jodie Foster -dos ganadoras del Oscar- reconocieron públicamente sufrir a menudo esa amarga sensación de ser un fraude. Las más propensas a experimentarlo son las mujeres, especialmente aquellas en altos puestos de todas las áreas y territorios dominados por lo masculino. En RADA, románticamente, no se habla de síndrome sino de herida, la herida del impostor, acaso algo más leve, que puede cicatrizar con entrenamiento.

En 2001, los líderes de esta academia se preguntaron entonces qué podía aprender una persona de negocios en una escuela de actuación. Cómo contar una historia, proyectar la voz en una habitación amplia, asumir un lenguaje corporal poderoso, superar el miedo escénico y convencer a la audiencia de la importancia de lo dicho fueron algunas de sus respuestas. Los puntos de contacto entre esos dos mundos aparentemente aislados se volvían interminables. Ese fue el comienzo de RADA in Business, una serie de capacitaciones breves para ejecutivos y profesionales de otras áreas, que alimentan desde la perspectiva teatral -con actividades como canto, combate escénico- los aspectos más creativos o exigentes del trabajo, y reafirman la seguridad en las habilidades propias. En síntesis, una suerte de sutura de esa perversa herida.

Algunos de los talleres están diseñados específicamente para mujeres y abordan los desafíos que las profesionales pueden encontrar dentro de entornos con rigidez de género. Con ellas se trabaja sobre elementos que, durante décadas, no se consideraron propios de lo femenino, como demostrar autoridad, o expresarse en un tono de voz potente.

Quienes cursan se involucran en la utilería y en toda la producción teatral
Quienes cursan se involucran en la utilería y en toda la producción teatral

En 2016, RADA obtuvo el permiso para remodelar el interior de un edificio aledaño considerado patrimonio histórico, y construir en el alojamiento para estudiantes. La obra, que también contempla un nuevo archivo y biblioteca, es ambiciosa, y los fondos necesarios se estiman en 20 millones de libras. La academia lanzó entonces una iniciativa de recaudación, la Campaña Richard Attenborough -en honor a otro de sus exalumnos y presidente hasta su muerte, en 2014-, y Branagh montó una fantasía exquisita: dirigir una innovadora producción de Hamlet en uno de los pequeños teatros de la escuela, donde nadie en la audiencia estuviera a más de un metro del elenco y que contara en el rol del atribulado príncipe de Dinamarca con un actor consagrado. El elegido fue uno de sus discípulos dilectos y otro consabido enamorado de Shakespeare, Tom Hiddleston, con quien ya había trabajado en la serie Wallander y en la primera entrega de la saga cinematográfica Thor, de Marvel.

Las solo cien personas que cada noche bucearon en esa profundidad artística extraordinaria, donde la acción estaba instalada al nivel del público -sin escenario elevado- y los gritos, las lágrimas y los enfrentamientos salpicaban de cercanía, debieron participar antes de un sorteo que habilitaba a comprar las entradas. Lo recaudado, claro, fue un excelente primer paso para la campaña.

En la puesta, el personaje del vengativo Laertes fue encarnado por Irfan Shamji, de 23 años, nacido en Zambia y graduado en RADA en junio pasado, que al momento de ser convocado por el director se encontraba sin hogar permanente, dormía en un hotel provisto por los servicios sociales y se negaba a atender las llamadas de sus padres "porque no tenía ninguna buena noticia para contarles". Attenborough -quien se convirtió en un emblemático actor y rodó Gandhi y A Chorus Line, entre otras- estaría complacido. Cuando lo nombraron Caballero del Imperio Británico, en 1976, dio uno de los discursos más recordados en la tradición de la ceremonia. "El arte no es un lujo, y no debe quedar restringido a unos pocos privilegiados", se animó a decir, en un entorno colmado de realeza. "El arte es para todos, y no incluir a todos, nos empequeñece".

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