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Cómo tratar con los trolls, el ruido de línea de Internet

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
La violencia verbal a escala global también es un fenómeno disruptivo, y no sabemos muy bien como digerirlo
La violencia verbal a escala global también es un fenómeno disruptivo, y no sabemos muy bien como digerirlo
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20 de enero de 2018  • 00:00

La violencia no sirve para nada, pero el tercer fenómeno que está cambiando por completo el mundo en el que vivimos es la violencia verbal ejercida a gran escala y sin fronteras. Personajes nefastos y a la vez patéticos de este nuevo orden son los trolls, que ciertamente no nacieron con Twitter. Ni cerca, digamos. Estaban en Usenet haciendo de las suyas hace casi 40 años.

¿Por qué es tan grave la violencia verbal? Se podría argumentar que, después de todo, es mucho más grave la agresión física. No es así. La brutalidad discursiva -en muchos casos una forma solapada de violencia doméstica- es muy destructiva. No lastima el cuerpo, concedido, pero hiere nuestra psiquis, que con frecuencia se expresa por medio del cuerpo. El troll y cualquier otro agente rentado o voluntario que contribuya a la barbarie verbal está, de forma mediatizada, causando daño físico a sus receptores.

¿Por qué cuesta tanto pasar por alto las campañas de los trolls? Por un número de motivos. El primero es que no estamos preparados. La polémica siempre se dio en un foro que era público, pero reducido, y en el que todos se veían las caras. Desde el ágora ateniense hasta la cámara baja del Congreso de la Nación, nuestra psiquis está preparada para cierto grado de aspereza lingüística, siempre y cuando el atacante se encuentre presente. No necesitamos saber su nombre. Volveré en un momento sobre esto, pero la cuestión no es el anonimato.

Al estar presente, un agresor necesita por todos los medios morigerar su conducta, porque de otro modo pueden ocurrir una de tres cosas. Que lo saquen a patadas el recinto; que la víctima responda con mucha más violencia (escalar es una de las cosas que mejor sabe hacer la violencia), o que todo termine a las trompadas, algo no del todo inusual en cámaras, concejos, direcciones, comisiones, y así.

El segundo motivo por el que es muy difícil pasar por alto la actividad troll es el número. La víctima no se ve increpada por un puñado de pares, sino por un cardumen de pirañas. Pese a que, como se verá enseguida, hay una fórmula mágica contra estos bancos de monstruitos enfurecidos, la inmensa mayoría de las personas no puede pasar por alto lo implacable del ataque, ni su número y su ferocidad.

El tercer motivo es que nuestras primeras reacciones son casi siempre emocionales. Si pudiéramos racionalizar lo que está ocurriendo exactamente con los trolls, casi con entera certeza nos darían risa.

Y hay una razón más por la que nos cuesta tanto desoír sus embestidas. Creemos que hay alguien leyéndolos. No es así, pero nos cuesta creer que algo de toda esa calumnia, ese vitriolo y esa posverdad que están vomitando acerca de nosotros no será tomada en consideración por alguien. Nadie relevante le presta atención al que recurre al insulto, la injuria, la descalificación.

El lado oscuro de TCP/IP

Los trolls y toda otra forma de campaña de violencia verbal son el reverso, el lado oscuro, de una de las principales conquistas que nos dio Internet: libertad de expresión a escala global y anonimato. El mismo privilegio que nos hace posible divulgar algo que de otro modo quedaría enterrado por capas de poder y manipulación es lo que le permite al troll escupir su veneno. La misma condición de anonimato que protege al denunciante de una mafia le sirve al violento para encapucharse en la Red.

Dicho más simple: o volvemos a comer con las manos o aceptamos que un cuchillo puede ser empleado para el mal. Bueno, también las manos pueden ser empleadas para el mal.

¿Por qué los trolls hacen lo que hacen? Independientemente de que formen parte de una campaña coordinada y rentada o que sean lobos solitarios con algún trastornito sociopático, su función es siempre la misma: corromper un debate sano y transformarlo en una flame war, como se las llama en la jerga desde hace décadas. Meter ruido de línea. Destrozar todo intento de diálogo, de negociación, de entendimiento, de razón. El flaming es la quintaesencia del autoritarismo, del discurso único; busca suprimir la diversidad e imponer cualquier cosa que busquen imponer. Los hay de todos colores. Y funciona porque todo esto es muy nuevo, en términos históricos, y carecemos de los anticuerpos contra esta clase de perturbación.

Paradójicamente, los mismos ingenieros que pusieron su conocimiento al servicio de la Red, tienen la respuesta para este mal. O una de ellas. Algo realmente temido en un circuito electrónico es el ruido. Lo mismo que meten los trolls en los debates públicos civilizados. El ingeniero se las arregla para diseñar mejor su circuito o para filtrar el ruido. Algo semejante deberíamos hacer con nuestra vida en línea. El ruido es ruido y hay que erradicarlo. Bloquear, mutear, eliminar de los contactos, no importa mucho el método. Lo único malo es responder, engancharse con el ruido de línea, porque eso es precisamente lo que el troll busca, crear una reacción en cadena.

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