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Los lazos de Perón con el Tercer Reich

¿Cuáles fueron los verdaderos nexos del fundador del justicialismo con los nazis? Sobre la base de cientos de documentos nunca antes analizados, Uki Goñi contesta ese interrogante en Perón y los alemanes, que Sudamericana lanza en estos días y del que adelantamos aquí fragmentos salientes.
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27 de septiembre de 1998  

LUEGO de pasar tres años refugiado en monasterios y castillos de España, Reinhard Spitzy conseguía finalmente financiamiento para escapar de Europa vendiendo por debajo de la mesa los planos de un cañón antiaéreo de la firma Skoda que había representado durante la guerra en Madrid. Para coordinar su viaje a la Argentina, el ex agente especial del SD venía manteniendo contacto epistolar por vías "no directas" con el coronel Carlos Alberto Vélez, ex agregado militar en Madrid e intermediario de Perón en las negociaciones para la compra de armamento nazi en 1944. Así, Spitzy se enteró de los pasos necesarios para la obtención de un "certificado de libre desembarco" de la Dirección de Migraciones en Buenos Aires, quizás el más valioso documento que pudiera adquirir un fugitivo del Reich en la Europa de posguerra.

Ya durante las amigables charlas mantenidas paralelamente con sus gestiones "oficiales" en Madrid, Vélez había sugerido al austríaco Spitzy que considerara el futuro promisorio que aguardaba a gente como él del otro lado del océano. El coronel contaba con ciertas amistades entre la comunidad germana en la Argentina que seguramente le serían de utilidad, incluyendo la de su auspiciante en la compra de armas, Ludwig Freude.

Tras salir de España con documentos falsos a nombre de Andrés Martínez López provistos por la Jefatura Nacional de Falanges del Mar de Santander, y con un "libre desembarco" a su nombre verdadero firmado por el subdirector de la Dirección de Migraciones en la Argentina, Spitzy llegó a Buenos Aires hacia julio de 1948. Se le habían adelantado en la travesía su mujer norteamericana de 24 años y dos hijos nacidos en España.

"Llegó el gran momento tan deseado", recordaría Spitzy años después, cuando el Monte Urbassa atracó en Dársena Norte. Era de noche, la ciudad, el puerto y el barco estaban iluminados. Desde la sala de mando vio en la dársena a su mujer, María, y al matrimonio Vélez que lo saludaban con entusiasmo.

Spitzy se despidió del capitán (también del barman con un extático auf wiedersehen) y bajó la escalerilla corriendo a los brazos de su esposa. "¡Al fin un happy end!", exclamaba, abrazándose mil veces con María y el matrimonio Vélez. Esa noche cenarían todos juntos en un restaurante exclusivo de Buenos Aires invitados por Vélez. Charlarían durante horas antes de dirigirse a la pensión Don José, en Belgrano, donde María había creado un "nidito" para ellos. Todo estaba "claro, en orden", murmuraba Spitzy, a los 36 años, finalmente, gracias a Dios, en la Argentina.

El pequeño detalle de que ingresaba en el país sin documento alguno no preocupaba a nadie. "Identificado en base a declaración verbal", anotó con soltura el secretario general de la Dirección de Migraciones en su formulario de radicación. Por cierto, lo recomendaba Gino Monti, de la calle Juncal 1082, persona de alguna influencia en estos temas.

A los pocos días, Spitzy se encontraba almorzando en el Jockey Club con Carlos Karlowitzer, el germanoargentino amigo de Vélez cuya madre había logrado sacar de Alemania con la ayuda de Schellenberg. "Nunca podré agradecerle lo suficiente", repetía Karlowitzer, quien luego lo invitó a su escritorio para oír en privado cómo el servicio secreto de las SS había rescatado a su mamá. Prometió a Spitzy la ayuda que quisiera para armarse un medio de vida en su nuevo país.

Al principio, Spitzy no tuvo suerte. Era un espíritu independiente y deseaba rebuscársela por las suyas. Entró en un negocio de importación y exportación con el cuñado de Vélez, quien desafortunadamente resultó ser un bonvivant, terminando el proyecto en bancarrota.

Luego de otros infructuosos intentos de obtener empleo por su cuenta, Spitzy debió acudir a Monti, "quien acaba de nombrarse a sí mismo conde". Hubiese preferido no tener que hacerlo, pero "Gino gozaba de buenos contactos en el círculo de Perón", anotaría en sus memorias.

Así fue como Eva Perón vino al rescate del ex hombre de confianza de Schellenberg. Monti había conseguido un importante encargo para amueblar las locales de primeros auxilios de Evita. Era un contrato demasiado grande para el conde solo. "Gino me pidió que lo ayude", recordaría Spitzy.

Los dos camaradas salieron a recorrer mueblerías creyendo que sus fortunas estaban aseguradas. Grande fue su decepción cuando descubrieron que nadie deseaba hacer negocio con ellos. El gobierno rara vez cumplía los pagos en tiempo, si es que alguna vez los respetaba. Y cuando se enteraban de que el pedido era para Evita demostraban menos fe aún de poder cobrar el encargo.

Fue finalmente por medio de otro austríaco, Harald Siebeneichner, a quien su mujer María había conocido en el barco rumbo a la Argentina, que Spitzy encontró sin modo de vida, la explotación agrícola en la zona del río Ñancay.

Spitzy se apartó del secreto círculo de personalidades que bajo el paraguas de Perón organizaba el ingreso clandestino de ex engranajes de la maquinaria nazi a la Argentina. Cuando el jefe de la División Informaciones de la Casa Rosada, Rodolfo Freude, le hizo saber que deseaba contarlo entre los suyos, Spitzy rechazó "enfáticamente" la invitación.

Juan Domingo Perón (derecha) junto con oficiales italianos en el norte de la península, hacia 1940

Archivo

Ya en febrero de 1946 bajaba la voz desde Alemania a los nazis fugitivos dispersos por España acerca del nuevo secretario privado del candidato presidencial argentino Juan Perón. Pero la historia de cómo la División Informaciones que Perón puso a cargo de Rudi Freude llegaría a manejar los diversos hilos de las rutas argentinas de escape comienza antes, el 26 de noviembre de 1944, cuando un agente especial del servicio secreto de Himmler, hablando castellano con un distintivo acento argentino, descendía en Madrid la escalerilla de un avión procedente de Berlín.

Horst Alberto Carlos Fuldner, alto, rubio, bien vestido, tenía 34 años y su vida hasta ese momento había sido bastante agitada. Nacido en la ciudad de Buenos Aires el 16 de diciembre 1910, hijo de inmigrantes alemanes que luego regresarían a Alemania. Fuldner fue un temprano adherente al nazismo.

A los 21 años ingresó en las SS con el número 31.710. Medía 1,76 metro, calzaba zapatos talle 44, profesión: "exportador". Hablaba correctamente alemán, castellano, francés e inglés. En marzo de 1932 era admitido al NSDAP (Partido Nazi), en Munich con el número 999.254. Para 1933 se había mudado a Kassel. Debe de haber causado buena impresión ya que fue ascendido rápidamente hasta el grado de sturmhauptführer en septiembre de 1934.

Durante ese año fue enviado a Prusia del Este y trabajó para la newsletter de las SS. Compró un auto cero kilómetro con dinero de la organización y tuvo problemas en devolver el préstamo, arrastrando una deuda de 5000 marcos. Fue asignado a tareas administrativas. A pesar de la preocupación que generaban los negociados en que se involucraba se lo consideraba astuto y eficiente.

Su vida personal, sin embargo, era un caos. Fracasó en todo, incluso en su matrimonio. El 22 de noviembre de 1934 se había casado con Hanne Kraus, una alemana de 21 años. Pocos meses después abandonó a su mujer embarazada y a su suegra. Según sus amigos era extremadamente infeliz. A fines de 1935 entró en crisis y su talento para los negocios turbios lo hizo caer en desgracia. Estafó a un empresario en Munich y a una empresa naviera en Hamburgo. Desertó de las SS.

En noviembre de 1935, con su pasaporte argentino, se embarcó a bordo del buque Antonio Delfino rumbo a Buenos Aires. Fue interceptado por el Cap Arcona que viajaba en dirección a Hamburgo. Intentó suicidarse. Envió un cable a Himmler. Obligado a descender en el puerto de Bramenhave, fue allí entregado a la policía secreta. Llevado prisionero a Alemania fue enjuiciado por deserción (fahnenflucht), por sustraer documentos de su propio legajo, por deudas de juego y por robo de dinero.

Fuldner pasó algún tiempo en la cárcel y en enero de 1936 fue degradado (oeffentlich degradiert) y expulsado por sus camaradas. Su anillo con la calavera de las SS fue ritualmente fundido, la máxima humillación que podía sufrir un integrante de la guardia nazi. En medio de este desorden nació su hija Ingrid, el 26 de mayo de 1936. En 1937 se desecharon los cargos de fraude en su contra. La última entrada en su legajo (un documento con obvios signos de haber sido depurado) data de 1938 cuando pidió reingresar en las SS, solicitud que le fue denegada.

Los datos de su vida posterior son menos detallados. Antes de iniciarse la guerra habría vuelto un tiempo a la Argentina, probablemente visitó los Estados Unidos también. Luego sirvió como teniente e intérprete castellano-alemán en la División Azul, el cuerpo de 47.000 soldados españoles que bajo mando alemán combatió en el frente ruso entre agosto de 1941 y marzo de 1944. Viajaba frecuentemente a Berlín.

En algún momento formó parte de la megacorporación nazi Sofindus. Avenida del Generalísimo 1, Madrid, que controlaba las más importantes empresas alemanas de España. Para no perder la costumbre, el SS argentino se halló nuevamente envuelto en un desfalco que le haría perder el "empleo".

Pero aquel día de noviembre de 1944 cuando bajaba la escalerilla del avión en Madrid, Fuldner renacía de sus cenizas. Se hallaba ahora en una "misión especial" del SD para la cual venía provisto de su pasaporte alemán y su pasaporte argentino, a los que agregaba las particulares debilidades financieras que distinguían su carrera.

En la embajada alemana en Madrid, donde se vivían momentos de gran ansiedad por el "amargo final" que se avecinaba, Fuldner se reunió con el diplomático Josef Schoof y con el secretario de legación Wilhelm Petersen, uno de los enlaces nazis del nacionalista argentino Juan Carlos Goyeneche. Fuldner les explicó que su misión comenzaría recién después de concluida la guerra.

También se reunió con el agregado militar alemán en Madrid, coronel Hans Doerr (éste había tenido reuniones con el coronel argentino Carlos Vélez durante 1944), pero rehusó revelarle detalles de su misión: solamente confirmó que tenía que ver con la posguerra. "Lo más importante es salvar la situación presente", decía Fuldner.

Fuldner había llegado a Madrid con los bolsillos repletos. Pagó 45.000 pesetas por un automóvil apenas después de su arribo. El 23 de diciembre de 1944 volvió a Alemania, para regresar una vez más a Madrid el 10 de marzo de 1945. Disponía de un avión cargado de obras de arte (art prints) que deseaba vender en España.

Vivió en la casa del vizconde de Uzqueta, Gonzalo Serrano Fernández de Villavicencio, un ex miembro de la División Azul. Por presión de los aliados, la policía española comenzó su búsqueda. Fue ocultado en El Escorial por antiguos compañeros de la División Azul, vivió con una mujer alemana en la calle Modesto Lafuente 33, huyó a la localidad de Tarrasa, cerca de Barcelona.

Pasado el susto, comenzó a mostrarse públicamente. Era amigo de los hermanos Dominguín, los más famosos toreros de España,y del ex embajador rumano en Madrid Radu Ghenea, con quien pronto compartiría reuniones secretas en la Casa Rosada, en Buenos Aires.

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