Una visita que vuelve a replantear cuál es la misión de un pontífice

José María Poirier Lalanne
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22 de enero de 2018  

ROMA.- Si bien, como sostenía el agudo sociólogo alemán Niklas Luhmann, toda realidad es una realidad observada, quienes se dedican al análisis histórico necesitan una cierta distancia de tiempo y lugar para decantar los hechos y comprender sus implicancias.

Este viaje del Papa a Chile y Perú no parece ofrecerle al periodismo una perspectiva que le permita una reflexión más amplia que la mera crónica. En la televisión italiana, por ejemplo, que he seguido estos días desde Roma, sobresalen dos o tres anécdotas: que celebró un matrimonio en el viaje en avión a Perú, que se bajó del coche en Santiago cuando sufrió un accidente una carabinera que cayó del caballo, el exabrupto con una periodista al responder sobre el cuestionado obispo de Osorno... Hechos aislados, de muy diferente entidad, pero que de todas maneras no refieren lo medular.

Que la visita a Chile constituía una etapa difícil era bien sabido y, en cierta medida, se verificaron las tensiones que se anticipaban en los medios. Pero eso es solo un aspecto. Que la sociedad chilena se haya encaminado hacia una creciente secularización y tome distancia de la Iglesia institucional no es un fenómeno que guarde relación con Bergoglio: se trata de un proceso que la jerarquía local no quiso o no supo advertir ni afrontar hace tiempo. Los graves escándalos de abuso son una triste realidad que no se supo condenar como se hubiera debido.

Es cierto que en Perú encontró un clima diferente al chileno: mayor alegría y adhesión. Pero caben algunas consideraciones. Como bien observa Barbara Fraser, periodista estadounidense residente en Lima, el Papa comenzó su periplo por una región de múltiples contradicciones, con una inmensa riqueza natural, pero con actividades extractivas muy destructivas.

Viven allí varios pueblos indígenas que no tienen derecho pleno a la tierra que habitan ni a los recursos de los que depende su subsistencia. La corrupción en torno al oro y a la madera es inmensa. Francisco llamó a "plasmar una Iglesia con rostro amazónico, indígena". Un esfuerzo por la inculturación tan mentada en ámbitos académicos. Y condenó con fuerza la violencia contra la mujer, al tiempo que reclamó por una nueva legislación.

Es conocida la peculiar personalidad de este pontífice, su estilo personalista y cierta vocación a salirse de los protocolos y a "hacer lío", según sus propias palabras.

Y cabe el planteo que algunos señalan con fuerza al preguntarse si es esa la misión primordial del pastor universal y cabeza de la Iglesia, o debería enfocarse más en la espiritualidad y la búsqueda de armonía y consensos. Allí muchas veces las aguas se separan. El prestigioso periodista y escritor italiano Marco Politi, editorialista de Il Fatto Quotidiano, explicaba que hay aspectos del viaje que iluminan como un faro la fase actual de este pontificado. Se refiere a los rechazos, tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha chilenas que afrontó Francisco. Para Politi constituyen una inaceptable agresión. Al mismo tiempo coincide con quienes en la Iglesia chilena criticaban las posturas erráticas del Vaticano frente a los abusos: "El gran malestar -expresa- por la presencia del obispo Barros, acusado de haber cubierto crímenes de pedofilia del sacerdote Karadima, plantea la urgencia de encarar una política rigurosa contra las ?negligencias' en el tema de abusos sexuales en todos los niveles y en todas las regiones de la Iglesia Católica".

Tuve ocasión de comunicarme con varias personas que han seguido diferentes etapas de este viaje y el mosaico de impresiones y de testimonios es amplio y complejo. Hay quienes manifiestan su consuelo y alegría por las palabras -y sobre todo los gestos- de Francisco antes las más variadas audiencias, y los hay quienes esperaban más o se sienten defraudados y hasta enojados con él.

En general, creo que tanto las expresiones de violencia en Chile como los rostros de muchos políticos que se sintieron juzgados implacablemente por las palabras del Papa manifiestan una vez más que Francisco no es un personaje fácil y que no tiene temor de decir lo que piensa. Es evidente que su opción pastoral apunta a defender la dignidad y la voz de quienes están más desprotegidos y resultan invisibles a los poderosos de la Tierra. ¿Sería quizá su manera de anunciar las bienaventuranzas?

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