Macri, en el peor momento de su mejor momento

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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22 de enero de 2018  • 00:07

Hay un instante a partir del cual los gobiernos quedan expuestos a la realidad construida por ellos mismos. Macri entró en esa etapa: la pobreza inflexible, la inflación recalculada hacia arriba, el empleo en blanco estancado, y las tarifas y los impuestos ajustados casi al unísono levantan juicios críticos que registran hasta los indicadores de opinión más favorables a la Casa Rosada.

Es el peor momento del mejor momento del gobierno de Macri. El Presidente tiene consolidado su poder, logró aprobar en el Congreso la mayor parte de las reformas que pretendía y, por si fuera poco, tiene un horizonte político. Pero es también la etapa en la que la mirada tiende a detenerse más enfáticamente en lo que hace y en lo que deja de hacer. Cambiemos ya tiene pasado en el poder. Ahora, el macrismo comienza a construirse, día por día, más por los hechos que por las promesas. Esa es la imagen con la que cada ciudadano decidirá su voto en el futuro. Se puede resumir en una palabra: resultados.

En su primer mensaje como nuevo presidente del radicalismo, el gobernador Alfredo Cornejo , recordó precisamente esa vieja regla de la política. El mendocino incluyó además un anhelo concreto de los radicales: siempre querrán más cargos en la administración; sospechan que el macrismo tenderá a la hegemonía a medida que se consolide en el poder.

El pasado kirchnerista está ahí. Todavía sirve para edificar expectativas, pero también comienzan a pesar los hechos que Cambiemos generó en más de dos años. No hay gobierno que viva para siempre de las desgracias que heredó, por conveniente que sea usar la "herencia recibida" como trampolín en sistemas políticos melodramáticos como el argentino.

Un eficiente uso del pasado le valió al Presidente ganar las elecciones el año pasado, lo que a la vez le dio una doble ventaja: tener fuerza política para negociar acuerdos reformistas con una parte significativa de la oposición peronista e instalar una idea de permanencia en el poder con un verosímil proyecto de reelección.

La opción por el gradualismo económico fue reafirmada una vez más por Macri a su regreso de las vacaciones en Villa La Angostura, lo que no implica sentarse a esperar mejoras que tal vez no lleguen nunca.

Es por eso que no se quedará quieto: irá contra el gremialismo, convencido de que allí tiene un obstáculo para el desarrollo económico y una oportunidad de diferenciación política.

Eclipsado el kirchnerismo, con su plana mayor encarcelada, el embate de Macri contra los gremios es simultáneo con el avance judicial de varias causas contra sindicalistas que desde años atrás venían haciendo ostentación de sus delitos. Todo el gremialismo cree que detrás del ímpetu de jueces y fiscales está el Gobierno. Las cosas podrían decirse al revés, sin que pierdan veracidad: fue al menos suspendida la garantía de impunidad que durante los gobiernos peronistas tenían esos sindicalistas.

El mundo gremial reaccionó con amenazas que sin embargo no ocultan sin embargo los signos de la división y su vocación de negociar un statu quo. Todo ocurre en el momento en el que el peronismo mixtura conversaciones y posibles acuerdos con deseos confesos de que Macri termine antes de tiempo su mandato. Es el kirchnerismo el que vuelve a fogonear la desestabilización, un fantasma que al macrismo le resulta muy conveniente. Enterrado hace décadas el partido militar como factor de inestabilidad política, es por lo menos paradójico que sea el kirchnerismo el que asuma ese papel. ¿Estará el resto del peronismo detrás de deseos tan explícitos como los expresados por el jurista Eugenio Zaffaroni? No parece posible. En la provincia de Buenos Aires como en el interior del país, los caciques del PJ buscan un candidato razonable y salvar sus propios territorios, mientras esperan que sea la realidad social y económica la que complique el sueño reeleccionista de Macri.

Justo en el momento en el que el Presidente se dispone a pedirles las declaraciones patrimoniales a sindicalistas que se han convertido en millonarios, su ministro de Trabajo, Jorge Triaca, necesitó de él para que lo salve de una renuncia. No es el mejor ejemplo un ministro que usa el cargo para nombrar a su empleada doméstica en un gremio intervenido, con un salario tres veces superior al que cobraba por cuidar la casa familiar. Triaca nombró allegados en la intervención del SOMU, en alegre simultaneidad con el juez responsable de ese caso, Rodolfo Canicoba Corral, por lo demás con graves sospechas en su contra.

El gremialismo no parece tener autoridad moral para pedir el despido de Triaca, pero una franja considerable de los votantes de Cambiemos se siente con el derecho de preguntarse para qué acompaña a un gobierno que no empieza por hacer cumplir en casa una modificación significativa de los comportamientos de los funcionarios públicos. ¿Qué cambia si Cambiemos no cambia lo que prometió desterrar? Eso es parte del contrato simbólico que tienen los votantes con Macri. No es necesario que Elisa Carrió salga a recordarlo.

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