¿Estamos dejando huellas?

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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28 de enero de 2018  

Fuente: LA NACION - Crédito: Enriquez

Guillermo Pareja Herrera es filósofo y psicoterapeuta. Nació en Arequipa, Perú, y emigró a México en 1974. Hoy su nacionalidad es la mexicana. Desde hace más de 30 años vive y ejerce en Chihuahua, tierra desértica y caliente en todo sentido. Es un hombre cálido, sereno, de hablar pausado y palabras bellas y certeras. Por más de dos décadas cultivó una entrañable amistad con Víktor Frankl, el médico y pensador austríaco que hizo de la búsqueda del sentido existencial una poderosa herramienta de sanación psíquica y espiritual. Desde su lugar en el mundo, Pareja Herrera escribe incansablemente unas breves e iluminadoras "Cartas desde el desierto", a las que define como "una mirada sobre la vida, el mundo y la historia social" ( http://lascartasdeldesierto.blogspot.com.ar). Difundidas también por radio, esas cartas se agrupan en, hasta hoy, dos libros que llevan ese título y se publicaron en la Argentina.

En el final del primer tomo, Pareja Herrera cuenta que escribe sus cartas con tinta sepia, porque ese es el color, dice, "de los recuerdos amorosos". Y tras revindicar la presencia del sepia en numerosos paisajes y protagonistas de la vida cotidiana, afirma: "Sepia es, también, una fotografía de ese gran árbol del que soy una pequeña rama. llamada familia".

Cada vez que visitamos a mi madre, mi hermano, Horacio, y yo llevamos fotos que hemos acumulado a lo largo de la vida. Muchas de ellas nos las delegó ella misma en algún momento. Y basta una sola foto para que transcurra una tarde entera a lo largo de la cual se reviven personas que habitan esas imágenes, se recuperan historias, se iluminan zonas increíblemente desconocidas, o no advertidas, de nuestra vida familiar, de nuestras existencias individuales, también de La Banda, Santiago del Estero, donde transcurrimos nuestra infancia, del Buenos Aires al que arribamos apenas adolescentes y de la Europa de donde nuestros ancestros llegaron, vulnerables y apenas provistos, atravesando tierra y mar.

También llevamos cartas que documentan esas historias. Llenas de anécdotas, de sentimientos. Testimonios invalorables y sagrados. Algunas de esas fotos viraron al sepia. La tinta y el papel de las cartas, también. Pero existen físicamente y, mucho pero mucho más, mana de ellas tanta vida vivida. Tanta que abarca más que nuestro propio y finito tiempo individual, para recoger memoria de generaciones anteriores y conservarla para las que nos sigan.

"Veo que el amor es inseparable de la memoria -escribe Pareja Herrera en una de sus Cartas-, pues, quitados de la memoria, quedamos quitados del corazón". Mensajes de texto, correos electrónicos, mensajes de WhatsApp, posteos en las redes sociales, selfies fugaces, fotos que se toman y evaporan en un instante. Nada de eso quedará a quienes vienen (de hecho, ni siquiera queda para quienes no paran de producirlos, enviarlos y recibirlos con un afán obsesivo en el que se vislumbra la adicción). Acaso sean generaciones sin memoria, árboles sin raíces, naves que naveguen ignorantes de qué puerto vienen y a qué puerto van. Mientras fotos, cartas e impresos sobreviven tercos y vitales, albaceas de memorias individuales, familiares, colectivas, sociales, otros soportes nacen y mueren como flores de un día. Nada queda de los diskettes y las disqueteras, de los videos en VHS, de los videos de audio. Agonizan los CD y los DVD. Todo eso en apenas 30 años. Y con la muerte de cada soporte desaparecen para siempre contenidos, historias, testimonios, sentimientos. Memoria. Fueron caminatas frenéticas y sin huella. Acaso sea tiempo de volver a dejar huellas. Parece que no hubo nada, escribió Atahualpa Yupanqui, si se mira sin mirarlo. Todo es malezal confuso, pero mi huella está abajo. Solo hay que plantarla.

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