Por qué la colección musical más grande del mundo puede no ser suficiente

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
El streaming permite acceder a una discoteca casi infinita, pero no necesariamente tiene lo que queremos
El streaming permite acceder a una discoteca casi infinita, pero no necesariamente tiene lo que queremos
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23 de enero de 2018  • 09:27

La forma más sencilla de conocer a qué generación pertenece alguien es preguntándole si vivió la experiencia fundamental del discado del dial up. Esa secuencia de chirridos, tonos y sonidos es una de las maneras más efectivas de medir hasta dónde llegan nuestras vivencias de la tecnología. Si imagináramos algo así como una "fenomenología de la experiencia tecnológica", seguramente incluiríamos esa secuencia, junto al momento en que vimos-en tiempo real-que alguien del otro lado estaba tipeando, pero sobre todas las cosas figuraría la primera vez que descargamos alguna canción.

Hay algo de intoxicante en la idea de poder tener acceso a toda la música alguna vez creada con apenas unos clics. Ni siquiera importa si esto es cierto o no, se trata de la sensación de que si buscáramos algo, ahí estaría disponible. Con la aparición de las primeras plataformas de descarga esta idea de un catálogo universal de música fue tomando forma. Millones de usuarios de todo el mundo dejando disponibles sus colecciones de MP3, siguiendo la máxima de que "compartir es cuidar", formando una colección inmensa e imposiblemente diversa. Claro que con el detalle no menor de ser ilegales.

En respuesta a las alternativas de descarga P2P es que surgieron las primeras tiendas de música, con iTunes como el primer gran ejemplo de éxito con la propuesta, introducido en 2001. Pero hoy ya nadie descarga música. En 2016 por primera vez las ventas de vinilos superaron a las descargas, que ya en 2014 habían superado a las ventas de CDs. Los vinilos se rayan y son notablemente menos prácticos que un MP3 o un CD, pero parecen recuperar incluso con mayor potencia aquella dimensión de la experiencia musical que los formatos digitales dejan afuera. Si coleccionamos discos por sus artes de tapa, o sus olores, es el vinilo el que lleva al extremo esta vivencia de la música. Pero por muchos vinilos que se vendan, la venta de formatos físicos representa apenas una fracción de los ingresos digitales.

El CD nació en 1982 y hoy convive con el disco de vinilo y los MP3
El CD nació en 1982 y hoy convive con el disco de vinilo y los MP3

Lo que nadie se esperaba es que las descargas disminuyeran tanto. Mientras que en 2012 el 70 por ciento del mercado digital estaba representado por las descargas y el streaming por apenas el 18 por ciento, hoy sucede prácticamente lo inverso, con el 73 por ciento de los ingresos por streaming y las descargas representando apenas el 23 por ciento. Tiene sentido: casi todos tenemos un smartphone con una conexión de datos lo suficientemente veloz como para poder escuchar cómodamente. Descargar música sería agregar un paso más.

Pero el streaming también tiene sus trampas. ¿Qué pasa cuando un tema no está disponible en Spotify? O, peor aún, ¿qué pasa cuando un disco que nos gusta nunca estuvo disponible? La respuesta más sencilla es ligeramente desalentadora: no lo escuchamos. Parte del encanto de descargar música de internet, legalmente o no, era la posibilidad de armar nuestras colecciones musicales ideales. Como si de recorrer una disquería infinita se tratara, en los rincones de la web era posible encontrar no sólo la música que los artistas publicaban, sino también los codiciados bootlegs o grabaciones caseras de recitales, ensayos, demos y otras joyitas imposibles de conseguir. En parte lo que los servicios de streaming en sus "jardines vallados" limitan es la libertad de escuchar lo que deseamos y no sólo lo que hacen disponible.

Sin duda la situación hoy es mucho mejor que hace algunos años, cuando ni Spotify ni Netflix ( por no mencionar las decenas de otros servicios similares) estaban disponibles en el país. Después de todo, el principal motivo por el cual se abandona el hábito de "piratear" contenidos es la aparición de alguna alternativa más cómoda, incluso si hay que pagar. Obviamente siempre habrá un número de usuarios que optará por la opción ilegal (¡es gratis!) pero la cantidad de usuarios dispuestos a pagar un monto relativamente bajo por el acceso al contenido que desean no es en absoluto despreciable. Esto se hace evidente en el crecimiento del número de usuarios pagos tanto de Netflix como de Spotify, incluso en el mercado local.

Las ventas de cassettes de audio crecieron un 74% en 2016 en EE.UU. Llegaron a 129 mil unidades, según Nielsen
Las ventas de cassettes de audio crecieron un 74% en 2016 en EE.UU. Llegaron a 129 mil unidades, según Nielsen Crédito: Pexels.com

Quizá lo que más extraño de descargar música es esa libertad, de armar nuestras selecciones sin restricción alguna. Hay toda una dimensión de la experiencia musical que queda afuera de los servicios de streaming. Incluso cuando grabábamos canciones de la radio, la canción pasaba a estar en nuestro poder. Ni hablar de los románticos del mixtape. Ni quiero imaginar lo que sería regalar un compilado de música en un cassette, elegida con absoluta dedicación, para que quien lo reciba nos comente que una canción no se puede escuchar más, porque los dueños de los derechos decidieron retirar esa opción.

Con todo este asunto de las fake news y la forma en que los algoritmos moldean la experiencia que tenemos en las redes sociales cada vez más se recuerda a las burbujas de filtros de las que hablaba Eli Parisier en 2011. Cuando usamos un servicio de streaming como única forma de acceder a la música, ¿no estaremos también cayendo en una versión recortada de lo que podría ser nuestra experiencia de consumo musical?

Cada vez me atrae más la idea de comprarme un aparato y empezar a coleccionar vinilos. Son esos discos grandes, hechos a base de petróleo, que no desaparecen de tu colección si a alguien se le ocurre cambiar un contrato, juntan polvo y tienen ese cierto nosequé. A veces también dan ganas de oler, tocar y mirar la música que escuchamos.

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