Río, un espejo narco para prestar atención

Daniel Gallo
Daniel Gallo LA NACION
Funcionarios de seguridad dijeron que la gigante favela Rocinha, en Río de Janeiro, volvió a estar bajo control después de que cientos de soldados y policías fueran enviados a combatir traficantes de drogas fuertemente armados
Funcionarios de seguridad dijeron que la gigante favela Rocinha, en Río de Janeiro, volvió a estar bajo control después de que cientos de soldados y policías fueran enviados a combatir traficantes de drogas fuertemente armados Fuente: Reuters - Crédito: Archivo LA NACION /Bruno Kelly
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25 de enero de 2018  • 00:12

Con más músculo que planificación, el adolescente Alan Funes tomó su ametralladora y lanzó una ráfaga que reabrió la lucha de clanes rosarinos. Su exposición en las redes sociales lo convirtió en enemigo público N° 1 y la cacería fue bastante rápida. Fue atrapado en una maniobra conjunta de la policía santafesina y la Gendarmería. Existió una decisión política de no dejar crecer ese problema de seguridad.

A Los Monos se los dejó caminar mucho tiempo. Alan Funes cayó mientras dormía. Su caso es un reflejo de las guerras narco en la Argentina. Están protagonizadas por jóvenes salvajes, tan sedientos de sangre como carentes de ideas. Su desorganización da oportunidades tácticas a las fuerzas de seguridad. Aún pueden ser detenidos esos focalizados conflictos. En Río de Janeiro está el espejo que muestra lo que puede ocurrir si no se detiene a esos grupos antes de que establezcan alianzas.

La ametralladora de Alan Funes es una FMK3. El viejo subfusil policial. El arma preferida por los narcos locales por su poder de fuego y facilidad de obtención. El riesgo es que otros pretendan defenderse con una carrera armamentista urbana. Río de Janeiro es un ejemplo de ese problema. El año pasado se decomisaron en las favelas 499 fusiles tácticos militares.

La diferencia es notable. Río de Janeiro es una de las ciudades soñadas por los argentinos en verano. En la profundidad de sus barrios hay en realidad una pesadilla. Está semana informó el oficial Instituto de Seguridad Pública de Río de Janeiro que la tasa de homicidios creció en ese estado a 40 cada 100.000 habitantes. En el Rosario de Alan Funes esa proporción de muertes llega a poco más de 20. Y en la ciudad de Buenos Aires roza 6.

El dato oficial señala que en el Estado de Río de Janeiro se registraron 6731 asesinatos en 2017. La cifra más elevada desde 2009. Las intervenciones militares en las favelas transmiten la imagen de una concreta microguerra urbana. Brasil no cuenta con una fuerza intermedia como la Gendarmería y,en consecuencia, al ser superadas las policías locales -Río de Janeiro tiene dos unidades, la policía de prevención y la policía militar, que nada tiene que ver con sus fuerzas armadas- las autoridades deben recurrir al Ejército y la Infantería de Marina. Y las muertes de agentes policiales allí marcan que la respuesta habitual fue desbordada.

En Río de Janeiro, en 2017, fueron asesinado 68 policías mientras cumplían funciones y otros 162 en momentos de descanso. Esa situación es derivada del poder de fuego alcanzado por los narcos cariocas.

Las incipientes escaramuzas narco en la Argentina son un alerta. Un aviso al que debe prestarse la mayor atención. Río de Janeiro representa una escala de conflicto que puede evitarse. Alcanzado ese nivel de violencia la espiral ascendente de muertes puede ser imparable. Eso ocurre en México. En estos días la ONG Semáforo Delictivo difundió mediante la agencia EFE un informe que consigna 18.989 asesinatos vinculados con el narcotráfico en México durante 2017. El viejo paraíso de Acapulco tiene una tasa de homicidios superior a 100 cada 100.000 habitantes.

El funcionamiento básico de los clanes narco, estructurados alrededor de un primario núcleo familiar y relaciones de amistad, en la Argentina permiten hoy una ventana de oportunidad para evitar pasar al otro lado del espejo de violencia.

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