Una columna de autor para su consumo

Pedro B. Rey
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27 de enero de 2018  

A veces viene bien como ejemplo una reducción al absurdo. Imaginemos que en el futuro se pone de moda utilizar el adjetivo "marxista" para designar, inspirándose en un revival de Groucho y sus secuaces (los Hermanos Marx), una situación cómica. Ese desvío semántico le produciría a muchos (me incluyo) un abrupto cortocircuito en la visión del mundo. Incluso los detractores acérrimos de las teorías del viejo y barbado pensador del siglo XIX se verían ante una encrucijada. Ser antimarxista significará estar en contra de una banda de cómicos y, por propiedad transitiva, de la risa.

"Bizarro" en castellano significa "valiente, arriesgado", pero un uso caprichoso, por culpa del francés y las películas clase B, lo han convertido en "raro, estrafalario", por mucho que la academia de la lengua lo ignore. En todo caso, que las palabras maticen su sentido, incluso cambien, no me confunde tanto como cuando los conceptos aparecen fuera de su contexto original.

Una distorsión actual, bastante inocente, es la de calificar lo que sea con un precioso "de autor". No solo hay libros firmados por un autor, con sus consabidos derechos de autor. Hoy también uno puede darse de bruces con comida de autor, cerámicas de autor, bicicletas de autor. En una esquina por la que paso con frecuencia, una parrilla promociona el producto de sus brasas como "asado de autor". Una peluquería cercana -en una vuelta de tuerca irónica- anuncia sus "pelos de autor". En las últimas fiestas llegó el summum: algunos emprendedores propusieron mesas navideñas de autor.

Supongo que en el origen de la moda reverbera el recuerdo del "cine de autor", aquella noción que introdujo a fines de los años 50 la revista francesa Cahiers du Cinéma. El uso y abuso contemporáneo de la fórmula parece revelar una añoranza o una distinción artesanal en un mundo donde, detrás de la variedad de supermercado, se esconde una uniformidad cada vez más industrial. Algo de eso ocurre con la promesa de lo "orgánico" y, a su manera, no es del todo errado recuperar esa expresión cinéfila tan querida. Aunque "cine de autor" terminó designando las películas de Truffaut, Godard, Bergman o Antonioni (aquellas en que el director ponía su sello personal en cada rincón del film), lo cierto es que en su origen apuntaba a reivindicar a algunos directores estadounidenses que aquellos críticos jóvenes amaban (John Ford, Howard Hawks) y a los que hasta entonces se consideraba simples peones del sistema hollywoodense. Eran industriales, pero algo tenían.

El problema es cuando las palabras se transfiguran hasta tal punto de que se las repite como farsa. Un término al que se le ha trastocado el sentido es el de "industria cultural". Pluralizado, "industrias culturales" se utiliza hoy para designar de manera celebratoria cualquier actividad, cualquier mercado creativos. Cuando Theodor Adorno y Max Horkheimer acuñaron el término (en su famosa Dialéctica de la ilustración) tenía una clara connotación crítica y negativa. La industria cultural se había encargado de transponer de manera artera, sugerían, el arte al mundo del consumo, dando como resultado una síntesis de Beethoven con el casino de París.

Los dos filósofos alemanes consideraban que la autenticidad todavía tenía importancia y, aunque algunos de sus puntos puedan discutirse, todavía resultan sorprendentes sus vaticinios. "Consumir" es un verbo que se repite de manera casi festiva en boca de mucha gente cercana. "Yo consumo series", me dijo hace unos días una amiga cuando le nombré no sé cuál película que pensé podía gustarle. Me tomó desprevenido porque lo dijo con el mismo tono con que podía referirse a una ristra de salchichas. Y tal vez no le falte razón: más que las películas, donde todavía queda algún margen para el destello original, la mayoría de las series (salvemos la última Twin Peaks) son productos industriales altamente calóricos. Algunas incluso se basan en algoritmos ( Stranger Things) para darle a su público exactamente lo que ese público está esperando: quizá no haya nada más distante del arte -aquello que nos abre una perspectiva inesperada- que esa mansedumbre.

Mi amiga llevaba un libro en las manos. ¿También lo consumía? ¡Sí!, me dijo con una carcajada. Era un exitoso manual de autoayuda, de esos que encontrarán rápido reemplazo cuando la próxima temporada los convierta en antigualla. Pero, ¿se puede decir a la ligera que uno consume Don Quijote o los poemas de John Keats? ¿Hay algo más antieconómico que un clásico, que se paga una vez (si no se lo consigue gratis) y resiste toda una vida de lecturas? No. Me gusta creer que no.

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