Educar hijos también es un esfuerzo

Maritchu Seitún
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27 de enero de 2018  

Tener hijos y criarlos es maravilloso y al mismo tiempo es, fue y será trabajoso: lleva tiempo y es por momentos frustrante. Durante los primeros años de sus vidas postergamos muchas cosas personales, dormimos poco y mal, nos queda poco ánimo y energía para otros temas, incluidos uno mismo y la pareja.

Es muy diferente a un proyecto laboral, en el que si ponemos suficiente tiempo y compromiso, probablemente estemos contentos con el resultado, que alcanzaremos en poco tiempo, y también seremos reconocidos y valorados.

La paternidad se ha ido postergando y hoy las parejas empiezan a tener hijos cuando ya han estado por años en el mundo adulto, tienen vidas llenas de intereses personales, han tenido éxitos profesionales, y creo que imaginan que el proyecto hijo (o hijos) será igual de sencillo que alcanzar buenos resultados en un trabajo. Y muchos se sorprenden cuando se encuentran cara a cara con el enorme e irreversible cambio que implica ser padres.

Las generaciones anteriores de madres y padres estábamos más entregadas a la crianza de nuestros hijos pequeños y a lo que implicaba: pocas horas de sueño, muchos berrinches, que no les gustara la comida, que les costara el control de esfínteres, que no quisieran saludar, no tener tiempo para nosotros, postergar nuestra vida social y nuestros proyectos personales, quedarnos en casa el viernes o el sábado a la noche mirando tele. Lo hacíamos en parte porque no teníamos quién nos cuide a los chicos, pero también porque preferíamos acostarnos temprano; sabíamos (y aceptábamos) que les gusta madrugar. Habíamos visto a nuestras madres hacer algo parecido, éramos jóvenes y no estábamos atrapados en la cultura actual de "todo ya" y "no perderse nada". Teníamos pocos y buenos amigos, y esas amistades no necesitaban alimento permanente.

La mayoría de nosotras era muy joven, de hecho yo ni siquiera era profesional cuando nació mi primer hijo. Hoy en cambio los jóvenes se casan y/o deciden tener hijos cuando son más grandes, la edad para empezar fue cambiando de los 20 a los treinta y tantos, a menudo acercándose a los 40, cuando ya viajaron, tienen una carrera profesional exitosa, cultivaron varios grupos de amigos, tienen actividades extralaborales.

Vemos padres en muchos momentos enojados, desilusionados, con la paternidad y con los hijos que no los dejan vivir su vida. Querrían encontrar soluciones rápidas a los temas de crianza sin darse cuenta de que eso lleva amor, pero también tiempo y dedicación.

Esa tarea lleva tiempo, pero no toda la vida; son pocos años en los que dormimos poco y mal, comemos cuando podemos, hablamos con otros adultos solo en el trabajo, no leemos novelas ni podemos sostener otros intereses. "Esto también pasará", dice una sabia frase, y cuando más pronto nos entreguemos, más rápido y agradable será el proceso, y pronto volveremos a tener tiempo para otras cosas, incluso recordaremos con nostalgia esas épocas en las que siempre teníamos un hijo que no nos dejaba mover.

La autora es psicóloga y psicoterapeuta

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