Una versión menos combativa con el foco en los negocios

Michael Donhauser
Benedikt von Imhoff
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27 de enero de 2018  

DAVOS, SUIZA.- Cuántas veces maldijo en el pasado Donald Trump a los círculos elitistas que se reúnen en el Foro Económico Mundial de Davos... En su campaña a la Casa Blanca arremetía contra ellos, al afirmar que eran hijos de la globalización que se llenaban los bolsillos a costa de los trabajadores norteamericanos.

Pero dos días en la idílica localidad suiza parecen haber servido para amansar al presidente republicano, y los globalizadores incluso aplaudieron educadamente al nacionalista económico.

"El presidente que se presenta como luchador por las mujeres y los hombres olvidados, en realidad busca la aprobación de las elites", criticó la organización humanitaria Oxfam.

El aplauso para Trump fue más bien modesto en comparación con el que recibió, por ejemplo, el presidente francés, Emmanuel Macron. Pero, aun así, el magnate recibió la aprobación de los presentes por su discurso político.

"Su reforma fiscal reduce notablemente la carga impositiva y supone un gran impulso para la economía mundial", dijo el fundador del Foro de Davos, Klaus Schwab, en referencia a la medida de Trump. El magnate fue incluso agasajado en el escenario con una marcha especial tocada en vivo.

En sí, el discurso transcurrió sin incidentes y no fue nada espectacular. Hubo un ataque a la prensa que fue abucheado, por si acaso lo escuchaban los votantes de Estados Unidos. Pero, más allá de eso, se vio poco del estilo combativo mostrado por Trump poco antes de viajar a Davos, cuando generó indignación al anunciar nuevos aranceles. Incluso dejó entrever una vuelta al libre comercio y no descartó que su país vuelva al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), de donde lo sacó hace un año en una de las primeras decisiones de su mandato.

Apenas hubo alguna referencia a temas conflictivos de política exterior como Corea del Norte, y ni una palabra sobre Europa, que parece haber vivido una resurrección en Davos como potencia político-económica, con renovada confianza en sí misma.

El ambiente era tenso en la abarrotada sala cuando Trump subió al escenario, acompañado por Schwab. Unas 1500 personas se apiñaban en la sala, entre ellas muchos representantes de la elite financiera y económica, mientras que algunos tuvieron que quedarse fuera.

Schwab se dio cuenta pronto de que esa última comparecencia no sería una más. Cuando defendió que el "fuerte liderazgo" de Trump es propenso a los malentendidos y prejuicios, se escuchó un murmullo.

El ejemplo de Siemens muestra lo delicada que puede ser la cercanía a Trump para los líderes empresariales. El presidente de la empresa alemana, Joe Kaeser, anunció que gracias a la rebaja fiscal de Trump se harán inversiones en la fábrica de turbinas de gas de Carolina del Norte. No pasó mucho tiempo antes de que los sindicatos alemanes se le echasen encima y le preguntasen por los puestos de trabajo allí.

La reforma fiscal de Trump, con una drástica baja de impuestos a las empresas, llenará los bolsillos de las compañías. Siemens, por ejemplo, consigue una cuarta parte de su facturación en Estados Unidos.

Pero a muchos les preocupa el creciente aislamiento en el comercio, la tozuda postura estadounidense respecto de los aranceles y, sobre todo, el tono en el que se presenta todo eso. Analistas económicos auguran daños colaterales ya solo por el hecho de que Trump entorpece el diálogo internacional. Incluso Schwab, que fue extremadamente amable con el magnate, escribió en el libro de visitas: "Las naciones fuertes y soberanas no solo coexisten, también trabajan juntas".

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