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Fake news: Dios no lo permita

Víctor Hugo Ghitta
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27 de enero de 2018  

Digámoslo como se lo escucha en la calle: ya no se puede creer en nada. Bad information? Fake news. O hechos alternativos. El gobierno británico creó una unidad de comunicaciones para investigar noticias falsas y así combatir la desinformación procedente del corazón del poder político. Son fuertes las marcas que dejó la injerencia de Rusia, mediante propaganda surgida de la acción de hackers y la creación de cuentas falsas en las redes sociales, durante la crisis catalana, las elecciones norteamericanas o el debate del Brexit.

El Papa también cuestionó el apego de la prensa a difundir noticias falsas. Señaló que las fake news ponen el acento en estereotipos y prejuicios, y se apoyan en emociones fáciles de suscitar, como el desprecio, la frustración y la rabia. Dijo que son informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular para alcanzar determinados objetivos, influir sobre las decisiones políticas u obtener ganancias económicas. Eso está muy bien, aunque digámoslo todo: eso está llamado a llevar serenidad espiritual a quienes sienten tranquilidad de conciencia. Pero seamos sinceros: ¿cuántos de nosotros seríamos capaces de interrogarnos sin máscaras acerca de eventuales procedimientos venales o espurios, o a revisar cuánto influyen en nuestras decisiones los prejuicios al ejercer el oficio?

Francisco habló días después de que la prensa doméstica señaló por lo menos su indiferencia cuando, a diez mil pies de altura y rumbo a Chile, el Papa del fin del mundo envió un frío telegrama a sus compatriotas y puso así en duda una creencia que durante tanto tiempo fue orgullo de todos: Dios es argentino. Fake new?

Las redes sociales han expandido el territorio siempre fértil para cultivar el engaño. Arquitectos de la mentira sin distinción de color, religión ni ideología fatigan noticias apócrifas, operan a corazón abierto, manipulan conciencias; precisamos ideas sencillas que confirmen nuestras creencias. Queremos pertenecer. Ahora. Instantaneidad y velocidad. Likes y retweets. Desde los días de la manada, necesitamos andar en grupo para salvar el pellejo, y confrontar con los otros. Se llama supervivencia: ellos o nosotros. Transcurrieron siglos desde el amanecer del hombre, y sin embargo seguimos peleándonos en la gruta por los trozos de carne del tapir que acabamos de cazar.

Somos dueños de la verdad. Es una verdad que ahuyenta el pensamiento crítico. Adiós a la verificación de datos. Se sirve de ideas básicas, no importa si discutimos sobre política monetaria, el origen de la ira o el último partido de fútbol. Pero, ¿qué es la verdad?

No es un tema sencillo, nos han enseñado los grandes filósofos. En las charlas de café (¿en los medios?) hay quienes dicen que el mejor modo de sustentar la verdad son los hechos. Pero, desde cierta perspectiva, los hechos son a la verdad lo que la democracia es a los sistemas políticos: son lo mejor que tenemos, pero son imperfectos. O, para decirlo con más precisión, es imperfecta la mirada. En 1950, Akira Kurosawa filmó Rashomon, quizá su primera obra maestra. Aun hoy se estudia ese film como una de las lecciones más brillantes que ha dado el cine a la hora de explicar el peso que cobran frente a la realidad la subjetividad o el punto de vista. Rashomon es la historia de un crimen: en el bosque que lleva ese nombre, en algún momento del siglo XII, un leñador y su mujer son asaltados por un hombre; ella es violada y su marido, asesinado. Hasta allí, los hechos. Pero Kurosawa se encarga de mostrarnos las diferencias con que cuatro personas narran el mismo episodio. Nada es lo que parece. ¿Qué son entonces los hechos?

La ciencia, tan seriecita ella, tan rigurosa, no sabe del todo por qué somos capaces de dar como cierta una noticia aun cuando las evidencias indiquen que es falsa. Para ser amables, digamos que somos obstinados. Andrea Goldin, neurocientífica e investigadora en el Conicet, dice que desde muy temprano el ser humano es regido por lo que ella denomina un sesgo de confirmación: no importa si algo es verdadero o falso, ni cuánta sea la evidencia en uno u otro sentido, tendemos a interpretar esa evidencia en favor de nuestra propia idea. Si no lo notaron, sépanlo: siempre, ustedes y yo, tenemos razón.

En el fondo de ese empecinamiento quizá esté la necesidad muy antigua de tener certezas que ahuyenten el miedo. Hay que viajar en la historia hasta llegar a las cavernas, en cuyos muros nuestros antepasados pintaban animales que procuraban cazar para proveerse de alimento y así asegurar su supervivencia, para comprender que el fenómeno está lejos de ser nuevo. Es posible -dice Goldin- que en ese tiempo remoto cientos de veces el cazador pintó bisontes o cabras sin que en los días posteriores la cacería hubiese sido particularmente provechosa. Sin embargo, habrá bastado con que ocurriese en algunas ocasiones para que el hombre del Paleolítico creyera haber encontrado en esa sucesión de hechos un patrón de conducta. Que ese pensamiento mágico haya sobrevivido millones de años nos trae una noticia que es, quién puede dudarlo, verdadera: aunque algo mejor equipados que nuestros antepasados, somos unas bestias.

La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el sábado 3 de febrero.

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