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La infranqueable doctrina del gobierno francés

Luisa Corradini
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28 de enero de 2018  

París.- El trabajo de los políticos es hacer que las cosas sean posibles. El de la prensa, decir la verdad con la mayor honestidad. El problema es que, a veces, ambos objetivos entran en colisión.

La declaración del presidente francés, Emmanuel Macron , sobre el futuro del acuerdo de libre comercio Mercosur-Unión Europea (UE), formulada anteayer en París, fue en ese sentido un caso emblemático.

¿Cuál fue la verdad difundida por agencias de noticias y medios de comunicación argentinos y franceses? Que el presidente francés está convencido de que el acuerdo será beneficioso para ambos bloques y que hay que hacer todos los esfuerzos necesarios para que los negociadores superen los escollos que persisten, pero que es preciso seguir negociando. En otras palabras: todo muy bien, pero por el momento no hay acuerdo.

¿Por qué la prensa afirmó que el presidente argentino no había recibido la "buena noticia" que esperaba? Porque él mismo repitió durante toda su gira que tenía confianza en que Macron "le diera una buena noticia", levantando sus reservas, en particular sobre la carne bovina, durante su reunión del viernes por la tarde en el Palacio del Elíseo, a fin de que los negociadores en Bruselas pudieran cerrar el acuerdo.

Para el equipo de gobierno, la prensa habría entendido todo al revés. "Lo importante de la intervención de Macron es que, por primera vez desde que comenzaron las negociaciones, un presidente francés da un apoyo tan irrestricto al acuerdo", argumentaron.

¿De dónde habrá salido esa afirmación, que no tiene ningún asidero histórico? Lo que dijo el viernes Macron es solo una reiteración de la doctrina enunciada por sus antecesores -con más o menos vehemencia, es verdad- desde que comenzaron las negociaciones en 1999.

Basten algunos ejemplos: en 2008, el presidente conservador Jacques Chirac declaró: "La UE tiene por vocación establecer lazos privilegiados con los grandes polos del mundo. Pienso desde luego en China, la India y en todos esos grupos de países como el Mercosur [...] que aspiran legítimamente a que sea reconocida su nueva estatura política, económica, tecnológica y financiera".

En 2011, su sucesor, Nicolas Sarkozy, el más reticente de todos, afirmaba: "Soy partidario de la libertad de comercio, legal y en igualdad de condiciones. Pero los países del Mercosur deben comprender que debe haber una línea roja. Que no podemos aceptar productos que no responden a las normas que nosotros imponemos a nuestros agricultores".

El jueves, hablando ante los agricultores, Macron no solo reiteró esos principios, sino que repitió -textualmente- la imagen de una "línea roja". Incluso reprodujo los mismos argumentos: "No podemos hacer acuerdos que favorecen a un actor industrial o agrícola a miles de kilómetros, que tiene otro modelo social o medioambiental y que hace lo contrario de lo que nosotros imponemos a nuestros propios actores".

Hace dos años, por último, el socialista François Hollande había validado junto a la canciller alemana, Angela Merkel, la intensificación de las negociaciones. En vísperas de su viaje a Buenos Aires de 2016, el presidente declaró a la prensa "la búsqueda de un acuerdo comercial equilibrado y ambicioso entre la UE y el Mercosur es muy importante", pero advirtió que Francia estaba "muy atenta" a su sector agrícola-ganadero.

Desde hace casi 18 años, los sucesivos gobiernos franceses invocan las mismas objeciones -prácticamente con las mismas palabras-para defender su sector agrícola-ganadero. Y afirman, cada vez, que los negociadores en Bruselas serán capaces de resolverlas. Objetivo que, con seguridad, terminarán por lograr.

Si bien esa obstinación es comprensible analizada del lado francés, es legítimamente frustrante para países que quieren "crecer y desarrollarse", como no cesa de repetir con justa razón el presidente Macri .

Pero la inflexibilidad de un actor de la negociación, no tiene por qué significar el fracaso político de los otros protagonistas. A condición, obviamente, de que estos no creen en la opinión pública expectativas que no están ciento por ciento seguros de concretar.

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