Un Grammy políticamente incorrecto

Sebastián Ramos
Sebastián Ramos LA NACION
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29 de enero de 2018  • 03:02

"La mujer es el negro del mundo. Sí, ella lo es, pensalo. La mujer es el negro del mundo. Pensalo y hacé algo al respecto". Conciencia y diversidad fueron los lemas del Grammy para celebrar su 60 edición. Conciencia pensando en el movimiento Time's Up en contra de los abusos sexuales que salieron a la luz en el mundo del espectáculo en el último año. La palabra diversidad se usó teniendo en cuenta que por primera vez no había un hombre blanco norteamericano nominado a mejor grabación ni álbum del año. Pero, digamoslo, poco de eso ocurrió. La industria de la música celebró anoche su autopremiación con un show que, más allá de gestos para las cámaras, nada tuvo que ver con el espíritu de aquella canción que escribieron en 1972 Yoko Ono y John Lennon, que denunciaba en un mismo verso la realidad de las mujeres y de los negros en este mundo.

En los números, Bruno Mars fue "el ganador" de la noche. Se alzó con los tres premios más importantes de la jornada, Mejor álbum, Mejor grabación, Mejor canción. Pero Bruno Mars no representa lo mismo que Kendrick Lamar o Jay Z. Lamar fue la gran estrella invitada, llevándose cinco premios, disfrutando del lujo de contar como extras a Bono y The Edge en una de sus canciones y confirmado como celebridad del mainstream al abrir la ceremonia con un show dividido en tres partes que demostró cuán incómodo puede estar un artista fuera de su ámbito. Jay Z y su esposa Beyoncé, apenas mostraron sus caras y la de su hija para la TV. "Solo quería recordar a la audiencia que lo único más aterrador que ver a un negro ser honesto en Estados Unidos es ser un hombre negro honesto en Estados Unidos", dijo el comediante Dave Chappelle en medio de la presentación de Kendrick Lamar, en el único discurso con contenido más allá de las canciones. El tema central estaba en el aire, pero nada de eso pudo anoche opacar una ceremonia pensada para que la industria siga girando. Long live music (larga vida a la música) fue el eslogan demagócico de esta premiación, que busca aggiornarse año tras año, ahora más que nunca con la mente puesta en cómo el streaming puede salvar el negocio musical más que en la eternidad de la música.

¿Las mujeres? Muchas rosas blancas para diferenciarse del vestido negro de los Globos de Oro, pero Lorde fue la única representante del género nominada en las tres categorías principales. No solo no ganó ninguno de esos premios, sino que en la previa a la ceremonia se dio a conocer que no subiría a cantar porque los organizadores le ofrecieron hacerlo acompañada de otro músico y no sola como ella quería. "De las 899 personas nominadas en las últimas seis ediciones de los Premios Grammy, 9 por ciento eran mujeres (este año, Lorde es la única mujer nominada a Mejor Álbum del Año; no va a actuar)", escribió su madre en su cuenta de Twitter.

El tiempo se acabó, sí, pero la industria sigue manejando los tiempos a su antojo. "La mujer es el negro del mundo. Sí, ella lo es, pensá en eso". Tan así que el show más festejado de la noche fue el de Luis Fonsi y Daddy Yankee cantando "Despacito", tomando el lugar latino que alguna vez ocupó Ricky Martin, con cientos de caderas bamboleándose de aquí para allá, mientras John Legend movía la cabeza en primer plano.

La ceremonia que iba a consagrar finalmente al hip hop como banda sonora de los Estados Unidos y ponderaría la igualdad de género, demostró una vez más qué lejos estamos de ese mundo del que muchos tuitean pero pocos impulsan en la vida real.

Habrá que admitir que el golpe de efecto de hacer la fiesta en Nueva York después de quince años en vez de la siempre soleada Los Ángeles fue una buena movida, pero la jugada solo sirvió para que Sting cantara que todavía se siente un extranjero en esa ciudad y para que U2 haga lo suyo frente a la estatua de La Libertad. Cosas del destino, anoche U2 tuvo más presencia que MeToo.

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