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La hechicera de la tribu

Diana Fernández Irusta
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30 de enero de 2018  

"Y que podáis estar en esta casa/ como la música está en el instrumento". Así culmina el poema "Para la casa nueva", suerte de bendición laica escrita por Úrsula K. Le Guin, traducida por su amiga, la escritora argentina Diana Bellesi, y publicada en Gemelas del sueño, una bella compilación de textos de ambas autoras.

Recuerdo la primera vez que leí "Para la casa nueva": lo copié, lo imprimí y -una puede ser tan literal a veces- lo guardé en una carpeta entre mis cosas, decidida a enmarcarlo el día de la gran mudanza, esa que me permitiría inaugurar un hogar más amplio, más luminoso, más a la medida de ciertos sueños. Pero la gran mudanza nunca llegó. Y resulta que Úrsula K. Le Guin ya no está en este mundo.

Cuando supe de su muerte, unos días atrás, pensé en Gemelas del sueño. Y pensé en Un mago de Terramar, libro que alguna vez tuve, que luego perdí y que acababa de comprar con la idea de volver a leerlo, pero esta vez con mi hijo. Pensé también que tras esa noticia muchos nos íbamos a sentir un poco más huérfanos.

Nunca fui su lectora devota; fui su groupie. Nunca fui su intérprete lúcida; fui su fan. Creo que no hay persona a quien haya querido a la que no le haya regalado un libro o alguna de las frases de Le Guin que subrayaba, escribía en agendas, incluía en dedicatorias.

Me sumergí en sus universos como quien se permite vivir una y muchas vidas; amé la épica de sus historias como nunca pude apreciar la de Tolkien y su aguerrida comunidad del anillo. A Le Guin la sentía cerca. Era madre, gurú, hechicera de la tribu, maestra de planos paralelos. Conocerla tuvo algo de iniciático. Como tantos otros adolescentes, hice de La mano izquierda de la oscuridad un manual taoísta, un anticipo etnográfico, la deslumbrante promesa de que ciertos interrogantes eran posibles. "La luz es la mano izquierda de la oscuridad y la oscuridad es la mano derecha de la luz; las dos son una, vida y muerte, juntas como amantes", proclamaban los guedenianos retratados en la novela, seres andróginos -ying y yang caminante- que podían, a lo largo de una vida, ser alternativamente hombre y mujer.

Ese era el don de Le Guin. Escribir de dragones, viajes en el tiempo o naves espaciales, construir relatos de imaginación frondosa y lanzada hacia el infinito. Pero anclar cada una de esas historias en preguntas profundas, políticas a conciencia, ante todo orientadas a lo que, podría decirse, ha sido el hilo conductor de toda su obra: la enorme aventura de encontrarse con el otro, fuera este habitante de otro planeta, integrante de otra cultura o, simplemente, alguien de diferente género.

"Nada, ni la distancia ni los años, puede ser más grande que la distancia que siempre estuvo entre nosotros, la distancia de nuestro sexo, la diferencia de nuestro ser, la de nuestras mentes; esa brecha, ese abismo que salvamos con una mirada, un roce, una palabra, la cosa más simple del mundo", le dice Takver, uno de los personajes de Los desposeídos, a su esposo, Shevek. Ambos nacieron en Anarres, un pequeño satélite habitado desde hace varias generaciones por una comunidad anarquista. Los desposeídos no es una distopía, pero tampoco una utopía en sentido estricto: los anarrestis, que despojaron su vida, contrato social y hasta lenguaje de cualquier residuo de dominación o posesión, ven cómo el poder también teje su invisible telaraña entre ellos.

Los mundos que imaginaba Le Guin eran mundos inestables porque los seres humanos, pertenezcan a la cultura (o dimensión planetaria) que sea, lo son. Su mirada, incluso en los relatos más duros (la devastación colonial en El nombre del mundo es bosque, por caso), siempre tuvo algo de amoroso; la comprensión de quien se sabe falible, tanto como sus congéneres o el mismísimo universo que habita. Nos quedaron sus palabras. En lo que a mí respecta, un poema que ya mandé a enmarcar.

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