Derrotero de un espía

La singular historia de José Presas y Marull
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2 de diciembre de 2001  

José Presas y Marull, nacido en Cataluña, tuvo vida intrigante y llegó a secundar en Río de Janeiro a la habilidosa infanta Carlota Joaquina, hija de Carlos IV y la reina María Luisa de Parma, hermana de Fernando VII, poco atractiva (versión Goya), pero ambiciosa: pretendía regentear los virreinatos sudamericanos desde Buenos Aires. Presas atravesó el intrincado camino del poder, jugó a dos bandos –y hasta a tres–, como sucede en las mejores familias mafiosas. Se enredó en la fuga de Beresford a Montevideo, tramó con los conjurados en la revolución porteña y acudió a la rúa do Ouvidor, casa visitada por emisarios y espías. Al anfitrión Saturnino Rodríguez Peña lo visitaban Aniceto Padilla, el coronel Burke y el médico inglés Diego Paroissien.

Presas los traicionó desde ese imperio de los Braganza. Esa habilidad fue alimento propicio para quienes necesitaban su fidelidad por el tiempo básico para lograr acotados objetivos y él los complacía por vanagloria de sagaz y temerario. Está registrado en sus Memorias secretas de la princesa del Brasil, aparecida en Burdeos (1830) y en Montevideo (1858), entre una docena de obras polémicas que suscribió.

Llegó chiquilín al estuario limoso ante el llamado de parientes afincados en la misteriosa Buenos Aires. Estudió en el Real Colegio de San Carlos y quizás hubiera pasado como un patriota si la muerte lo hubiera atrapado en la miserable cárcel virreinal donde lo arrojó el marqués de Sobremonte. Porque el virrey lo creyó responsable de panfletos que circularon en 1805: preconizaban nada menos que la independencia de la corona.

Ruego a Sobremonte

Como lo suscribió y catalogó de sí mismo (dudaban de su licenciatura en derecho en Charcas) "el doctor don José Presas y Marull, a vuestra excelencia, con el más sumiso respeto digo: que el infeliz estado a que me veo obligado, me fuerza a llamar la superior atención de vuestra excelencia (por el virrey Sobremonte) para que me considere confundido entre los mayores facinerosos, envuelto entre la vil canalla de negros y mulatos, sujeto a la voz de unos hombres que ejerciendo el oficio de carceleros purgan sus excesos y delitos, y por último sufriendo las grandes incomodidades inseparables siempre en una prisión estrecha e inmunda, como la que me tiene confinado".

Este ruego se agregó al "Sumario instruido al doctor Don José Presas y Marull por circular un papel referente a la independencia" iniciado por el propio virrey el 23 de abril de 1805 por nota reservada al oidor Juan Bazo y Berry.

La indagación del oidor determinó que el papel subversivo era del doctor Presas, pero no pudo probar otra cosa que la confesada por el acusado quien, en la indagatoria, sólo aceptó haber sido hallado con el panfleto en una mesa en lo de Marcos (en realidad decía "en el café frente a la iglesia de los estudiantes") y que, después de leerlo, lo destruyó.

Para mayo de 1806, y a pesar de la falta contundente de pruebas, Presas fue condenado a ser repatriado a la península desde Montevideo. Allí estaría libre, pero con obligación de presentarse diariamente a la autoridad hasta que se lo embarcara a España. La condena no se ejecutó a causa de la Primera Invasión Inglesa. Seguramente, Presas aprovechó para escabullirse hasta que fue apresado, quizás en las costas del Paraná. Solo existe en la Sala IX del Archivo General de la Nación una relación pomposamente denominada "Diario administrativo de la comisión desempeñada por el ayudante mayor Domingo French en la Banda Oriental con relación a la prisión de José Presas y Marull", misión cumplida entre el 17 de febrero y el 19 de junio de 1807. Los detalles son casi una rendición de gastos, pero descubren que French había tenido también la misión de llevar a Sobremonte a la Banda Oriental con una partida del primer escuadrón de los Húsares de Pueyrredón. El 22 de febrero, según las Memorias Curiosas de Juan Manuel Berutti, fondeó en las balizas de Buenos Aires el barco que trajo preso a Sobremonte, luego internado en la quinta de los betlemitas con una guardia de 50 hombres.

Pero Presas ya no estaba del otro lado del río porque French anota que gastó "en una diligencia que hice al Baradero" (ya de regreso y desde Higueritas, porque Montevideo había sido tomado el 3 de febrero). Desprendió "ocho hombres a la prisión de don José Presas y Marull el 8 de marzo, flete de caballos y baqueano, pagado 17,2 pesos al mismo capitán de Pardos". Y más adelante (en Luján) precisó que "en el mismo paraje despaché a don Martín Vergara y don José Lostoyo con un baqueano, a que condujesen al reo don José Presas, que lo traía conmigo sumariado, a entregarlo con oficio al comandante de mi cuerpo para que lo tuviera en el cuartel (de Buenos Aires) preso a disposición del ilustre Cabildo".

Chau, Buenos Aires

Presas dejó Buenos Aires en 1808 con intenciones de volver a España. Embarcó en un bergantín portugués con destino al puerto de Santos. Allí se enteró de que franceses y españoles consumaron la invasión a Portugal. Toda la corte lusitana se había retirado a Río de Janeiro y hasta allí siguió Presas en un cúter inglés. Con los cambios operados en las guerras imperiales, él había pasado a ser un concreto enemigo. Fue confinado a la ciudad, por lo menos hasta que llegó una pequeña flota con el contraalmirante Sidney Smith.

Fue Smith quien introdujo a Presas en la corte de los Braganza, pero el príncipe regente Juan de Portugal y esposo de la infanta Carlota Joaquina desde 1785, confinó a Presas al interior del Brasil, resguardo de poca duración: llegó el anuncio de que habían concluido los problemas de España con la Inglaterra protectora de Portugal. Muy pronto, Presas pasó a ser secretario de la infanta, escribió toda la correspondencia suscripta por la infanta a las autoridades españolas de los virreinatos, a quienes instaba a mantenerse fieles a la Corona –que la de Goyeneche vaya bien tocadita, le pedía a Presas–, correo que cumplió el espía viajero coronel Burke o Santiago Borgh. O como las que se remitieron a los revolucionarios, lisonjas transitorias, ya que todo se daría vuelta.

El primer desengañado sería Saturnino Rodríguez Peña que con Diego Paroissien envió cartas a los hombres de la jabonería. El dato se filtró y la infanta denunció a Liniers al emisario que llegaría en la fragata Mary. Así en Buenos Aires se abrió un largo proceso. La infanta luchó contra la Perichona cuando se instaló en Brasil; también enamoró a Lord Strangford, desdeñó a su consorte y sedujo a Sidney Smith.

De Presas se consiguen valiosos datos y vericuetos de aquella intrincada política. De Ruiz Huidobro dijo que se perfumaba demasiado, y del marqués de Casa Irujo, que desconocía toda etiqueta cortesana.

A la hora de las definiciones, cuando la Buenos Aires del Liniers virreinal tuvo disputas con la plaza de Montevideo, Javier Elío decidió comprar armas en Río de Janeiro. La infanta no dudó un instante. "Presas –rogó–, las armas son mil y doscientas y seiscientos sables de caballería". Pero para Mayo del año 10, los hombres de la jabonería ya no necesitaban de esta aristócrata a quien su mejor biógrafo llamó "reina de los tristes destinos". Murió en 1830. Presas la sobrevivió 12 años.

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