Macri juega con fuego y se termina quemando

Luis Majul
Luis Majul LA NACION
En esta segunda mitad de su mandato, el Gobierno deberá explicar mejor sus decisiones y recordar a sus votantes desde dónde se partió
En esta segunda mitad de su mandato, el Gobierno deberá explicar mejor sus decisiones y recordar a sus votantes desde dónde se partió
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1 de febrero de 2018  

El Presidente juega con fuego, se quema y de inmediato su equipo de confianza sale a rescatarlo, un tanto chamuscado. Esto es lo que viene sucediendo desde la rutilante victoria electoral en octubre del año pasado: Mauricio Macri toma decisiones controvertidas, paga un altísimo costo político y en el Gobierno empiezan a rezar para que el barco no se le vaya a pique.

Ahora la discusión es si la caída de su imagen positiva representa un quiebre definitivo de las expectativas y la confianza o si se trata de una "indignación de verano". Indignación que se explica por la quita inicial en los aumentos de las jubilaciones, la suba de tarifas y de combustibles, los movimientos del dólar y el sostenimiento del ministro de Trabajo, Jorge Triaca, a pesar de las críticas que generó su conducta dentro y fuera de Cambiemos.

Empecemos por el final. Triaca puede ser una buena persona y un eficiente funcionario. Pudo, incluso, como sostiene el propio Macri, haber comandado una intervención "de fondo" más o menos exitosa, comparada con el desbarajuste y la corrupción que imperaban en el SOMU. Pero eso no puede justificar el hecho de que designó a casi 200 personas que, en principio, no responden a la lógica de funcionario idóneo que proclama Cambiemos. Y el nombramiento de Sandra Heredia como "interventora" de la seccional San Fernando, con un ingreso muy superior al que cobraba como empleada de limpieza de la familia Triaca, se parece mucho al caso del jardinero de Fernando de la Rúa: un trabajador que recibía un salario del Estado por tareas que desempeñaba en el sector privado. Los asesores del ministro se tomaron el trabajo de enviarme el documento con la liquidación de haberes de Heredia para justificar que era empleada de su hermano Carlos y que no cobraba en negro. Pero la verdad es que si el exministro de Trabajo Carlos Tomada hubiera hecho lo mismo que Triaca, habría recibido el repudio y el pedido de renuncia inmediata de la mayoría de la prensa nacional.

"Esto era Uganda y nadie ponía el grito en el cielo. Ahora quieren que de la noche a la mañana nos convirtamos en Suiza", repitió Macri una y otra vez, a su regreso de las vacaciones, ante sus ministros, cuando los pedidos de apartamiento de Triaca arreciaban. A su razonamiento le falta un argumento: los votantes de Cambiemos terminaron optando por él, por María Eugenia Vidal, Elisa Carrió, Horacio Rodríguez Larreta y Graciela Ocaña, entre otros, porque, al presentarse como candidatos, les prometieron que harían todo lo contrario a lo que hacía el kirchnerismo. Y las decisiones del ministro de Trabajo se insertan en la cultura política de los gobiernos anteriores. Por eso entiendo que no alcanza, para capear el temporal que suscitó el escándalo Triaca, la iniciativa de impedir que los parientes directos de los ministros sigan siendo funcionarios públicos. Y tampoco parece suficiente congelar el salario de ministros, secretarios y directores y retirar de la planta a casi mil agentes. No niego que se trata de una decisión valiosa desde lo simbólico. Le otorga al Poder Ejecutivo cierta autoridad moral para pedir a los gobiernos provinciales y las municipalidades que le pongan freno al despilfarro. Pero parece más motivada en la pretensión de detener la oleada de indignación de los votantes de Cambiemos que el producto de una reflexión profunda.

Entre los analistas clásicos hay dos corrientes de opinión. Una sostiene que la caída de imagen de Macri es momentánea y no definitiva. El argumento central es que la fuga no fue a parar a ningún dirigente de la oposición. Y que ya pasó lo mismo cuando estalló el caso del Correo Argentino, y luego volvió todo a "la normalidad". La otra corriente afirma que el cambio de humor puede llegar a ser estructural, porque no está motivado solo por el affaire Triaca, sino que se enmarca en el contexto de medidas económicas que afectan a votantes de Cambiemos. Entre una y otra mirada hay una tercera hipótesis que todavía no fue suficientemente desarrollada. Tiene que ver con el nivel de expectativas y el inevitable paso del tiempo. En efecto, el Gobierno transita la segunda mitad de su mandato. Esto significa que, a partir de ahora, ya no será tan efectivo ni redituable compararse con las gestiones de Néstor Kirchner, Cristina Fernández ni todo el sistema político, económico, empresario y sindical que "reinó" durante los últimos años. Implica que la paciencia o la tolerancia no será la misma que en los inicios de la gestión.

En realidad, puesto en perspectiva, Macri debería preocuparse aún más: es el único presidente de América Latina cuya imagen positiva supera el 40% de los votos. Por lo tanto tiene todavía mucho para perder, inserto en un contexto social volátil, complejo y pesimista. Un "ambiente público" donde los cambios de humor son cada vez más bruscos e inesperados. En una sociedad con una cultura mayoritariamente populista, una sociedad que protesta por la quita a los aumentos jubilatorios de marzo, pero que también aplaude la incorporación irresponsable de cuatro millones de jubilados sin aportes que desequilibran el sistema, alimentan el déficit, impactan en la inflación y alimentan la pobreza.

El Presidente, ingeniero, debe estar sopesando ahora mismo el cruce de las dos curvas: la de la velocidad de los cambios positivos, para que lleguen "a la gente" justo para la época en que se vota, con la línea de la pérdida de paciencia, enojo y "desencanto". Macri ha optado por absorber las "facturas" que correspondieron a la reforma previsional, los aumentos de tarifas y la conducta de Triaca. Debería estar muy atento, a partir de ahora, no solo a la política económica y las consecuencias del megadecreto, sino también a los casos que involucran, con distintos niveles de responsabilidad, al ministro de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere; al de Ambiente, Sergio Bergman; a la Secretaría de Deportes, que comanda Carlos Mac Allister, y al seguimiento de las transacciones de las empresas de sus parientes, quienes compraron y vendieron parques eólicos y obtuvieron por la operación ganancias por millones de dólares.

Hay, en este amplio paquete que todavía no se terminó de desatar, fallas éticas, conflictos de intereses y presuntos delitos que van desde las negociaciones incompatibles con la función pública hasta las dádivas y el cohecho. Pero mientras el Presidente sigue jugando con fuego hay una alternativa que viene siendo desechada una y otra vez por su equipo de "bomberos": explicar, con lujo de detalles, cada decisión y cada determinación, por más dolorosa e impopular que sean. Recordar, cada tanto, desde dónde se partió, hacia dónde se pretende ir y cuál es el rumbo elegido para llegar a la meta. El pecado original de no exponer, desde un principio, el desbarajuste que dejó Cristina Fernández ya no se puede corregir. Pero siempre se está a tiempo de decir la verdad, en vez de especular con la idea de que si no hace mucho ruido, un decreto o una ley controvertida pueden introducirse de manera subrepticia. Y no vale, para lo que queda, la suposición de que, al final, a pesar de tanta resistencia, Macri va a terminar solucionando los problemas estructurales de la Argentina, igual que encauzó tanto a Boca Juniors como a la ciudad de Buenos Aires. La envergadura y el impacto de las decisiones que se toman para gobernar un país son incomparables. Y el riesgo de regresar a lo peor del pasado reciente todavía no se disipó.

Por: Luis Majul

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