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Un británico en las pampas

La historia del primer alambrado realizado en la Argentina
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14 de octubre de 2001  

Algunos porteños saben. La plaza 1º de Mayo, en Pasco y Alsina, fue cementerio protestante. Pero no todos conocen detalles de la clausura de esa reducida necrópolis que llevaron al sector británico de la Chacarita. Sucedió en 1923, pero sólo se trasladaron las lápidas, por lo que los despojos de los inhumados perduraron bajo los canteros de la plaza. Entre otros, los de Richard Black Newton, un británico nacido hace dos siglos en Londres -frente a Westminster, Támesis por medio, el 15 de marzo de 1801-, personaje del historial ganadero argentino no sólo porque adquirió costumbres rurales nativas y se casó, en 1830, con María de los Santos Vázquez, la muchacha de campo que le dio 15 hijos, sino por haber protagonizado dos curiosos sucesos.

Participó en el partido de cricket jugado en el Buenos Aires de 1819 (en una improvisada cancha del hoy parque Lezama donde se lucieron otros jóvenes players, más tarde notorios en la banca, el periodismo y los ferrocarriles rioplatenses). Fue el encuentro pionero, siempre que no se considere el que improvisaron en el Retiro los oficiales de William Carr Beresford durante la infortunada Primera Invasión Inglesa.

La segunda notoriedad de Newton resultó de haber sido quien instaló el primer alambrado (1845) del grosor de un dedo y sólo cercó la huerta de su estancia que llamó Santa María en homenaje a su esposa, casco todavía en pie cerca del río Samborombón. Allí murió atrapado por la epidemia de cólera, el 14 de enero de 1868, doce días después que el mal tronchó la vida del vicepresidente de la República (Marcos Paz), uno más entre 4500 víctimas fatales. Quedó enterrado allí con otros dos dependientes alcanzados por la epidemia, y tres años después sus restos fueron llevados al cementerio de disidentes de la calle Pasco.

El empleado de tienda

El joven Newton estudió en el Blue Coat School y cuando llegó a Buenos Aires también lo hizo John Gibson (h.), quien abrió aquí la sucursal de la empresa familiar textil John Gibson and Son, de Glasgow. La tienda funcionó en la calle Potosí (hoy Alsina), que desde entonces perduró como una arteria textil. Allí Richard Black Newton fue tendero, pero pasó a las estancias que Gibson compró en la frontera sur. Fue el primer administrador de la estancia Monte Grande, a seis leguas de Buenos Aires, y luego en otras de las cercanías de Chascomús, cuando los Gibson compraron esos campos a Juan Bautista Segismundo, aquel alarife que comandó la construcción de la Recova Vieja, ese mercado que partió en dos la Plaza Mayor.

Newton se encariñó con las tierras sureñas, feraces pero húmedas, casi sobre la barranca sur del Samborombón. Soñó comprarlas y para la primavera de 1834 -hace exactamente 165 años- fue el propietario. No escaseaban los indios maloneros, pero la indiada "tenía buena relación con el Tata Inglés, como llamaban a mi abuelo", reseñó alguna vez Mariana Newton de Gallarani, nieta del pionero. De todos modos, los riesgos no superaban el margen ganancioso que este y otros hacendados ingleses le vieron futuro a la franja sur de estas pampas para criar ganado lanar. Newton echó allí sus majadas y seis años después importó un plantel de 10 ovejas y 2 carneros marroquíes de la raza Sajonia Electoral, nombre irónico en tiempos autoritarios y de mazorca.

Fardos y clavicordio

Era un progresista y quiso ganar mercado. Mejoró los vellones con el lavado de ovejas en el río antes de la esquila y fue de los primeros en tener una máquina de enfardar. Así, rápidamente, embarcaba su producto en la muy cercana desembocadura del Samborombón en la bahía homónima. Para 1844 viajó a Inglaterra para internar en prestigiosos colegios a sus dos hijos mayores (Ricardo y Enrique).

Ricardo sería más tarde uno de los 62 miembros fundadores de la Sociedad Rural Argentina. Pero fue durante un paseo con sus chicos por el parque del conde de Fitzwilliams en el condado de Yorkshire que Newton descubrió el grueso alambrado que cercaba un predio de gráciles ciervos. No sólo volvió a sus pagos con el consabido alambre, sino que ordenó un envío mayor. La peripecia del viaje de regreso la complicó el clavicordio de marfilado teclado (William Happer) que llegó en carreta a su estancia, alegrada desde entonces con sus acordes. Hoy es posible admirarlo acallado en el Museo Pampeano de Chascomús y también dar con los trozos de aquel alambrado original de la estancia Santa María. Algunos curiosos del pasado rural se acercan al viejo casco por la provincial ruta 20 desde Chascomús hacia Vieytes. Menos trabajoso -pero que equivale a suponer el recorrido a la inversa- resulta leer el capítulo segundo del celebrado libro de William Mac Cann, Viaje a caballo por las provincias argentinas . El autor salió de a caballo desde Barracas el 29 de abril de 1847 con su amigo Joseph Mears, camino de Chascomús, e hizo noche en Santa María. Aunque Newton estaba en Buenos Aires, los jinetes fueron hospedados con generosidad. Mac Cann apuntó el detalle del único alambrado que vería en toda la llanura por recorrer. Se alegró por la sólida construcción de ladrillos, las verjas de las ventanas fabricadas en Birmingham, la prensa enfardadora que lucía en un galpón, las dos grandes costillas de un megaterio que adornaban la cocina y el conjunto que lo sumió en una sensación bíblica de bienestar.

Memoria de anaquel

Es cierto que para saber más de Newton quedaron dos semblanzas suscriptas por su amigo Eduardo Olivera -tomo III (1869) de los Anales de la Sociedad Rural Argentina y otra en el tomo XXV ( El primer introductor de los cercos de alambre , 1891)-, trabajos que precedieron a la breve biografía de Juan Luzian o el capítulo obligado en la Historia del alambrado en la Argentina , de Noel H. Sbarra.

En realidad fue el cónsul de Prusia en Buenos Aires desde 1845, Francisco Halbach, el primero que alambró (1855) todo el perímetro de una estancia en la Argentina y con cuatro hilos de alambre. Los Remedios lindaba con el río Matanza y una parte de varias sucesiones fue expropiada por el Estado cuando se decidió construir el aeropuerto de Ezeiza. Al prusiano lo había elogiado Sarmiento al caer a una tertulia de los Guerrico (casa de la hoy calle Corrientes entre Florida y San Martín, demolida en 1936). Varios ganaderos debatían -en 1855- los pros y los contras del alambrado, y el diálogo fue evocado en un suplemento de LA NACION del 6 de febrero de 1908.

Sarmiento reconoció, en 1878, que antes del alambrado todo el país era camino, pero el tendido significaba el progreso. El gaucho lidió contra el alambrado porque amaba la anchura pampeana y se negó a alambrar por ser una tarea de a pie. Pero surgieron las "comparsas de vascos alambradores". Algunos iniciaron con ese trabajo sus fortunas. No sólo eso: hay quienes afirman que por ellos la provincia de Buenos Aires se llenó de canchas de pelota a paleta y ahora muchos gauchos usan boinas a cambio de chambergos o sombreros corazón de potro.

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