La tentadora doctrina del mal menor

Martín Rodríguez Yebra
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4 de febrero de 2018  

A Mauricio Macri se le agotó el tiempo confortable de las culpas ajenas. Ante el espejo de su propia responsabilidad, un gobierno fortalecido en las elecciones y sin rivales en condiciones de discutirle el poder, se descubre en una crisis de identidad a la que no termina de encontrarle salida.

Los resultados de la gestión económica son insuficientes, medidos incluso según las expectativas autoimpuestas, y una cadena de errores poco justificables cuestiona la esperanza de una verdadera transformación moral después de la degradación institucional del kirchnerismo. El caso Triaca colocó a Macri ante la disyuntiva entre ser y parecer. Una larga reflexión concluyó con la opción por lo segundo. La purga de familiares de ministros con cargos jerárquicos en el Estado buscó ofrecer una señal de ejemplaridad, aunque con el costo añadido de exponer la no tan conocida superpoblación de hermanos, esposos, padres, hijos y cuñados del establishment oficialista que viven a costa de salarios públicos.

Al ministro de Trabajo -triunfal en su política de generación de empleo en el círculo familiar- se lo exoneró con el argumento de que cometió un error sin malicia (nombrar a una empleada doméstica en un gremio intervenido). El reflejo del Gobierno es recurrir a la comparación favorable. Cuánto más graves eran los actos reprobables de la era anterior, cuando el vicepresidente se quedaba con la fábrica de hacer billetes o la Presidenta creaba un emporio hotelero para atender a contratistas del Estado.

Instalarse en el fastidio con quienes exigen "conductas danesas" implica olvidar las raíces del poder actual. El apelativo ético no solo impulsó el triunfo electoral de Cambiemos; es todavía el alimento de la paciencia que ejercita gran parte de sus seguidores mientras espera el despertar económico tantas veces prometido. Hay un público que no se conforma con un kirchnerismo atenuado y de buenos modales. O que, en tal caso, estaría dispuesto a escuchar ofertas de los sectores del peronismo en condiciones de articular ilusiones de ese calibre. Pero resulta tentador aferrarse a la doctrina del mal menor. El escenario político argentino es bien generoso en ese aspecto. Hugo Moyano acaba de ganar el casting para convertirse en el próximo enemigo útil del Gobierno. Lejos de los tiempos en que se lo consideraba un aliado táctico -abrazos y elogios incluidos-, la mira oficialista se posó sobre el líder camionero. Las investigaciones en curso, con aliento estatal, pueden exponer al fin las siempre sospechadas operaciones financieras irregulares con la empresa OCA, la red de negocios del gremio con sociedades familiares y los supuestos vínculos con barrabravas.

Resta saber si la batalla va en serio o si es un chisporroteo temporal para aligerar la discusión de las paritarias y recuperar prestigio por la vía de la comparación. En todo caso es otra jugada que muestra a Macri en tierra desconocida. Un lugar donde se esconde el peligro de gobernar a la defensiva: frustrar a los propios y hacer rabiar a los ajenos.

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