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Bein: "Con una inflación de 25% anual es difícil aspirar a un shock de inversiones"

Crédito: Patricio Pidal/AFV
Para el exfuncionario, los precios se moderan con ajuste fiscal antes que con política monetaria; dice que se necesita un país "normal" para lograr el desarrollo
Martín Kanenguiser
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3 de febrero de 2018  

Miguel Bein, uno de los economistas más requeridos entre los empresarios argentinos y muy escuchado en el Gobierno, aseguró que la inflación bajará en forma sustancial en varios años y consideró que, en el corto plazo, reducirla implica que la economía crezca menos.

En una entrevista con LA NACION desarrollada en su oficina del microcentro porteño, Bein, de 67 años, dijo que el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, sobrevalora "la capacidad de lo monetario para mantener la inflación a raya". El economista que ocupó cargos en los gobiernos de Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa se desvinculó del estudio que fundó y ahora reparte su tiempo entre sus clientes, su emprendimiento agropecuario y sus nietos.

-¿Será sencillo bajar la inflación este año, mientras continúa el proceso de ajuste de los precios relativos?

-Si la inflación se puede bajar cinco puntos por año, tal vez podemos ir de 25% en 2017 a 19% en 2018 y en 2019 a 14%. La inflación se baja de a poco, a medida que baje el déficit fiscal, no con la política monetaria.

-¿Excluye a la política monetaria de la baja de la inflación?

-No, pero de ahí a considerar que es el único instrumento antinflacionario de la economía a través de las tasas de interés, no es realista. Aplicar una suba de tasas para bajar la inflación rápidamente implica una dosis de política monetaria contractiva con costos altos en materia de nivel de actividad, lo cual provoca daños políticos a veces irreversibles.

-¿Y qué otros instrumentos debería haber utilizado el Gobierno y no utilizó para bajar la inflación?

-Ahora el Gobierno empezó a hablar de paritarias y me parece bien que lo haga, porque la inercia inflacionaria es una parte importante del problema inflacionario en la Argentina, más allá de la cuestión fiscal. Si uno no tiene un shock heterodoxo para frenar la inercia, que no lo estoy proponiendo, como fue el desagio en el plan Austral, la realidad es que la inflación va bajando en varios años. En otros países donde se aplicó el esquema de metas de inflación ocurrió algo similar: en Brasil se empezó a aplicar en 1999 y los primeros éxitos los tuvieron cinco años después; en Chile, casi 10 años.

-¿Qué opina sobre la estrategia de administración del tipo de cambio?

-La estrategia del Banco Central es dejarlo flotar libremente, aunque prefiero una flotación administrada, o sucia, lo cual no quiere decir fijar una pauta semanal o mensual, pero sí que el Banco Central esté dispuesto a intervenir moderando la tendencia cuando el tipo de cambio se espiraliza o se cae demasiado. Esto es necesario porque en la Argentina el tipo de cambio es un precio muy importante, sobre todo para quien produce para exportar. Por lo tanto, uno no puede dejar que ese precio se convierta en un juguete. La volatilidad tiene que estar, pero no debe ser exagerada.

-¿Hay ganadores y perdedores de este modelo económico?

-Es muy rápido para hacer esa evaluación. La agenda de este gobierno no ha sido nada sencilla porque venimos de un país en el que se regalaban el gas, la electricidad, el agua y el transporte; que perdió millones de cabezas de ganado, el 20% de las reservas comprobadas de gas, el 15% de petróleo y el 90% de las reservas del Banco Central. Además, había perdido el crédito internacional. Así que dos años demandó intentar normalizar estas reservas. Eso no quiere decir que es un país que funciona bien porque la normalidad argentina no deja contento a nadie. Pero primero hay que tener un país normal para recuperar una agenda de desarrollo. Con una inflación del 25% anual es difícil aspirar a un shock fuerte de inversiones productivas; la incertidumbre todavía es muy grande y es fundamental darle a la inversión señales de que puede calcular sus precios de mediano plazo en cierto rango.

-Justamente usted decía en 2015 que la Argentina tenía que pasar de ser un tren bala que crece en forma espasmódica a uno lechero para poder desarrollarse.

-Exacto. A la reactivación se puede llegar en tren bala, duplicando los caballos de fuerza del motor, pero así se puede andar rápido solamente unos 400 metros; no llegás a Mar del Plata porque en el medio de la ruta te explota el motor. Debe haber un ambiente favorable a la inversión para desarrollar un país; de lo contrario, la economía solo sirve para ganar elecciones. El desafío de la Argentina es aumentar la tasa de inversión en 8 puntos del PBI y eso se logra en cinco o seis años. Países como China, que crecen el 6,9% por año, invierten 35% del PBI; los que crecen 5% por año, como Corea, invierten 30% del PBI; Chile, para crecer 4% en promedio, el 24%; y si invertís el 19%, como la Argentina o Brasil, en el largo plazo, crecerás el 2,5%. En ese caso, para llegar al desarrollo se necesitarán 80 años. Los países que lograron bajarla, crecen más luego de conseguirlo. Mientras la están bajando, apretando monetaria y fiscalmente, crecen menos. Por eso es muy importante que los economistas se pongan de acuerdo sobre si están discutiendo sobre el corto o el mediano plazo; yo llegué a escuchar que alguien decía que para bajar la pobreza había que bajar la inflación, pero como para reducir la inflación había que subir la tasa de interés, entonces la suba de la tasa ayudaba a bajar la pobreza y reactivaba la economía.

Esa idea en términos intelectuales es como ir en contra de la ley de gravedad. En este sentido, hay que recordar que el Gobierno durante dos años planteó esta estrategia, porque se veía a la inflación como un fenómeno puramente monetario, hasta que cambió esa lógica a fines de diciembre último. Y yo comparto este nuevo enfoque de política económica: si la inflación es un fenómeno fiscal, entonces uno puede decir que para bajarla hay que reducir el déficit de las cuentas públicas. Para eso, se necesita que la recaudación crezca más que el gasto y, para ello, en el corto plazo se necesita una inflación un poco más alta y poder crecer. Es un cambio muy importante en la visión oficial respecto de la política económica.

-¿Cómo califica a Macri, Dujovne y Sturzenegger en términos de la política económica?

-Nicolás Dujovne es mi amigo así que no puedo hablar de él. Con Federico tengo una buena relación personal, creo que es un economista muy inteligente, pero tiene una sobreponderación intelectual respecto de la capacidad de lo monetario para mantener la inflación a raya. En cuanto a Macri, a quien conozco de muy joven, es un presidente que está aprendiendo cuestiones que hacen a la lógica de la política económica después de haber llegado al cargo. Tuvo el pecado de cierta ingenuidad en su primer año de gestión, al pensar que las inversiones iban a llegar por el solo hecho de que había un gobierno que iba a hacer las cosas bien y en forma honesta. Me parece que aprendió de ese error, como nos pasó a todos los que pasamos por la función pública alguna vez. Y ahora tiene una visión más realista de la agenda de gobierno.

-¿El sistema financiero argentino va a poder crecer?

- El problema del sistema financiero argentino es su tamaño: apenas 13% del PBI, aunque hace 2 años estaba en el 11%. El crédito hipotecario es el 1,2% del PBI, frente a 0,5% de hace dos años. Así que la capacidad de crecer es enorme: puede triplicar su tamaño en los próximos 5 o 6 años y todavía ser un sistema mediano; para eso es muy importante que baje la inflación; si la inflación alcanza un techo por debajo del 10% en los próximos años, el crecimiento del sistema financiero argentino en pesos será fenomenal. Mientras tanto, es muy sólido y las normas regulatorias del Banco Central son realmente muy estrictas y coherentes.

-¿Qué panorama observa para los créditos hipotecarios en UVA?

-Con una inflación alta todo el mundo tiene un signo de interrogación: uno sabe que puede pagar la cuota el primer año, pero no qué puede pasar el segundo en adelante si los precios les ganan a los salarios; mientras haya inflación alta, los créditos en UVA no van a crecer a la velocidad que muchos analistas optimistas suponen.

-El Gobierno explica que el alto déficit comercial de 2017 se basó en una baja en los precios del agro y una suba en los precios de la energía.

-A ese diagnóstico les falta agregar las importaciones de autos desde Brasil, que explican la mitad del déficit comercial. Y en 2018 la sequía quitará entre cuatro y cinco millones de toneladas a la cosecha de soja y otro tanto a la de maíz, o sea que serán 3000 millones de dólares menos de exportaciones, un 4% menos que en 2017. Así que, con precios estables de las materias primas y si el PBI crece 2,5%, creo que la balanza comercial tendrá un déficit de US$10.000 millones de dólares. Y continuará la paradoja de que al país le sobran dólares financieros por la emisión de deuda que generan atraso cambiario, mientras al mismo tiempo le falta una gran cantidad de dólares en el comercio de bienes y servicios, como en turismo y energía. Esta descompensación puede durar un par de años y luego debe ser corregida.

-¿Cómo?

-Con un esquema de política económica por el cual, si se logra en dos años un déficit fiscal de un punto del PBI, la necesidad de colocar deuda en el exterior será menor y entonces el excedente de dólares financieros va a desaparecer y el tipo de cambio real será de equilibrio con la situación productiva.

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