Cruce popular entre el arte y la vida

Alicia Martín
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4 de febrero de 2018  

La murga de la ciudad de Buenos Aires cuenta con más de un siglo de existencia. Estas agrupaciones de Carnaval variaron a lo largo del siglo XX, si bien desde los 90 se expandieron por gran parte del territorio argentino, con exportaciones a ciudades europeas de Italia, Bélgica, Holanda, o Melbourne en Australia.

La murga tradicional porteña se caracteriza por su cualidad multimedial, donde juegan todos los lenguajes artísticos: sonoro, corporal, poética verbal, visual, teatralidad. Su instrumento básico e infaltable es el bombo con platillos de bronce. Desfiles bailados, vestimenta con dos o más colores propios de cada agrupación, recitados y canciones son sus señas de identidad. Una forma de tal plasticidad permite gran cantidad de combinaciones y variantes. Su formato multimedia admite también la participación de un variadísimo universo expresivo. Allí se puede bailar, cantar, interpretar algún instrumento, llevar algún muñeco, bandera, estandarte, disfraz. Tal variedad de roles expresivos habilita una convocatoria de amplios márgenes, que integra personas de edades, condiciones y habilidades diferentes.

La murga, hija del Carnaval y de la cultura popular, nació y se mantuvo en Buenos Aires por fuera de todo condicionamiento oficial hasta fines del siglo XX. Los directores de las formaciones murgueras arman redes de contactos que ponen en relación a diversos agentes sociales y fuerzas vivas barriales. La murga tradicional moldea identidades con anclajes territoriales tan poderosos como los de los clubes de fútbol. Por ello, el desfile más esmerado y esperado es en el corso del propio barrio.

En 1997, la actividad de las agrupaciones carnavaleras fue declarada patrimonio cultural de la ciudad, según la ordenanza 52.039 aprobada por unanimidad por el Concejo Deliberante. Se dieron entonces nuevos espacios para la práctica del género murga, así como su incorporación a diversos programas y políticas culturales. Durante 2017, la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados se abocó a estudiar su declaratoria patrimonial en escala nacional.

Son asociaciones voluntarias que crean lazos afectivos y sentidos de pertenencia. Estas cualidades la ubican en la intersección del arte con la vida. Democratizan el arte y lo ponen al servicio de alegrar y enriquecer la vida.

La expresividad se halla ligada al sentimiento de renovación que conlleva el Carnaval. La murga organiza la expresión grupal en patrones artísticos libres y desafiantes que le vienen dados por su origen carnavalesco. Presenta características atractivas para la etapa entre los 12 y los 25 años, la edad más creativa en el ciclo vital humano, que potencia un proyecto propio, original y colectivo.

Profesora titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, investigadora del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano

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