La paciente y honorable ceremonia del té en Tokio

Iván de Pineda
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11 de febrero de 2018  

Eran casi las 4 de la madrugada y ya estaba abriendo los ojos nuevamente. Esto era producido seguramente por el cambio de horario y la excitación propia de un adolescente que se encontraba en un destino lejano, a miles y miles de kilómetros de distancia de casa y exótico para los ojos que habían conocido estos parajes a través de libros de historia mezclados con futuristas, fantasiosos y casi apocalípticos mangas como Akira, del prolífico Katsuhiro Ôtomo.

Siempre sucedía lo mismo en esos primeros días de mi llegada a la capital nipona: primero abría un ojo y al comprobar que todavía era de noche, cerraba los ojos y trataba de concentrarme en algo que me sumergiera nuevamente en las manos de Orfeo.

Ante lo infructuoso de esto tomaba uno de mis libros y leía frenéticamente para tratar de cansar vista y mente. Error: esto tenía un efecto diametralmente opuesto. Entonces me levantaba, dejaba la sala tradicional japonesa con su impecable tatami, que hacía las veces de mi cuarto, y me dirigía hacia la ventana para sentarme en el pequeño rellano que dejaba una elegante ventana basculante, para observar el movimiento de esta enorme megalópolis que es Tokio.

Aquí, mirando las depuradas líneas del estadio nacional Yoyogi, el escenario donde se llevaron a cabo parte de las competencias de los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964, y a la gente que ya a temprana hora se iba preparando para una larga jornada laboral, esperaba que comenzara la vida en la casa donde había echado raíces.

Como ya les he contado en columnas anteriores, tuve la fortuna de compartir lindísimos momentos con Suzuyo, mi generosa y paciente anfitriona, sus hijos (uno fanático del gaming, es increíble la cantidad de horas que el chico se pasaba enfrente de la TV jugando con la consola), Maiko, una simpática y locuaz señorita que me hizo conocer algunos de los secretos mejor guardados de la gran ciudad (prometo contarles algún día estas aventuras, no faltará oportunidad) y Bernard, el novio de Suzuyo, nacido en Francia, ciudadano del mundo, documentalista y viajero incansable.

Este último, no sé si por sus díscolos hábitos, costumbre o simplemente gusto y como si fuese un verdadero monje en maitines, era siempre el primero de la familia en despertarse. De esta manera, escuchaba sus pasos dirigiéndose a la amplia cocina del, por suerte, amplio departamento.

Lo cual hacía que yo saliera de mi contemplación matinal y fuera hacia la cocina para observar la pulcritud y paciencia con las que Bernard preparaba el té.

La ceremonia del té forma parte importante de la cultura y tradición japonesas, y el cha-no-yu con su concepto de Ichi-go ichi-e (un encuentro, una oportunidad) muestran a la perfección parte de la esencia de la gracia y el respeto de los nipones.

La temperatura del agua, la cantidad perfecta de matcha, el esencial té verde molido utilizado para la ocasión, y las pequeñas tazas de cerámica estilo Raku, todo esto preparado y ordenado en una precisa secuencia de acciones en el más absoluto silencio para lograr lo más cercano a la perfección.

De esta manera, y con este exquisito elixir, nos sentábamos con Bernard en la sala de estar, y mientras las ventanas nos mostraban los indicios del comienzo de un nuevo día, quien les escribe escuchaba las anécdotas del excéntrico documentalista, quien como buen narrador, intercalaba sus experiencias con los bushmen en África o con los hulis en Nueva Guinea con sus nuevos y arriesgados proyectos.

Así llegó el día en el que mi despertador comenzó a sonar temprano para ser yo mismo quien preparara el té y narrara alguna pequeña experiencia.

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