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Con fecha de vencimiento

Guillermo Tomoyose
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11 de febrero de 2018  

Hace poco saqué por primera vez mi licencia de conducir y pronto tuve que enfrentarme a un nuevo mundo desconocido y ajeno: los autos. Ahí pude experimentar el sentimiento de los que quieren comprar una computadora, un teléfono móvil o cualquier otro dispositivo electrónico. Mi valoración de un automóvil durante el proceso inicial de búsqueda era tan básica como la de un consumidor que elige un smartphone porque es bonito.

¿Cómo no voy a tener en cuenta la configuración que tiene este modelo? ¿Cuál será su autonomía? ¿Qué opciones disponibles tiene? Sin darme cuenta, seguía el mismo camino exhaustivo que aplico cada vez que realizo cualquier compra: analizar todas las alternativas del mercado y sus variables. Un toque obsesivo, por cierto.

Algunos consejos apuntan a un auto con menos tecnología y funciones electrónicas, casi imposible en los lanzamientos de la última década. Incluso otros recomiendan una caja manual, porque el vehículo es más barato, se rompe menos y su reparación es menos costosa. En este punto no hubo dudas: mi elección me llevó a manejar solo con un pie sin preocuparme por la palanca de cambios. La caja automática es un placer.

Sin embargo, más allá de las regulaciones gubernamentales, nada impide que en las calles y avenidas convivan entrañables modelos de los 70 con las últimas versiones de los vehículos utilitarios deportivos.

Del lado tecnológico, las diferencias son notorias. Por la evolución de los servicios que se ofrecen más allá de las llamadas telefónicas y los SMS, los smartphones se renuevan cada un año y medio, como bien señala el analista de telecomunicaciones Enrique Carrier. Por este lado, incluso se desaceleran los motores de sus equipos en pos del envejecimiento de sus baterías, una decisión que Apple debió revertir tras numerosas críticas recibidas.

Es por eso que suelen ser habitual las quejas ante la obsolescencia programada. Lejos de las teorías conspirativas, por lo general suelen ser callejones sin salida por las apuestas erradas de las compañías.

Más cerca de la realidad, suele ser algo más simple como un panorama que combina un deseo consumista con el avance vertiginoso de la tecnología. ¿Quién hubiese imaginado en 2009 que WhatsApp, que funcionaba hasta en los viejos Nokia y BlackBerry, tendría 1000 millones de usuarios?

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