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Despertares

Víctor Hugo Ghitta
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7 de febrero de 2018  • 20:32

Era el abrazo de su voz matutina. Era escuchar su buenos días, remolón, y desperezarme en la cama lentamente arrullado por su voz. Era la amabilidad de su sonrisa en ese instante en que me desprendía del sueño, el despertar al mundo, cada mañana, ajeno todavía a las urgencias del día, el tazón de café en una mano, ahora el cepillo de dientes, el diario desplegado sobre las sábanas todavía revueltas, la ducha caliente ahumando el espejo, la manteca y la mermelada untadas en la tostada recién hecha, y siempre su voz murmurando, siempre su voz alcanzándome aunque yo estuviese dando vueltas por la casa, el saludo y después las primeras noticias, ese decir medido, sobrio, cálido, ese decir en cuyo fondo se insinuaban la bondad y la ternura.

La voz me acompañó varios años de mi vida, y ahora que los hechos se han precipitado de tal modo se me antoja pensar que me hablaba a mí, solo a mí en las mañanas, me gusta pensarlo así del mismo modo en que el oyente conmovido cree, en medio de un concierto y rodeado de una multitud, que el verso que canta el poeta le es susurrado al oído. De esa intimidad estuvo hecho mi despertar durante años, oyente mecido por la voz compañera de Débora Pérez Volpin.

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