La peregrinación en el desierto

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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8 de febrero de 2018  

Éramos muchos los que nos preguntábamos estos días por Benedicto XVI, por su retiro, su salud y su actividad intelectual. Tantos éramos que el papa emérito contestó a Il Corriere della Sera con una carta brevísima fechada el 5 de febrero (ver página 4 de esta edición de la nacion). Sus palabras fueron, como siempre en él, discretas, terminantes y cargadas de sentido: " ?interiormente sono in pellegrinaggio verso Casa". "Estoy en una peregrinación interior a Casa". La formulación tiene una belleza que no quiere llamar la atención sobre sí misma.

Muy lector de los románticos alemanes, al papa emérito le habrá rondado seguramente también esa frase del poeta Novalis: "¿A dónde vamos? Siempre a Casa".

El pensamiento y la prosa, primero de Ratzinger y luego de Benedicto XVI, tienen una emoción puesta a raya, un brillo austero. Son como el grano de mostaza, minúsculo al principio, pero enorme cuando crece.

Sabíamos ya, por sus últimas conversaciones con Peter Seewald, que Benedicto XVI, que cumplirá 91 años en abril, había tomado la decisión de dejar de escribir. Pero su peregrinación, la última, no necesita, por su propia interioridad, signos exteriores. Resulta interesante pensar esta peregrinación interior a la luz de la Cuaresma, que se inicia la semana que viene. El entonces cardenal Ratzinger dedicó a este punto la primera parte de su ensayo El camino pascual, resultado de las meditaciones de los ejercicios espirituales que predicó en 1983 a Juan Pablo II y los miembros de la Curia Romana.

Ratzinger empieza allí con una consideración sobre el desierto. Se refiere al pasaje del Evangelio de Lucas: "Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto". El desierto no es solo el lugar en el que Jesús es tentado; hay una dimensión alegórica que Ratzinger pasa en limpio de la siguiente manera: el desierto es el lugar del silencio, y por lo tanto el lugar en el que escuchar la Palabra; es el lugar, a la vez de lo absoluto y de la libertad. Pero el desierto es también el lugar de la muerte (nos falta el agua) y al entrar en él, Jesús entra a la historia de la salvación; una historia que tiene su inicio en la salida del pueblo elegido de Egipto, con la peregrinación de cuarenta años en el desierto. Aquí empieza también realmente, según Ratzinger, el camino al misterio pascual.

Retirarse del mundo es la condición para entrar profundamente en él. Esto vale también para su pensamiento sobre el ministerio petrino. No hay necesidad de una Iglesia más humana, sino de una Iglesia más divina; solo así, dialécticamente, será verdaderamente humana. Esto pareció decirnos siempre Ratzinger y es lo que repitió Benedicto XVI en su papado.

Pero no hay que ser cardenal o papa para hacer esta "peregrinación interior". Es algo que pertenece a todos los que estén dispuestos a ese momento de desierto, de "soledad sonora", en palabras de San Juan de la Cruz. Permítanme ahora un desvío. Pensemos en Johannes Brahms, cuya música Ratzinger ama pero que, a diferencia de la de Mozart o Beethoven, nunca tocó en el piano porque le resultaba "muy difícil". Cerca del final, como Ratzinger ahora, Brahms compuso sus Intermezzi opus 117, a los que llamó "Tres canciones de cuna para mi dolor". La atribución de la frase es un poco incierta; incluso Max Kalbeck, en su monumental biografía del compositor en ocho tomos, vacila sobre su certeza, aunque se convence por fin de ella. En cualquier caso, esas tres piezas (como las de los opus 118 y 119) proponen a su modo su propia peregrinación, como una renuncia, un desprendimiento hasta el hueso, una preparación para la muerte.

Las grandes cosas, nos dice Ratzinger, empiezan siempre en el desierto, en el silencio, en la pobreza. El último desierto es el del salmo 22: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Así como la Palabra nace del silencio, el agua brota del desierto.

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