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La elección presidencial checa evidencia la constante "intervención" rusa

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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8 de febrero de 2018  • 02:07

Para el Consejo Editorial del influyente "Washington Post", la reciente elección, por un muy estrecho margen, del nuevo presidente de la República Checa, Milos Zeman, demuestra -una vez más- como la Federación Rusa "interviene" cibernéticamente -y con dinero- en los procesos electorales de terceros países.

Como también lo hiciera, según está ahora probado, en la reciente elección presidencial norteamericana, aquella que finalmente consagrara como presidente del país del norte a Donald Trump. Los rusos se empeñaron entonces, muy claramente, en que Hillary Clinton fuera derrotada y no pudiese alcanzar su sueño de poder regresar, como presidente, a la Casa Blanca en la que residiera en tiempos de su esposo, el expresidente norteamericano Bill Clinton.

Milos Zeman dice todo lo que los rusos aplauden y quieren escuchar. Siempre. Incluyendo el desatino de defender la ilegal anexión de Sebastopol y Crimea. O sostener la inexistencia de tropas rusas operando en el este de Ucrania. O la necesidad de levantar las sanciones económicas impuestas por la Unión Europea a Rusia. O convocar a un referendo para proceder, luego, a retirar a su país de la OTAN y hasta de la Unión Europea. El libreto de Zeman, por su contenido e inclinación, huele ciertamente a ruso. Muy fuertemente.

Su circunstancial oponente, el científico Jiri Drahos, fue objeto de una intensa campaña de desinformación a través de las redes sociales. Y terminó derrotado.

Se le imputó alegremente -por ejemplo- ser agente de los rusos. Y ser pedófilo. Así como pertenecer a una organización semisecreta para la defensa de la globalización.

Y, más aún, se le atribuyó, siempre mendazmente, ser partidario de abrir a su país, sin restricciones de ningún tipo, a la inmigración musulmana. Aunque lo cierto sea que, sugestivamente, la República Checa sólo aceptó a doce personas de la cuota de 2600 posibles asilados islámicos que le fuera oportunamente asignada por la Unión Europea.

Todo lo cual tiene presumiblemente bastante poco que ver con las ideas y creencias políticas reales de Jiri Drahos.

Ocurre que con alguna frecuencia la ignorancia de muchos de aquellos que navegan, despreocupados o desprevenidos, a través de las distintas redes sociales de pronto transforma, en función de la siempre peligrosa "cultura de la repetición", a notorios infundios en presuntas verdades, o en una suerte de "sayos" muy difíciles de quitar, con lo que se logra confundir y hasta desorientar a alguna gente.

Zeman -en verdad- es un político bastante poco atractivo. Su proceder suele ser burdo y tiene tendencia a recurrir a un innecesario lenguaje soez. Fuma y bebe alcohol con alguna frecuencia, abiertamente. Pero, de pronto, una ola de ignotos benefactores no identificados le aportó ingentes recursos que le permitieron hacer una campaña electoral intensa y masiva. Nuevamente, algunos sugieren que su origen y actores deben buscarse dentro de la Federación Rusa.

Cuando Zeman se llama orgullosamente a sí mismo "el Trump checo". Quizás no advierte que, lejos de atraer, con ello espanta. Pero así son las cosas. Preocupantes, por cierto.

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