Siete horas de novios antes de casarse: el amor entre un periodista y una mujer de campo, veinte años menor

Aibalito fue el lugar dónde se encontraron, el mismo pueblo en el que ambos habían crecido.
Aibalito fue el lugar dónde se encontraron, el mismo pueblo en el que ambos habían crecido. Crédito: Shutterstock
Señorita Heart
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9 de febrero de 2018  • 00:11

Decían por ahí que su amor no estaba destinado a durar. Por los veinte años de diferencia, por sus distancias culturales, porque él la tenía que llevar del campo a la ciudad.

"Usted imagine", comienza Juan Manuel, "Ella era del Aibalito, ¿conoce?, bueno, le explico. El departamento Jiménez es uno de los más pobres de Santiago del Estero; su cabecera es Pozo Hondo, el segundo o tercer pueblo en importancia es el Bobadal. De ahí hay que hacer quince kilómetros para llegar al Aibalito".

Desde niño, Juan Manuel siempre había ido al departamento Jiménez, al campo de su abuelo. Años más tarde, su madre vendió la parte heredada de aquellas tierras, pero él siguió yendo de vacaciones, a visitar amigos.

Un día, él fue a Aibalito, cerca de su campo, a comprar carne y visitar a un amigo. "Entre pueblos, en el camino de la vuelta su padre tenía la carnicería", explica, Juan Manuel. "Ahí la vi, alta, con unas piernas larguísimas y me enamoré al instante. Le pregunté de dónde era. Me dijo: `Usted no debe conocer´. Le insistí. `Soy del Aibalito´, respondió. Le dije que conocía. `¿A quién conoce?´Al primero que le nombré es al más famoso del lugar: `Santiago Santillán´. Dijo `Era mi abuelo´. Luego, supe que de chicos habíamos jugado juntos".

Mientras lo observaba, curiosa, Marcela lo trataba de usted, porque Juan Manuel se veía mucho mayor. Lo cierto, es que él tenía 43 y ella 23. Él, sin vueltas, le preguntó si había un baile ese fin de semana y ella repuso que sí. "¿Vas a bailar conmigo?", le preguntó Juan Manuel. "Si me invita, sí". Tiempo después, Marcela le confesó que desde ese momento ella ya lo consideraba suyo, y él, de ella. Aun así, lo siguió tratando de usted.

Esa noche bailaron y conversaron en la pista del club "Unión Bobadal", pero no se sentaron juntos, porque no estaba bien visto. Bailaron dos o tres programas y a la salida él le dijo que si había otro baile, que se lo hiciera saber para que fuera. "Yo estaba totalmente embalado", recuerda Juan Manuel. "Apenas sabía su nombre, su edad y ya me la quería traer a la ciudad, a Santiago. Era octubre del 2002".

Las hijas se van de casa, casadas

Al día siguiente, sábado, iba a haber un baile, pero se suspendió. Juan Manuel, loco por verla, se fue el domingo a lo de un vecino para ver cómo hacer un "acerque". La señora de su amigo le dijo "Los domingos quedan solos los hermanos".

"Agarré la moto y me mandé", cuenta Juan Manuel. "Cuando llegué estaban todos: los hermanos, el padre, la madre, los perros, el loro. Apechugué. Me bajé de la moto, saludé, me hicieron sentar con ellos y Marcela, muy tímida, se metió en la casa. La madre la arrinconó: `Si ha venido por vos, salí´. Lo hizo. Hablamos de generalidades en la rueda de mate, el tiempo, la cosecha, algún acontecimiento que había sucedido hacía poco. Y ella estaba muda".

En el campo está mal visto dejar que alguien se vaya justo a la hora de comer.
En el campo está mal visto dejar que alguien se vaya justo a la hora de comer.

Listo para irse, él le pidió de verla esa noche en la casa de su amigo, pero antes de que pudiera contestarle, llegó el hermano y le insistió para que se quedara a almorzar. "En el campo está mal visto dejar que alguien se vaya justo a la hora de comer. Me quedé. Conversamos el padre, la madre, los hermanos, una maestra vecina que también estaba invitada, todos menos ella, que se sentó a mi lado, pero estaba muda y colorada de la vergüenza. Esa noche le pedí que se venga conmigo a la ciudad y me dijo que no. Que su padre había dicho que `todas las hijas se iban casadas de su casa´".

No te olvido

Juan Manuel partió hacia Tucumán, a seguir con sus vacaciones, pero no podía olvidarla. "Estuve en Tafí del Valle y no la olvidaba. Venía bajando del cerro y seguía recordándola, llegué a Santiago, me reincorporé a mi trabajo y ella seguía presente", cuenta, con una sonrisa.

Por eso, decidió enviarle una carta, porque si bien ya había celulares, pocos tenían en el pueblo. Logró hablar con una vecina que tenía un teléfono, de esos inmensos, y quedaron en que hablaría con el padre para pedirla en matrimonio.

"Yo quería que estuviéramos los tres, a lo sumo los cuatro con la madre. Pero de nuevo tuve que decirlo en una rueda en la que estaban también todos los hermanos, el perro, el gato, el loro. Esa noche fuimos a un baile, con toda la familia, y le pedí que no me siguiera tratando de usted. Nos dimos el primer beso. Dijimos que nos casaríamos en marzo o abril, pero a fines de diciembre decidí que no quería viajar todos los fines de semana a verla y hacer de novio. Comunicamos a los padres que nos casaríamos el 18 de enero".

Juan Manuel no quería fiesta, pero el padre dijo que haría gran celebración. "Allá es distinto que en la ciudad", explica, "Muchos invitados regalan algo para la boda, uno un lechón, otro una vaquillona, las mujeres ayudan con las empanadas, en fin. Un amigo me regaló la música, que allá en el pago le llaman `la publicidad´. Yo creía que era un camioncito que salía a propalar por el pueblo que había casamiento, hasta que me explicaron. El día antes, 17 de enero, salimos a invitar a algunos amigos en los pueblos vecinos: era la primera vez que andábamos solos. Luego llegó el día y nos casamos con gran fiesta en el club Unión Bobadal".

La mitad de los amigos le decía que era una locura lo que iba a hacer
La mitad de los amigos le decía que era una locura lo que iba a hacer

El secreto del amor

Marcela y Juan Manuel estuvieron siete horas de novio, contando, por puchitos, todos los momentos que pasaron juntos ante de casarse. Aunque, técnicamente, tampoco fue un noviazgo, porque oficialmente él no se había declarado. "Eso lo hice recién unos días después de casarnos, cuando ya estábamos en Santiago, conociéndonos", cuenta él, divertido. "Una vez le pregunté: `¿Qué hacías si yo era un degenerado, que te quería hacer algo malo?´. Me dijo que lo tenía pensado, que en ese caso se escapaba por la ventana. La primera casa en que vivimos era en un quinto piso".

Después de tantos años, Marcela y Juan Manuel siguen enamorados como el primer día. El 24 de noviembre del 2003 nació María Celia. En marzo, nacerá su hijo varón, un hijo que llegó en la vejez de él.

"La mitad de mis amigos me decía: `es una locura lo que vas a hacer´, incluidos algunos parientes. La otra mitad me animaba: `metele, es del campo, son mujeres fuertes, fieles, trabajadoras y sobre todo saben querer´. Tenían razón los que me alentaban, por supuesto", rememora Juan Manuel, "Y si me preguntan por qué me casé o cuál es el secreto para seguir juntos lo digo: antes de la boda le pregunté a Marcela por qué se quería casar conmigo, respondió `¿Cómo por qué?, para que vos me cuides a mí y para que yo te cuide a vos´. Después de muchas vueltas, he llegado a la conclusión que el asunto es así de simple".

Si querés que la Señorita Heart cuente tu historia de amor en sus columnas, escribile a corazones@lanacion.com.ar

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